AUDREY
Estaba acostada en mi cama junto a América.
O mejor dicho, ella estaba tirada boca arriba mirando el techo como si acabara de presenciar el fin del mundo.
Y sinceramente...
Yo tampoco estaba mucho mejor.
—Sigo sin creerlo —murmuró.
—Yo tampoco.
—¿Tenías alguna sospecha?
—Ninguna.
América se incorporó de golpe.
—¡NINGUNA!
Se agarró la cabeza dramáticamente.
—¡Se suponía que Daniel era mi crush imposible! ¡Mi amor platónico! ¡El chico que jamás me iba a corresponder!
—Bueno... técnicamente sí te correspondió.
—¡Ese no es el punto!
No pude evitar reírme.
Ella me lanzó una almohada.
—No te rías.
—Lo intento.
—¡Estoy en crisis emocional!
—Y yo también.
América se dejó caer nuevamente sobre la cama.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ahora tengo que actuar normal delante de él.
—Sí, terrible.
—No me entiendes.
—No, la verdad no.
—¡Porque tú eres Audrey! Los chicos se enamoran de ti sin esfuerzo.
La miré como si hubiera perdido la cordura.
—¿Estamos hablando de la misma Audrey?
—Sí.
—Porque yo recuerdo perfectamente a cierta persona llamada Alexis que me dejó con el corazón roto.
—Bueno...
—Y a cierta persona llamada Oswald que me vio llorar.
América sonrió.
—Oswald es un amor.
Sentí algo extraño en el estómago.
Algo pequeño.
Pero suficiente para incomodarme.
—Sí... lo es.
Ella me observó.
—¿Qué fue esa pausa?
—¿Qué pausa?
—Esa pausa.
—No hubo ninguna pausa.
—Hubo una pausa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Tomé otra almohada y se la lancé.
Ella soltó una carcajada.
Minutos después el cansancio terminó venciendo a América.
Se quedó dormida abrazando una almohada.
La acomodé mejor sobre la cama y le besé la frente.
—Buenas noches, loca.
Salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado.
Después tomé mi celular.
Y marqué un número.
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
Cuatro...
—¿Hola?
Su voz sonó dormida.
Muy dormida.
—¿Oswald?
—Audrey...
—Lo siento. ¿Te desperté?
—No.
Mintió.
Claramente.
—Oswald...
—Está bien. ¿Qué pasó?
Sonreí.
Era imposible que dejara de preocuparse por los demás.
—América ya se quedó dormida.
—Eso era inevitable.
—Y Daniel...
—Está conmigo.
—¿Cómo está?
Escuché un suspiro.
—Confundido.
—Tiene sentido.
—Mucho.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Y por alguna razón el silencio no resultó incómodo.
—Gracias por ayudarnos hoy.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—No.
—Sí.
—No.
—Oswald.
—Audrey.
Terminé riéndome.
Y él también.
—Oye...
—¿Sí?
—¿Te gustaría salir mañana?
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Salir?
—Como amigos.
—Ah.
No sé por qué eso me decepcionó un poquito.
—Claro.
—¿A las nueve?
—Perfecto.
—¿En Sundleys?
—Ahí estaré.
—Entonces descansa.
—Tú también.
Colgué.
Y me quedé mirando la pantalla.
Una salida con Oswald.
Como amigos.
Entonces...
¿Por qué me sentía nerviosa?
OSWALD
Me desperté antes de que sonara la alarma.
Lo primero que pensé fue en Audrey.
Lo segundo fue que necesitaba urgentemente dejar de pensar en Audrey.
Entré a la ducha.
Intenté distraerme cantando.
No funcionó.
Intenté pensar en fútbol.
Tampoco funcionó.
Cuando terminé de arreglarme me puse algo sencillo: un polerón gris, jeans negros y mis Vans favoritas.
Nada especial.
Aunque probablemente estaba tardando demasiado en elegir ropa para una simple salida entre amigos.
—¿Una cita?
La voz de Alexis apareció detrás de mí.
Suspiré.
No tenía energías para esto.
—No.
—Claro que sí.
Lo ignoré.
—Si es con Audrey, estás perdiendo el tiempo.
Seguí ignorándolo.
—Ella merece algo mejor.
Eso dolió.
Mucho más de lo que pensaba admitir.
Pero no respondí.
Simplemente salí de la habitación.
Abajo encontré a mis padres.
Mi mamá tejía una bufanda.
Mi papá leía el periódico.
Una escena tan normal que por un momento me relajó.
—¿A dónde vas, cariño? —preguntó mamá.
—Voy a desayunar con una amiga.
Ella sonrió.
—¿Una amiga?
—Sí.
—Hace tiempo que no salías con una desde...
—Mamá.
Se detuvo.
—Perdón.
Me acerqué y la abracé.
—Está bien.
—Diviértete.
—Lo haré.
O al menos eso esperaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo...
Realmente tenía ganas de que un día saliera bien.