En mi lista ¡¡no Entras!!

Cap 28

AUDREY POV

Y ya era viernes.

El día perfecto para quedarme en mi cama, envuelta en mis cobijas y sin hablar con nadie.

Pero había prometido ir a la fiesta.

Y cuando prometía algo, intentaba cumplirlo.

Llegué tarde a la escuela.

Otra vez.

La culpa era de mi cama. Era demasiado cómoda.

Iba caminando por los pasillos con mi mochila colgando de un hombro y una cara de sueño que seguramente daba pena cuando me encontré con el profesor de Biología.

—Buenos días, alumna —sonrió.

Le devolví la sonrisa.

Entonces dejó de sonreír.

Qué rápido cambiaban algunos.

—¿Se puede saber qué hace en los pasillos? Ya debería estar en clase.

—Acabo de llegar, profesor.

—¿Y qué hace aquí parada?

—Voy para allá...

—Entonces vaya.

Prácticamente me expulsó.

Corrí hasta Matemáticas.

Entré al salón y todas las miradas cayeron sobre mí.

Genial.

El profesor levantó una ceja.

—¿Qué son estas horas de llegar?

—Lo siento, profesor. El tráfico.

Mentira.

Pero funcionó.

—Siéntese.

Fui hasta mi asiento.

En el camino sentí algo delante de mí.

Tropecé.

Y terminé en el suelo.

Escuché algunas risas.

Levanté la vista.

Wedny.

Su pie seguía extendido.

Me estaba mirando con una sonrisa burlona.

—PROFESOR —gritó América.

Toda la clase se quedó en silencio.

—¿Qué ocurre?

—Wedny hizo tropezar a Audrey.

El profesor miró a Wedny.

Luego me miró a mí.

Y finalmente volvió a verla.

—Dirección. Ahora mismo.

La sonrisa de Wedny desapareció.

Tomó sus cosas y salió dando un portazo.

Cuando el profesor se fue tras ella, el salón explotó en conversaciones.

Me levanté sacudiéndome la ropa.

—¿Lista para esta noche? —preguntó América.

—No.

—¿No?

—Quiero estar durmiendo.

—Qué aburrida eres.

—Lo sé.

Las clases pasaron más rápido de lo normal.

Durante el almuerzo estaba sentada con América cuando llegaron Daniel y Matías.

Poco después apareció Oswald.

Y todo se volvió más complicado.

—Hola a todos.

—Hola, Oswald —respondieron.

Yo seguí comiendo.

—¿Te comió la lengua el ratón? —preguntó él.

—No. Solo estoy disfrutando mi comida.

—Qué renegona.

—Qué inmaduro.

—Fea.

—Tonto.

—Rubia oxigenada.

Me puse de pie.

Él también.

Nos quedamos frente a frente.

—Retira eso.

—No.

—Retíralo.

—No.

—BASTA —gritó América.

Todos nos quedamos quietos.

—¿Cinco minutos de paz les van a provocar una enfermedad?

Nos sentamos inmediatamente.

Daniel estaba muriéndose de risa.

La última clase fue Literatura.

Y por primera vez en mucho tiempo presté atención.

La profesora anunció un concurso nacional de poesía y narrativa.

El premio era enorme.

Una oportunidad real de ingresar a Harvard.

El salón entero explotó de emoción.

—¿Participarás? —preguntó Oswald.

—Sí.

—Yo también.

Nos miramos.

Y por primera vez en semanas no hubo tensión.

Solo tranquilidad.

Horas después.

América prácticamente tomó control de mi habitación.

Me obligó a bañarme.

Me eligió un vestido rojo.

Me maquilló.

Me peinó.

Y cuando terminé de arreglarme me quedé observando mi reflejo.

No parecía yo.

O al menos no la Audrey de siempre.

—Te ves hermosa —dijo América.

—Da miedo cuando hablas así.

—Cállate y disfruta.

Cuando bajamos, Daniel, Matías y Oswald ya estaban esperando.

Mis padres nos despidieron.

Y justo antes de subir al auto sentí una presencia a mi lado.

Oswald.

—Te ves hermosa.

Lo dijo tan bajo que solo yo lo escuché.

Y por primera vez no sonó como un intento de conquista.

Sonó sincero.

Demasiado sincero.

Mi corazón hizo algo extraño.

La fiesta estaba llena.

Música.

Luces.

Gente.

Risas.

Y ruido.

Mucho ruido.

Nos acomodamos en unos sillones.

Wedny apareció casi inmediatamente.

—Esta es mi casa —me dijo—. Compórtate.

—Intentaré sobrevivir.

Se marchó molesta.

Más tarde terminé bailando con Marco.

Después con algunas amigas.

Y después sola.

Hasta que un chico se acercó.

Cabello castaño.

Ojos azules.

Linda sonrisa.

—¿Bailas?

—Claro.

Se llamaba Max.

Era divertido.

Nada más.

Pero cuando terminó la canción vi algo curioso.

Oswald nos estaba observando.

Y por primera vez no parecía molesto.

Parecía... triste.

Muy triste.

Poco después se acercó.

—¿Podemos hablar?

Lo miré sorprendida.

—Claro.

—Afuera.

Terminamos caminando lejos de la música.

Lejos de las luces.

Lejos de todos.

Llegamos hasta la playa.

El sonido del mar llenó el silencio.

Nos sentamos sobre la arena.

Por varios minutos ninguno habló.

Hasta que él rompió el silencio.

—¿Cómo estás realmente?

La pregunta me golpeó más de lo esperado.

Porque nadie me la hacía de verdad.

—Confundida.

—Yo también.

Su voz sonó cansada.

—Oswald...

—Mmm.

Tomé aire.

Mucho aire.

Porque sabía que lo siguiente era difícil.

—Lo siento.

Él no respondió.

—Lo siento por todo.

Por haberte juzgado.

Por haberte hecho sentir insuficiente.

Por haberte herido.

Por llamarte feo.

Por no ver quién eras realmente.

El mar siguió sonando.

—No sabes cuánto me dolió eso.

Sentí un nudo en la garganta.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y por primera vez vi el dolor que había escondido.



#5217 en Novela romántica
#1467 en Chick lit
#1678 en Otros
#41 en No ficción

En el texto hay: colegio, crush escolar, romance +16

Editado: 13.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.