Capítulo 32
Audrey
Me encontraba acostada en mi cama junto a América, compartiendo una enorme taza de helado mientras veíamos películas románticas.
—¿Quién no ama a Leonardo DiCaprio? —suspiró América por quinta vez en la noche.
—Sí... pero sigo sin perdonar que muriera al final —respondí abrazando una almohada.
—Jack merecía vivir.
—Exacto.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Hasta que América pausó la película.
Y cuando América pausaba una película romántica, significaba problemas.
—Dime la verdad.
La miré.
—¿Sobre qué?
—Melody.
Suspiré.
Sabía que tarde o temprano llegaría esa conversación.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada de mentiras.
Me mordí el labio.
—No me cae bien.
—Eso pensé.
—Es demasiado cercana a Oswald.
—Ajá.
—Y él me contó que cuando eran niños se gustaban.
América casi deja caer el helado.
—¿QUÉ?
—Nunca fueron nada.
—Eso no mejora las cosas.
—Lo sé.
Apoyé la cabeza sobre mis rodillas.
—¿Y si todavía le gusta?
—Audrey...
—¿Y si a él también le queda algún sentimiento?
—Audrey.
—¿Y si ella volvió para recuperarlo?
América me lanzó un cojín a la cara.
—¡Cálmate!
Lo aparté indignada.
—Eso dolió.
—Porque estás exagerando.
—No estoy exagerando.
—Todavía no hizo nada.
—Todavía.
América me observó unos segundos.
Después sonrió.
Y cuando América sonreía así, alguien corría peligro.
—Tengo una solución.
—No me gusta cómo suena eso.
—Mañana vas a lucir espectacular.
—Ahí está.
—Vas a demostrarle quién es la novia.
—¿Y si no quiero?
—Demasiado tarde.
—¿Por qué somos amigas?
—Porque me amas.
—Lamentablemente.
Al día siguiente
—¿Me veo bien?
América me observó de arriba abajo.
—¿Bien?
Asentí.
—Audrey, si te ves así todos los días, la mitad de la escuela dejará de estudiar.
—Estás exagerando.
—No.
Miré mi reflejo.
Un vestido sencillo color vino.
Botines negros.
El cabello ligeramente ondulado.
Nada exagerado.
Pero definitivamente más arreglada que de costumbre.
—¿Lista?
—Supongo.
—¿LISTA?
—¡Sí!
—¡NO TE ESCUCHO!
—¡¡SÍ!!
—Perfecto.
Y abrió la puerta principal del instituto.
Demasiado fuerte.
Todas las miradas se dirigieron hacia nosotras.
Sentí deseos de desaparecer.
—Te odio.
—Lo sé.
Comenzamos a caminar.
Algunos chicos saludaron.
Otros simplemente se quedaron mirando.
Varias chicas susurraban entre ellas.
Yo solo quería sobrevivir.
Hasta que alguien apareció frente a mí.
—Hola, Audrey.
Lo reconocí enseguida.
Cabello castaño.
Ojos verdes.
Sonrisa amable.
—¿Max?
—Sabía que te acordarías.
Sonreí.
—Es bueno verte.
—A ti también.
—Por lo que veo eres bastante popular.
—Créeme, yo tampoco entiendo qué está pasando.
Max se rio.
Y entonces una voz apareció detrás de mí.
—¿Interrumpo algo?
Conocía esa voz.
Perfectamente.
Oswald.
Giré.
Y ahí estaba.
Uniforme deportivo.
Cabello ligeramente despeinado.
Y esa sonrisa que hacía cosas raras con mi corazón.
—Hola.
—Hola, hermosa.
Me besó la mejilla.
Max observó la escena.
—Así que tú eres Oswald.
Oswald sonrió.
—Y tú debes ser Max.
Se estrecharon la mano.
Aunque ninguno sonreía realmente.
Interesante.
—Bueno —dijo Oswald rodeando mi cintura—. Me robo a mi novia.
—Claro.
Max me dedicó una sonrisa.
—Nos vemos luego, Audrey.
—Nos vemos.
Cuando estuvimos solos, Oswald permaneció extrañamente callado.
—¿Qué pasa?
—No me agrada.
—¿Quién?
—Max.
Rodé los ojos.
—¿Ya empezamos?
—¿Viste cómo te miraba?
—Como una persona normal.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Solo yo puedo mirarte así.
Solté una carcajada.
—Qué celoso eres.
—Mucho.
—Pues para mí no significa nada.
Me acerqué y rodeé su cuello con mis brazos.
—El único que me importa eres tú.
La tensión desapareció inmediatamente.
—Repite eso.
—No.
—Audrey.
—No.
—Audrey.
—No.
Terminó abrazándome mientras reía.
—Eres imposible.
—Y tú dramático.
—Pero me quieres.
—Lamentablemente.
—Sabía que sí.
Nos sentamos en las gradas.
Y entonces pregunté:
—¿Quieres ir por un helado después de clases?
—Me encantaría.
Sonreí.
—Perfecto.
—Pero no puedo.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Quedé con Melody.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Voy a salir con ella.
—¿Salir?
—Como amigos.
—Ah.
No sonó tan convincente.
—Es mi amiga, Audrey.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué haces esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Sí la estás haciendo.
—No.
—Sí.
—No.
—Celosa.
—¿Yo?
—Sí.
—Ja.
—Ja.
—No estoy celosa.
—Lo estás.
—No.
—Mucho.
—Eres insoportable.
—Y tú celosa.
Me levanté.
—Adiós.
—Audrey...
Pero ya me estaba alejando.
Porque escuchar el nombre de Melody comenzaba a irritarme más de lo que quería admitir.
Las horas pasaron.
Y después de clases terminé en casa de Alexis.
—Nada de terror —advertí.
—Aburrida.
—Cobarde —corrigió Ariel.
—Inteligente —corregí yo.
George bufó.
Alexis parecía arrepentido de habernos invitado.
Finalmente puso una comedia.
Y todos nos acomodamos.
Hasta que la puerta principal se abrió.