POV Audrey
Noah.
Noah.
Y otra vez Noah.
No podía dejar de pensar en él.
Más bien... en por qué Oswald parecía odiarlo tanto.
—Un día de estos te vas a caer de cara por andar tan distraída... y prometo que me voy a reír —dijo América mientras doblaba su ropa.
Las dos preparábamos nuestras maletas para ir a la casa de playa de Daniel.
Durante toda la mañana no había dejado de insistir en que hablara con Oswald.
La verdad... ya estaba decidida a perdonarlo.
Hasta que apareció Noah.
—Otra vez te fuiste a otro planeta —se quejó—. ¿Lista?
—Sí. Mamá nos está esperando abajo con todos.
—Qué bueno que te dieron permiso.
—Ni yo me lo creo.
—Entonces hay que aprovecharlo.
Sonreí.
—Cinco días de vacaciones no suenan nada mal.
—Cinco días en la playa suenan muchísimo mejor.
Reímos.
Tomamos las maletas y bajamos.
Mamá terminaba de servir el desayuno.
—Buenos días. ¿Ya están listas?
—Sí, mamá. ¿Y papá?
—Está afuera con tu hermano y tus primos. Les está dando el discurso de siempre para que te cuiden.
—¡Mamá! Ya no tengo cinco años.
Ella solo sonrió y besó mi frente.
—Para nosotros siempre serás nuestra pequeña.
Antes de responder, llamaron a la puerta.
América fue a abrir.
Entraron Ariel, George, Drake, Alexis... Noah y Oswald.
Ariel fue la primera en abrazarme.
—¡Hola!
—Hola.
—Gracias por invitarnos.
—En realidad fue idea de Daniel.
—Entonces tendré que agradecerle a él.
George apareció enseguida.
—¿Cómo está mi cuñada favorita?
Me besó la mejilla.
Sonreí con incomodidad.
Ni siquiera sabía si Oswald y yo seguíamos siendo novios... o si simplemente nos habíamos dado un tiempo.
Drake pareció darse cuenta y solo me saludó con un movimiento de cabeza.
Alexis también se acercó.
—Buenos días.
Me dio un beso en la mejilla.
—Ejem...
Todos volteamos.
Oswald carraspeó con evidente incomodidad.
Alexis arqueó una ceja.
—¿Y tú? ¿No la vas a saludar?
Oswald bajó un poco la mirada.
—Buenos días... Au.
Me regaló esa sonrisa que siempre lograba desarmarme.
—Hola.
En ese momento entraron Daniel y Matías junto con mi papá.
—¿Ya estamos todos? —preguntó Daniel.
—¡Sí! —respondimos casi al mismo tiempo.
—Esperen...
Alexis levantó la mano.
—¿Ahora qué?
—Invité a Dalia.
Se sonrojó.
Oswald soltó una risa.
—Mira nada más... y no nos habías contado, Romeo.
—¡Cállate!
Daniel negó divertido.
—Bueno, basta. A los autos.
Papá señaló a Daniel y Matías.
—Cuídenla bien. Ya saben lo que pasa si algo le ocurre.
Matías resopló.
—Creo que esa advertencia debería ir dirigida a otro.
Papá frunció el ceño.
—¿A quién?
—Olvídelo.
Preferí despedirme antes de que siguieran hablando.
Abracé a mis padres y a mi hermanito.
—¡Cuídate! —gritaron cuando cerré la puerta.
A lo lejos vi a Dalia correr con su maleta.
Llegó casi sin aire.
—¿Llegué tarde?
—No. Vamos.
Había dos camionetas.
Daniel conduciría la primera.
A su lado iba Matías.
Atrás estaban Oswald, Alexis, Noah y Drake.
Yo manejaba la segunda.
América iba de copiloto.
Detrás iban Ariel, George y Dalia.
Todo el camino estuvo lleno de risas.
La mayor parte del tiempo nos burlamos de George por los ronquidos que soltaba cuando dormía.
—¡Yo no ronco!
—Claro... y yo soy cantante profesional —dijo Ariel.
Todos estallamos en carcajadas.
Al llegar, Ariel bajó primero.
—¡¡Al fin!!
George bostezó.
—Creo que el otro carro todavía no llega.
Saqué mi celular y llamé a Daniel.
Contestó al tercer tono.
—¿Dónde están?
—Acabamos de llegar. ¿Y ustedes?
—En la casa.
—¿Cuál casa?
Se rio.
—Te acabo de mandar la ubicación por WhatsApp. Están en la entrada equivocada.
Miré a todos.
Todos ya tenían las maletas en la mano.
—Chicos...
Todos me observaron.
—Hay que volver a subir.
Las miradas asesinas que recibí hicieron que levantara las manos.
—¡La culpa es de Daniel!
Quince minutos después...
Entramos por fin.
La casa era enorme.
La sala parecía de revista.
La cocina era incluso más grande que la de mi casa.
A veces olvidaba que los papas de Daniel tenían muchísimo dinero.
Daniel se levantó del sofá y abrazó a América.
—¡Qué lindos! —me burlé—. ¿Y los cuartos?
—Arriba. Van a compartir de dos.
—Entonces Audrey duerme conmigo —anunció América.
Subimos corriendo.
La habitación era preciosa.
Tenía un balcón con vista directa al mar.
—Me quiero mudar aquí —susurré.
Toc.
Toc.
Abrí la puerta.
—¿Noah?
Él sonrió.
—¿Puedo pasar un momento?
—Claro.
Se acercó y me saludó con un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás?
—Un poco cansada por el viaje.
—Normal.
Se rascó la nuca, algo nervioso.
—En realidad venía a preguntarte algo.
—¿Qué pasa?
—¿Te gustaría caminar un rato por la playa más tarde?
Lo miré sorprendida.
—Solo como amigos.
Sonrió.
—Me caíste muy bien y me gustaría conocerte mejor.
Dudé unos segundos.
—No sé...
Él levantó las manos.
—Sin presiones. Si no quieres, lo entiendo.
Eso hizo que me relajara.
—No... está bien.
Sonreí.
—Tú también me pareciste agradable.
Su rostro se iluminó.
—¿A las cinco?
Miré el reloj.
Las dos de la tarde.
Todavía quedaba bastante tiempo.
—Está bien.
—Perfecto.
Cuando ya se iba, se giró una última vez.
—Nos vemos luego, Audrey.