Oswald
Se sentía horrible tratar así a Audrey.
Y lo peor era que probablemente me dolía más a mí que a ella.
Estaba sentado en clase de Historia, intentando prestar atención a la profesora mientras explicaba algo sobre revoluciones y fechas imposibles de recordar.
Pero mi mente estaba en cualquier lugar menos ahí.
Yo quería entrar a Harvard.
Quería estudiar Medicina.
Era mi sueño desde que tenía memoria.
Por eso estudiaba tanto.
Por eso me exigía tanto.
Porque sabía que nadie iba a regalarme nada.
—Hola, Oswald.
Levanté la vista.
Dalia acababa de sentarse a mi lado.
—Hola.
—Hace tiempo que no hablamos.
—Sí, he estado ocupado.
—Eso veo.
Me observó unos segundos.
—¿Y cómo estás?
—Bien.
Mentira.
—¿Seguro?
—Sí.
—Oswald...
Ya sabía hacia dónde iba esto.
—¿Qué?
—¿Todavía te gusta Audrey?
Apreté la mandíbula.
—No.
—Oswald...
—No me hables de ella.
El tono de mi voz hizo que incluso yo me sorprendiera.
Dalia parpadeó.
—Lo siento.
Me puse de pie.
—Profesor, ¿puedo salir un momento?
Por suerte me dio permiso.
Necesitaba aire.
Porque sentía que me estaba ahogando.
Mientras caminaba por el pasillo terminé encontrándome con Wendy.
Otra vez.
—¡Oswaldi!
Genial.
—Hola.
Ella sonrió.
Yo no.
—¿Qué haces?
—Sobreviviendo.
—Qué gracioso.
Se acercó demasiado.
Otra vez.
—¿Quieres ir conmigo después de clases?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
Frunció el ceño.
—Cada vez eres más difícil.
—Y tú cada vez más insistente.
Su sonrisa desapareció.
—¿Sabes qué? Eso me encanta.
Yo no entendía a esa chica.
De verdad no la entendía.
—Tengo que irme.
—¿Tan rápido?
—Sí.
Me giré antes de que intentara besarme otra vez.
Porque sinceramente ya estaba cansándome.
Al doblar una esquina la vi.
Audrey.
Estaba apoyada contra los casilleros.
Llevaba audífonos.
Movía ligeramente la cabeza siguiendo el ritmo de la música.
Sus cabellos dorados caían sobre sus hombros.
Y durante unos segundos olvidé cómo respirar.
Maldita sea.
¿Por qué seguía viéndose tan hermosa?
¿Por qué seguía afectándome?
¿Por qué seguía importándome?
La observé abrir su casillero.
Entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
Pero real.
Y algo dentro de mí se rompió otra vez.
Porque era exactamente esa sonrisa la que me había enamorado.
—Olvídala.
Me obligué a apartar la mirada.
—Olvídala de una vez.
Pero mi corazón parecía no haber recibido el mensaje.
Audrey
Escuchaba música mientras intentaba no pensar.
Mala idea.
Porque últimamente pensar era todo lo que hacía.
Abrí mi casillero.
Y entonces lo vi.
Un sobre rosado.
Fruncí el ceño.
Lo tomé.
Miré a ambos lados.
No había nadie.
Abrí la carta lentamente.
¿Por qué llorar por alguien que ya no puede verte sonreír?
Regálale una sonrisa al mundo.
Porque incluso los días grises se vuelven más bonitos cuando tú sonríes.
—Un admirador.
Me quedé inmóvil.
Leí la carta dos veces.
Tres.
Cuatro.
Y una sensación extraña apareció en mi pecho.
Porque me recordó a algo.
A alguien.
A los poemas.
A las notas.
A ciertas palabras.
A Oswald.
Pero no.
No podía ser él.
¿Verdad?
Después de todo...
Él me odiaba.
¿O no?
Guardé la carta rápidamente.
Y por primera vez en días...
Sonreí.
Aunque solo fuera un poquito.
Alexis
Encontré a Oswald mirando hacia el final del pasillo.
Y reconocería esa mirada en cualquier parte.
La misma que ponía cuando observaba a Audrey.
Me acerqué sin hacer ruido.
Le toqué el hombro.
Y casi salta.
—¡¿Qué demonios?!
Yo me eché a reír.
—¿Espiando?
—No.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Alexis.
—Oswald.
Me fulminó con la mirada.
—¿Qué quieres?
—Nada.
Lo observé unos segundos.
Parecía cansado.
Más delgado.
Más serio.
Más triste.
Y eso me preocupó más de lo que admitiría.
—¿Todavía piensas en ella?
—No.
Mentira.
La peor mentira del mundo.
—Bien.
—Ya la olvidé.
Otra mentira.
—Perfecto.
—No vuelvas a mencionarla.
Asentí.
Pero entonces vi algo detrás de él.
Audrey.
Ella había escuchado.
Y la expresión de su rostro me hizo sentir culpable.
Porque parecía que alguien acababa de romperle el corazón.
Oswald se marchó sin verla.
Y Audrey tampoco dijo nada.
Simplemente se quedó quieta.
Mirando el lugar por donde él había desaparecido.
—¿Qué haces aquí?
Levanté la vista.
Daniel.
—Sobreviviendo.
—Yo también.
Se acomodó junto a mí.
—¿Y qué pasó ahora?
—Nada.
—Entonces me voy.
—Perfecto.
—Amargado.
—Empalagoso.
—Celoso.
—Idiota.
Daniel soltó una carcajada.
—América me está esperando.
—Entonces corre.
—Con gusto.
Y desapareció por el pasillo.
Definitivamente estaba enamorado.
Qué asco.
Decidí volver a clases.
Pero choqué contra alguien.
—¡Oye!
Levanté la vista.
Y me encontré con unos ojos oscuros llenos de indignación.
Dalia.
Ah.
Maldición.
La chica que había besado a la fuerza meses atrás.
Me reconoció inmediatamente.
Porque su expresión pasó de sorpresa a asesinato en menos de dos segundos.