Audrey
Estaba sentada en uno de los sillones de una tienda de vestidos mientras América observaba dos prendas con una concentración digna de una científica.
Yo, en cambio, me estaba muriendo de aburrimiento.
—De verdad, ya vámonos. Cualquiera estará bien —me quejé por quinta vez.
América giró la cabeza horrorizada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque llevamos una hora aquí.
Levanté los brazos dramáticamente.
—¡UNA HORA! Y apenas estamos en la primera tienda.
—Deberías preocuparte más por tu apariencia.
Volvió a mirar los vestidos.
—Si estuviéramos con tu tía Bella, ya te habría obligado a probarte quince.
Hice una mueca.
—Precisamente por eso agradezco que no esté aquí.
—Ajá.
—América...
—¿Qué?
—Apúrate.
—¡ESTE ME ENCANTA!
Casi me caigo del sillón.
Un día me daría un infarto.
Me acerqué resignada.
Y tuve que admitir que era bonito.
Elegante.
Sencillo.
Nada exagerado.
Justo mi estilo.
Cuatro horas después
.
.
.
.
Al fin estaba lista.
Me observé frente al espejo por unos segundos.
El vestido color vino resaltaba mi piel clara y se ajustaba perfectamente a mi figura sin ser exagerado. La tela caía suavemente hasta un poco más arriba de las rodillas y, por primera vez en mucho tiempo, tuve que admitir que me veía bastante bien.
No espectacular.
No como una modelo.
Pero bien.
Muy bien.
Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y sonreí levemente.
Entonces la puerta del baño se abrió.
Y apareció América.
—Wow...
Ella giró sobre sí misma.
Su vestido amarillo resaltaba maravillosamente su piel color canela. Parecía irradiar luz propia.
—¿Qué tal me veo? —preguntó.
—Como si fueras a robarte toda la atención de la fiesta.
Ella sonrió satisfecha.
—Era exactamente el objetivo.
Rodé los ojos divertida.
Cuando bajamos las escaleras, encontramos a los gemelos esperándonos en la sala.
Y por un segundo entendí por qué tantas chicas se quedaban mirándolos.
Matías llevaba una camisa rosa bebé con los primeros botones desabrochados y unos jeans blancos que le daban un aspecto relajado pero elegante.
Daniel, por su parte, vestía una camisa celeste que resaltaba sus ojos y unos pantalones negros elegantes que lo hacían parecer mayor.
Los dos levantaron la vista.
Y se quedaron observándonos.
Especialmente Daniel.
Que parecía haberse olvidado cómo respirar al ver a América.
—Están hermosas —dijo Matías.
—Sí... —Daniel negó con la cabeza—. Audrey, me sorprendes. Esto claramente es un milagro divino.
—Ja. Ja. Ja.
Le lancé una almohada.
—Muy gracioso.
—Lo digo en serio.
—Y yo digo que eres un idiota.
Los gemelos comenzaron a reír.
Y mientras los observaba no pude evitar pensarlo.
Supongo que era difícil no ser atractivo cuando pertenecías a esta familia.
Cabello rubio.
Ojos claros.
Sonrisas perfectas.
Parecían sacados de una revista.
Lástima que por dentro siguieran siendo dos payasos profesionales.
—¿Ya terminaron de admirarnos? —preguntó Matías acomodándose el cuello de la camisa.
—Jamás empezamos —respondí.
—Mentira.
—Totalmente mentira.
—Vámonos antes de que sigan enamorados de ustedes mismos.
Los cuatro soltamos una carcajada y salimos rumbo a la fiesta.
.
.
.
.
.
Nos subimos al auto.
Los gemelos adelante.
América y yo atrás.
A los cinco minutos ya tenían la música a todo volumen.
Shawn Mendes.
Katy Perry.
One Direction.
Enrique Iglesias.
Cantábamos tan mal que debería ser considerado un delito.
Pero no nos importaba.
Ni siquiera cuando los otros conductores nos observaban como si estuviéramos locos.
Porque probablemente lo estábamos.
Y sin darme cuenta llegamos.
Me quedé mirando la enorme construcción frente a nosotros.
—Eso no es una casa.
—No.
—Es una mansión.
La música se escuchaba desde afuera.
Había chicos sentados en el jardín.
Algunos bailaban.
Otros estaban tan borrachos que apenas podían mantenerse de pie.
Entramos.
Y la fiesta explotó a nuestro alrededor.
Luces.
Música.
Risas.
Personas por todas partes.
Varias chicas se quedaron mirando a los gemelos.
Ellos respondieron con sonrisas coquetas.
Pero algo llamó mi atención.
Una chica se acercó a Daniel y le dio un beso en la mejilla.
América frunció el ceño.
Oh.
Eso también era interesante.
—¡Vamos a bailar! —gritó América.
La seguí hasta la pista.
Y entonces comenzó la verdadera fiesta.
Justo en ese momento empezó a sonar Bailando de Enrique Iglesias.
América se movía con total naturalidad.
Yo intenté imitarla.
Y sorprendentemente era divertido.
Estaba riéndome cuando alguien tomó mi mano.
Me giró.
Y terminé frente a Oswald.
Sonriendo.
Como si hubiera aparecido de la nada.
—Hola —dijo.
—Hola.
No pude evitar sonreír también.
Colocó una mano en mi cintura.
Yo apoyé las mías sobre sus hombros.
Y comenzamos a bailar.
La música parecía desaparecer poco a poco.
Solo existían nuestras risas.
Nuestros movimientos.
Y la cercanía entre nosotros.
Me hizo girar.
Luego me atrajo de nuevo hacia él.
Mi corazón se aceleró.
Y por un instante sentí que el suyo también.
Cuando terminó el giro, sus labios rozaron suavemente mi mejilla.