Alexis
La miré mientras se alejaba por el pasillo.
Furiosa.
Con las mejillas rojas y los puños apretados.
Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, se veía bastante linda cuando estaba molesta.
—¿Tú? —había exclamado al reconocerme.
Yo sonreí con tranquilidad.
—Hola, Dalia.
—No me hables.
—Qué amable.
—¿Qué quieres?
—Nada. Solo saludarte.
Ella cruzó los brazos.
—Pues ya me saludaste. Adiós.
Me dispuse a seguir caminando, pero no pude evitar girarme una última vez.
—¿Siempre eres tan desagradable?
—Solo con personas desagradables.
Solté una carcajada.
—Me caes mal.
—El sentimiento es mutuo.
Y se marchó sin mirar atrás.
Observé cómo desaparecía entre la multitud de estudiantes.
Qué chica más irritante.
Definitivamente irritante.
Audrey
Por fin terminaron las clases.
Era apenas lunes y ya sentía que había vivido una semana completa.
Guardé mis cosas en la mochila y salí del colegio con la esperanza de llegar a casa, encerrarme en mi habitación y olvidarme del mundo.
Pero el universo parecía tener otros planes.
Al doblar una esquina choqué contra alguien.
—Lo siento.
Levanté la vista.
—¿Marcos?
Él sonrió.
—Hola, Audrey.
—Hola.
—¿Cómo estás?
Me encogí de hombros.
—Sobreviviendo.
—Eso no suena muy bien.
—Porque no lo es.
Marcos soltó una pequeña risa.
—¿Puedo acompañarte a casa?
Lo pensé unos segundos.
—Claro.
Comenzamos a caminar.
Durante unos minutos ninguno dijo nada.
El aire era agradable y, por primera vez en todo el día, me sentí un poco más tranquila.
—¿Y Oswald? —preguntó finalmente.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Qué pasa con él?
—Normalmente los veo juntos.
Bajé la mirada.
—Tuvimos algunos problemas.
—Ya veo.
Su tono fue cuidadoso.
Demasiado cuidadoso.
Como si supiera más de lo que decía.
—Espero que puedan solucionarlos.
—Yo también.
Porque, aunque intentara convencerme de lo contrario, extrañaba a Oswald.
Extrañaba sus bromas.
Su sonrisa.
La forma en que me hacía sentir cuando estaba cerca.
Y eso era precisamente lo que más me asustaba.
Antes de darme cuenta, habíamos llegado a mi casa.
—Gracias por acompañarme.
—Cuando quieras.
Sonreí.
Me acerqué y besé su mejilla como despedida.
Marcos pareció sorprenderse un poco.
—Nos vemos.
—Nos vemos, Audrey.
Entré rápidamente antes de que notara que me había sonrojado.
Apenas crucé la puerta escuché a mi madre cantando en la cocina.
Eso solo significaba una cosa:
Estaba de buen humor.
Y cuando estaba de buen humor ocurrían dos cosas.
O preparaba comida deliciosa.
O planeaba algo que terminaría avergonzándome.
Esperaba que fuera la primera.
—Hola, mamá.
Besé su mejilla.
Ella me sonrió.
—Perfecto. Ya llegaste.
—¿Perfecto?
—Tus primos invitaron a unos amigos a almorzar.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué amigos?
—No lo sé.
Mala señal.
—Ve a arreglarte.
—Mamá, solo es un almuerzo.
—Arriba.
—Sí, señora.
Treinta minutos después...
—¡AUDREY!
Abrí los ojos de golpe.
Matías estaba encima de mi cama.
—¿Qué haces?
—¿Qué haces tú? ¡Durmiendo!
—Porque tenía sueño.
—Levántate. Daniel va a presentar oficialmente a América como su novia.
Eso fue suficiente para despertarme.
—¿Qué?
—¡Muévete!
Salté de la cama.
Cinco minutos después bajé las escaleras.
Y me congelé.
Porque en la mesa estaban:
Daniel.
América.
Alexis.
Y Oswald.
Genial.
Simplemente genial.