POV AUDREY
—Hola, linda. ¿Nos vamos?
Oswald apareció a mi lado y tomó mi mano con naturalidad.
Tan natural que tardé unos segundos en darme cuenta.
—¿Es tu novio?
La pregunta vino del chico con el que acababa de hablar.
Abrí la boca para responder.
—Pue...
—Sí.
Oswald me interrumpió.
—Es mi novia.
Le sonrió al desconocido de una manera tan falsa que hasta yo me di cuenta.
El chico levantó las manos.
—Bueno, entonces me retiro.
Me dedicó una sonrisa amable.
—Fue un gusto conocerte.
—Igualmente.
Y se marchó.
Esperé hasta que desapareciera entre la multitud antes de girarme hacia Oswald.
—¿Y eso qué fue?
—¿Qué cosa?
—Lo de "mi novia".
—Me pareció la forma más rápida de librarte de él.
—Nadie te pidió ayuda.
—Parecía interesado.
—¿Y?
—Y nada.
Lo miré unos segundos.
Estaba molesto.
Definitivamente molesto.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No le pregunté su nombre.
—Deberías hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque apenas me voy unos minutos y ya estás echándole ojitos a otro.
Me quedé congelada.
Luego fruncí el ceño.
—¿Perdón?
Oswald abrió los ojos.
Acababa de darse cuenta de lo que había dicho.
—Yo...
—¿Echándole ojitos?
—No quise decir...
—¿Sabes qué? No quiero discutir.
Crucé los brazos.
Él bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Suspiró.
—Lo siento.
Lo observé unos segundos.
Y terminé suspirando también.
—Está bien.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
La sonrisa peligrosa.
La que siempre significaba problemas.
—Perfecto.
—¿Por qué sonríes así?
—Porque esta fiesta me está aburriendo.
—¿Y?
—Ahora empieza la verdadera diversión.
—Eso me preocupa.
—Debería.
—Oswald...
—Confía en mí.
—Esa frase nunca termina bien.
—Vamos.
Me tendió la mano.
—¿A dónde?
—A un lugar mejor.
—No estoy convencida.
Entonces su expresión cambió.
Por un instante desaparecieron las bromas.
—No te pasará nada conmigo.
Su voz sonó completamente seria.
—Te cuidaré.
Sentí que algo se movía dentro de mi pecho.
Y terminé aceptando.
—Está bien.
Su sonrisa regresó.
Y en ese momento ambos nos dimos cuenta de algo.
Seguíamos tomados de la mano.
Nos soltamos tan rápido que fue ridículo.
—Entonces...
—Entonces vamos.
Y salimos de la fiesta.
POV América
Observé cómo Audrey desaparecía con Oswald.
Y sonreí.
Porque eran tan obvios que dolía.
—Por Dios.
Sacudí la cabeza.
—Voy a convertirme en la tía solterona mientras esos dos siguen jugando a hacerse los ciegos.
Suspiré.
Porque yo no tenía tanta suerte.
A mí me gustaba Daniel.
Desde siempre.
Desde que éramos pequeños.
Desde que él era un niño insoportable.
Y yo una niña más insoportable todavía.
Había rechazado chicos por él.
Había esperado años.
Y seguía sin darse cuenta.
Lo observé al otro lado del salón.
Estaba riéndose con una rubia.
Y una morena.
Por supuesto.
Daniel siendo Daniel.
Mujeriego.
Despreocupado.
Imposible.
Resoplé.
Y salí al jardín.
El aire frío me golpeó inmediatamente.
Me senté sobre el césped.
Abrazando mis piernas.
Intentando entrar en calor.
La luna brillaba sobre nosotros.
Y por un momento todo estuvo en silencio.
Hasta que sentí algo sobre mis hombros.
Una chaqueta.
Levanté la vista.
Matías.
—¿Qué haces aquí sola?
Se sentó junto a mí.
—¿Y tú por qué no estás con Daniel?
Ignoró mi pregunta.
—Yo pregunté primero.
Rodé los ojos.
—Estaba aburrida sin Audrey.
—¿Dónde está?
Su expresión cambió inmediatamente.
—Ahora responde tú.
—También estaba aburrido.
—Mentiroso.
—Tal vez.
—¿Y Audrey?
—No lo sé.
Matías se puso de pie de golpe.
—Tenemos que encontrarla.
—Está bien, mamá gallina.
Me tendió la mano.
La tomé.
Intentó levantarme.
Pero calculó mal.
Muy mal.
Perdió el equilibrio.
Y los dos terminamos cayendo sobre el césped.
Yo debajo.
Él encima.
Demasiado cerca.
MUY cerca.
Los dos nos quedamos inmóviles.
Y entonces...
—¡¡MATIAS!!
Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Daniel.
Y por el tono...
Daniel estaba furioso.
POV Audrey
El parque estaba completamente vacío.
Solo se escuchaban los grillos.
Y nuestras risas.
—Entonces el profesor dijo que tuviéramos cuidado porque el piso estaba mojado...
—Ajá.
—Y yo me caí igual.
Oswald comenzó a reír.
—No sé si eres rebelde o distraída.
—Un poco de ambas.
—Eso explica muchas cosas.
Seguimos caminando.
Hasta que una anciana apareció frente a nosotros.
Llevaba una cesta llena de flores.
—Buenas noches, jovencitos.
—Buenas noches —respondimos.
La mujer tomó una rosa roja.
Y se la entregó a Oswald.
—Para ustedes.
—Señora, nosotros no...
—Ya sé lo que vas a decir.
La anciana sonrió.
Luego señaló sus ojos.
—Pero tu mirada dice algo diferente.
Oswald se quedó sin palabras.
Yo también.
Y la mujer simplemente siguió su camino.
Dejándonos solos.
Con una rosa.
Y mucho silencio.
—Eso fue raro.
—Muy raro.
Oswald observó la flor.
Luego sonrió.
—Es demasiado bonita para desperdiciarla.
—Supongo.
—Así que se la regalaré a una señorita muy hermosa.