Oswald
—Yo no quiero salir contigo, pero podemos ser amigos —respondió Audrey con una sonrisa amable.
Marcos parpadeó varias veces.
Claramente no estaba acostumbrado a que lo rechazaran.
—Vaya... creo que nadie me había rechazado antes.
—Siempre hay una primera vez.
Marcos soltó una pequeña risa.
—Supongo que sí.
Se pasó una mano por la nuca.
—Bueno, será mejor que los deje solos.
—Nos vemos —dijo Audrey.
—Nos vemos.
Cuando finalmente se alejó, pude volver a respirar.
No sabía que había estado tan tenso hasta ese momento.
—¿Estás bien? —preguntó Audrey divertida.
—Perfectamente.
—Mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque parecías listo para saltarle encima.
—Jamás haría eso.
—Claro que sí.
Rodé los ojos.
Ella soltó una carcajada.
Y, por alguna razón, escucharla reír hizo que todo el mal humor desapareciera.
—Terminemos de comer —murmuré.
—Buena idea.
Durante el resto del almuerzo hablamos de cosas sin importancia.
Películas.
Música.
Profesores insoportables.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que no tenía que fingir nada.
Simplemente podía ser yo.
Audrey
Definitivamente Oswald estaba raro.
Y lo peor era que intentaba actuar como si no lo estuviera.
Terminé mi comida y me limpié la boca con una servilleta.
Él levantó la vista.
—¿Lista?
—Lista.
Nos levantamos de la mesa.
Me despedí de Marcos antes de salir.
Parecía un buen chico.
Un poco atrevido.
Pero agradable.
Subimos al auto.
Y durante varios minutos reinó un silencio cómodo.
La música sonaba de fondo mientras observaba el paisaje pasar detrás de la ventana.
Hasta que noté algo.
Un enorme campo cubierto de flores.
—Espera...
Oswald disminuyó la velocidad.
Y estacionó.
—Llegamos.
—¿Llegamos a dónde?
Él sonrió.
Esa sonrisa misteriosa que ya empezaba a conocer.
Bajó primero.
Y, como siempre, abrió mi puerta.
Podría acostumbrarme a eso.
Y eso era un problema.
Tomó mi mano.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Y caminamos juntos por un sendero rodeado de flores silvestres.
Cuando llegamos a la cima de una colina, me quedé sin palabras.
El sol comenzaba a ocultarse.
El cielo estaba teñido de tonos naranjas, rosados y dorados.
Parecía una pintura.
—Es hermoso...
—Lo sé.
Nos sentamos sobre el césped.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo observamos el horizonte.
—Vengo aquí cuando necesito pensar —dijo finalmente—. Cuando siento que todo es demasiado.
Lo miré.
Su expresión era distinta.
Más seria.
Más vulnerable.
—He pasado por muchas cosas, Audrey.
Bajó la mirada.
—Cosas que nadie sabe.
Mi pecho se apretó.
—¿Y por qué me trajiste aquí?
Él sonrió ligeramente.
—Porque eres la primera persona con la que quiero compartirlo.
Por un instante olvidé cómo respirar.
—Gracias.
Lo dije de corazón.
—De verdad.
Oswald desvió la mirada hacia el atardecer.
—Solo prométeme algo.
—¿Qué?
—No le hables de este lugar a nadie.
Sonreí.
—Lo prometo.
Y antes de pensarlo demasiado, lo abracé.
Lo sentí quedarse inmóvil durante una fracción de segundo.
Luego me devolvió el abrazo.
Era cálido.
Seguro.
Demasiado agradable.
Cuando nos separamos, nuestras miradas se encontraron.
Y por un momento...
Solo existimos nosotros dos.
Sus ojos negros reflejaban los últimos rayos del sol.
Y tuve una sensación extraña en el estómago.
Como si miles de mariposas hubieran despertado al mismo tiempo.
Nos acercamos un poco.
Demasiado.
Sentí su respiración.
Sentí el calor de su cuerpo.
Y entonces reaccioné.
Me aparté rápidamente.
Oswald carraspeó.
Yo también.
Perfecto.
Qué momento tan incómodo.
—Bueno...
Se puso de pie.
—Tengo otra actividad.
Acepté la mano que me ofrecía.
—¿Qué actividad?
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Terapia gratuita.
—Eso suena sospechoso.
—Confía en mí.
Nunca debí hacerlo.
Nos colocamos al borde de la colina.
El viento movía nuestros cabellos.
—Dime algo que te frustre.
—¿Solo una cosa?
—Empieza por una.
—Los exámenes.
—Bien.
—Las tareas.
—Ajá.
—Alexis.
Él hizo una mueca.
—También me frustra Alexis.
Solté una carcajada.
—¿Ves? Ya estamos progresando.
—Ahora piensa en todo eso.
—Listo.
—Y grita.
—¿Qué?
—Grita.
—¿Aquí?
—Sí.
—La gente va a pensar que estamos locos.
—Eso es parte de la experiencia.
Negué con la cabeza.
—Eres imposible.
—Uno...
—Oswald...
—Dos...
—No pienso...
—¡Tres!
—¡¡AAAAAAAAAHHHHHH!!
Terminé gritando igual.
Y él también.
El eco se perdió entre las montañas.
Seguimos gritando.
Riéndonos.
Liberando toda la tensión acumulada.
Hasta que me quedé sin aire.
Apoyé las manos en mis rodillas intentando respirar.
—Creo que voy a morir.
—No tan dramática.
—Habla por ti.
Entonces sentí algo.
Su mano.
Entrelazándose con la mía.
Por primera vez no me aparté.
Y tampoco él.
Simplemente permanecimos ahí.
Mirando el horizonte.
Compartiendo el silencio.
—¿Qué te pareció? —preguntó.
Sonreí.
—Me siento mucho mejor.
—Entonces funcionó.
Y por la expresión relajada de Oswald...
A él también.
—Ahora viene la mejor parte.
—¿Hay una mejor parte?
—Claro.
Metió una mano en el bolsillo de su casaca.