Audrey
Llegué a la cafetería casi sin aire.
Entre el tráfico, el taxista más lento de la historia y una protesta en plena avenida, sentía que el universo entero estaba conspirando contra mí.
Empujé la puerta de vidrio.
La pequeña campanilla sonó sobre mi cabeza.
Y ahí estaba él.
Sentado junto a la ventana.
Esperándome.
Oswald levantó la vista de su celular y sonrió apenas me vio.
Y por alguna razón...
Eso hizo que mi corazón se calmara.
—Por lo que veo... te levantaste muy temprano —se burló.
—Ja. Ja. Ja. Muy gracioso.
—Llegas treinta minutos tarde.
—No fue mi culpa.
—¿Ah, no?
—Hubo tráfico.
—Mmm.
—Y una protesta.
—Mmm.
—Y un taxista que hablaba raro.
—Mmm.
—Y casi me secuestran las ganas de desayunar.
Él soltó una carcajada.
—Definitivamente extrañaba hablar contigo.
Me quedé callada.
¿Por qué sonaba tan bonito cuando decía cosas así?
Tomé la carta para distraerme.
—¿Qué vas a pedir?
—Un café y un keke.
—¿Solo eso?
—¿Solo eso?
—Sí.
Lo miré horrorizada.
—¿Tú sobrevives con eso?
—¿Y tú con cuánto sobrevives?
La mesera apareció a nuestro lado.
Era una chica de nuestra edad.
Y sonrió demasiado cuando vio a Oswald.
Demasiado.
—¿Ya decidieron?
—Sí —contesté antes que él—. Quiero un capuchino, un cupcake de chocolate, una gelatina de fresa y un sándwich.
La chica abrió los ojos.
—¿Todo eso?
—Eso es poco.
Oswald comenzó a reírse.
—Lo siento —continué—. Me gusta comer.
—Eso ya lo noté.
La mesera anotó el pedido.
Pero antes de irse volvió a mirar a Oswald.
Y volvió a sonreír.
Y volvió a acomodarse el cabello.
Y volvió a sonreír.
¿No tenía algo mejor que hacer?
—Ahora regreso.
Se alejó.
—Creo que le gustas —comenté.
—¿Qué?
—La chica.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Audrey...
—Oswald...
Terminamos riéndonos.
A veces hablar con él era tan fácil.
Tan natural.
Tan...
No.
Mejor no pensar en eso.
Mientras esperábamos la comida, hablamos de cualquier cosa.
De profesores.
De películas.
De las locuras de América.
De los gemelos.
Especialmente de los gemelos.
—¿Ya hablaron Daniel y Matías? —pregunté.
Oswald negó.
—Son demasiado orgullosos.
—Son hermanos.
—Precisamente.
Suspiré.
Ojalá arreglaran las cosas pronto.
No estaba acostumbrada a verlos separados.
La mesera regresó con nuestros pedidos.
Pero antes de dejar la bandeja sobre la mesa, vi que colocaba discretamente un pequeño papel junto al café de Oswald.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso?
Oswald tomó el papel y lo observó confundido.
—Creo que es su número.
—¿Su número?
—Eso parece.
Lo dijo tan tranquilo que me dieron ganas de lanzarle una papa frita.
Pero mi atención fue rápidamente secuestrada por algo mucho más importante.
La comida.
Mi verdadera alma gemela.
Tomé el tenedor y ataqué mi desayuno sin piedad.
—Oye, tranquila —rió Oswald mientras daba un pequeño sorbo a su café—. La comida no va a escaparse.
—Eso dices porque no la conoces tan bien como yo.
—¿Siempre comes así?
—Solo cuando estoy feliz.
—Entonces debería preocuparme por el pobre sándwich.
Ignoré su comentario y seguí comiendo.
—¿Qué haremos después?
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentira.
—Bueno... depende.
—Confía en mí.
Y ahí estaba otra vez esa sonrisa.
La sonrisa que hacía que confiar en él pareciera fácil.
Demasiado fácil.
Seguimos desayunando hasta que un destello llamó mi atención.
Flash.
Parpadeé.
Volteé.
Y vi a alguien sosteniendo un celular.
No.
No.
No podía ser.
—¿Matías?
Mi primo bajó el teléfono con una sonrisa enorme.
—¡Perfecto! Salieron hermosos.
—¿Qué haces aquí?
—La pregunta correcta es: ¿por qué no me dijeron que tenían una cita?
Casi me atraganto.
—¡¡NO ES UNA CITA!!
—¡Exacto! —exclamó Oswald al mismo tiempo.
Matías nos señaló.
—Eso es exactamente lo que dirían dos personas en una cita.
—No estamos en una cita.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo soy Batman.
Me llevé una mano a la frente.
Oswald parecía debatirse entre reírse o estrangularlo.
—Además —continuó Matías mientras se sentaba sin invitación alguna—, Daniel me mataría si descubre que estás sola con Audrey.
—Daniel no me mataría.
—Sí lo haría.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Suspiré.
—¿Puedes dejar de actuar como si tuviera cinco años?
—No.
—¿Por qué?
—Porque te quiero.
—Qué conmovedor.
—Lo sé.
Oswald soltó una carcajada.
Traidor.
—¿Puedo quedarme con ustedes? —preguntó Matías haciendo ojos de cachorro.
—No.
—Por favor.
—No.
—Por favor.
—No.
—Por favor.
—...
—Eso significa sí.
Y así fue como nuestra tranquila salida se convirtió oficialmente en un desastre.
Una hora después.
—¡¡CORRE!!
La voz de Oswald resonó entre la multitud.
Y yo corrí.
No pregunté por qué.
Simplemente corrí.
Porque detrás de nosotros venía Matías.
Persiguiéndonos.
Otra vez.
—¡¡NO PUEDEN ESCAPAR DE MÍ!!
—¡¡¿POR QUÉ NOS ESTÁ SIGUIENDO?!! —grité.
—¡¡NO LO SÉ!!
—¡¡SOLO QUIERO PASAR TIEMPO EN FAMILIA!!
—¡¡PUES YO NO!!
Terminamos escondidos detrás de una tienda.
Ambos intentando recuperar el aire.
—Creo... que lo perdimos.
—Eso espero.
—Ahora entiendo por qué Daniel vive estresado.