Oswald
Lo sabía.
Nunca debí enamorarme de ella.
Desde el principio sabía que terminaría así.
¿Por qué fui tan idiota?
¿Por qué me permití creer que tenía una oportunidad?
Me dejé caer sobre la cama y me quedé mirando el techo.
Sentía el pecho vacío.
Como si algo me hubiera arrancado una parte importante y hubiera dejado un agujero imposible de llenar.
Porque no era solamente un rechazo.
Era mucho peor.
Audrey me había mirado a los ojos después de besarme.
Después de corresponderme.
Después de sonreírme.
Y me dijo que yo no era el tipo de chico que le gustaba.
Que no era rubio.
Que no tenía ojos claros.
Que era demasiado cursi.
Demasiado yo.
Solté una risa amarga.
Qué irónico.
Durante años escuché que debía ser amable.
Caballeroso.
Atento.
Respetuoso.
Y al final nada de eso importó.
Porque yo nunca fui el chico que ella imaginaba.
Cerré los ojos.
Y por primera vez deseé no ser yo.
—Qué estúpido fui... —murmuré.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
Y después otra.
Y otra.
Hasta que terminé llorando como nunca antes.
Audrey
No podía dejar de pensar en su cara.
En la forma en que me miró.
En cómo sus ojos se llenaron de lágrimas.
En cómo se quebró su voz cuando me dijo que me odiaba.
Yo no había querido hacerle daño.
Pero lo había hecho.
Y de la peor forma posible.
—Y así fue... —terminé de contar.
Daniel y América estaban sentados frente a mí.
Los tres sobre mi cama.
El silencio se volvió incómodo.
Muy incómodo.
Daniel tenía la mandíbula apretada.
América estaba seria.
Y eso me asustaba más que cualquier grito.
—¿Debo sentirme culpable? —pregunté en voz baja.
Daniel me miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—¿En serio preguntas eso?
Tragué saliva.
—Yo...
—Audrey, acabas de romperle el corazón al chico que más te ha querido.
Sus palabras me golpearon.
—No fue mi intención...
—Pero lo hiciste.
Su tono era firme.
—Sabes que te quiero porque eres mi prima. Pero Oswald no merecía eso.
Bajé la mirada.
—Yo...
—Y esta vez estoy de acuerdo con Daniel —intervino América.
Levanté la cabeza.
Ella suspiró.
—Te quiero muchísimo, pero sí fuiste superficial.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada.
—No soy superficial.
—Entonces explícame por qué lo rechazaste usando únicamente características físicas.
No supe qué responder.
Porque tenía razón.
Daniel se levantó.
—Necesitas pensar las cosas.
América también se puso de pie.
—Te queremos, pero esta vez te equivocaste.
Ambos salieron.
Y apenas la puerta se cerró...
Me derrumbé.
Las lágrimas comenzaron a salir sin control.
América regresó inmediatamente y me abrazó.
—Soy una idiota...
—Lo sé.
—¡Gracias por el apoyo!
—De nada.
Solté una risa entre lágrimas.
Ella también.
—Ya pídele perdón mañana.
—¿Crees que me perdone?
—Es Oswald.
Claro que te perdonará.
Me limpié los ojos.
Entonces América me observó atentamente.
Demasiado atentamente.
—¿Qué?
—Olvida tu famosa lista por un momento.
Mala señal.
—¿Qué quieres?
—¿Te gusta?
Mi corazón dio un salto.
—No lo sé.
—Mentira.
—No lo sé.
—Audrey.
—¡No lo sé!
América cruzó los brazos.
—Cuando lo ves, ¿qué sientes?
Abrí la boca.
La cerré.
Y volví a abrirla.
—Es raro.
—¿Qué tan raro?
—Como una montaña rusa.
—Sigue.
—Cuando sonríe me siento feliz.
Cuando recita poesía quiero escucharlo durante horas.
Cuando está triste me duele.
Cuando me toma de la mano me pongo nerviosa.
Cuando estoy con él me siento segura.
América sonrió.
Yo me quedé congelada.
Porque acababa de escucharme a mí misma.
—Oh no.
—Oh sí.
—No.
—Sí.
Me levanté de la cama de un salto.
—¡ME GUSTA!
Comencé a caminar en círculos por la habitación.
—¡ME GUSTA!
—Ya entendimos.
—¿Y SI YA ES MUY TARDE?
—Respira.
—¿Y SI NO ME PERDONA?
—Respira.
—¿Y SI ME ODIA?
—Respira.
—¡NO PUEDO RESPIRAR!
América se echó a reír.
—Mañana hablas con él.
—¿Y si me rechaza?
—Entonces sufrirás.
—¡AMÉRICA!
—¿Qué? Es una posibilidad.
Le lancé una almohada.
Ella soltó una carcajada.
Y yo también.
Pero en el fondo seguía teniendo miedo.
Porque por primera vez...
Sabía exactamente lo que sentía.
Y tal vez ya era demasiado tarde.
Alexis
Escuché la puerta principal abrirse.
Levanté la vista.
Y lo vi.
Oswald.
Tenía los ojos rojos.
La mirada apagada.
Y parecía completamente destruido.
Perfecto.
Lo seguí hasta la habitación.
Entró sin decir una palabra.
Se sentó en la cama.
Y se quedó mirando al vacío.
Me senté a su lado.
—¿Qué pasó?
No respondió.
Hasta que de pronto se quebró.
Y me abrazó.
—Tenías razón...
Sonreí por dentro.
Pero por fuera mantuve una expresión seria.
—¿Sobre qué?
—Ella nunca me quiso.
Su voz se rompió.
—Nunca le voy a gustar.
Cerré los ojos.
Ya estaba hecho.
—Lo siento.
—Solo le importa el físico...
Comenzó a llorar otra vez.
Y por un momento incluso sentí lástima.
Porque era mi hermano.
Pero esto tenía que pasar.
—Escúchame.
Levantó la cabeza.
—¿Quieres olvidarla?
Asintió.
—Sí.
—Entonces tendrás que hacerme caso.
—Lo que sea.
Sonreí.