POV Audrey
Esto no podía seguir así.
Necesitaba una solución.
Odiaba que crecer significara tomar decisiones que podían romperle el corazón a alguien.
Las vacaciones habían terminado hacía apenas unas horas y, aun así, mi cabeza seguía en aquella fiesta.
En Alexis.
En Oswald.
En las palabras de Noah.
Suspiré mientras observaba el techo de mi habitación.
No había encontrado ninguna respuesta.
América dejó su celular sobre la cama y se acomodó a mi lado.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Hasta que habló.
—¿Ya decidiste a qué universidad vas a entrar?
Giré la cabeza.
—Todavía no... pero sí sé qué quiero estudiar.
—¿Qué?
Sonreí.
—Medicina.
Ella abrió los ojos.
—Lo sabía. Te queda perfecto.
—¿Y tú?
No tardó ni un segundo en responder.
—Periodismo... y Diseño de Moda.
Parpadeé.
—¿Dos carreras?
—Voy a hacer lo que amo.
No pude evitar sonreír.
—Eso suena muy a ti.
Hubo un pequeño silencio.
Me levanté de la cama.
—Quiero contarte algo.
—Te escucho.
Respiré hondo.
—Habrá un concurso de literatura en la escuela.
América sonrió de inmediato.
—¿Y?
—Estoy pensando en participar.
—¡¿En serio?!
Asentí.
—Pero tengo miedo.
—¿De qué?
Bajé la mirada.
—¿Y si no soy lo suficientemente buena?
Ella soltó una risa.
—Eso jamás lo vas a descubrir si ni siquiera lo intentas.
Guardé silencio.
—Puede que pierdas.
Asentí.
—Puede.
—Pero también puedes ganar.
Levanté la vista.
—Y aunque no ganes... seguirás siendo escritora.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
—Gracias.
—¿Ya sabes cómo se llamará tu libro?
Sonreí con picardía.
—Sí.
—¿Y?
—Es sorpresa.
América abrió la boca indignada.
—¡No puede ser! Ya te contagió Oswald con sus misteriosas sorpresas.
Reí.
—Prometo que serás la primera en leerlo.
—Más te vale.
Nos quedamos un momento en silencio.
Hasta que recordé algo.
—¿Y Daniel?
—¿Qué pasa con él?
—¿Ya decidieron dónde estudiarán?
Su sonrisa se volvió enorme.
—Lo más gracioso es que ninguno sabía lo del otro.
—¿Cómo así?
—Él quería contarme que estudiaría en Nueva York.
—¿Y tú?
—Yo también.
Las dos comenzamos a reír.
—Entonces terminaron sorprendiéndose los dos.
—Exactamente.
La observé unos segundos.
Se veía feliz.
Realmente feliz.
—Me alegro por ustedes.
Ella sonrió.
Pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Ahora falta otra decisión.
Supe inmediatamente de cuál hablaba.
—Alexis...
—Y Oswald.
Bajé la cabeza.
—No quiero hacerle daño a ninguno.
—Entonces primero deja de hacértelo a ti.
La miré.
—Date un tiempo.
—¿Un tiempo?
—Sí.
—Para pensar.
—Para descubrir qué quieres tú.
Suspiré.
Tal vez tenía razón.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Mi mamá apareció sonriendo.
—Escuché parte de la conversación.
Las dos volteamos.
—Así que decidí hacer algo.
Nos miramos confundidas.
—¿Qué?
—Quiero que ustedes dos viajen tres días a México.
Las dos gritamos al mismo tiempo.
—¡¡¿QUÉ?!!
Mi mamá comenzó a reír.
—Se lo merecen.
América parecía más sorprendida que yo.
—¿Con... con mi mamá?
—Sí.
Ella vive allá.
Y creo que es una buena oportunidad para verla.
Los ojos de América comenzaron a brillar.
Su mamá vivía en México desde hacía varios años.
Aunque sus padres estaban separados, la señora Mónica seguía siendo una persona maravillosa.
Siempre alegre.
Siempre haciendo reír a todos.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté.
—Mañana.
—¿Mañana?
—Ya compré los boletos.
Corrí a abrazarla.
—¡Gracias!
Ella besó mi frente.
—Solo prométanme que se cuidarán.
—Lo prometemos.
En cuanto salió del cuarto, América y yo comenzamos a saltar sobre la cama como dos niñas pequeñas.
—Creo que amo a tu mamá.
—Yo también.
Después de reír un buen rato, América tomó su mochila.
—Será mejor que vaya a hacer mi maleta.
La acompañé hasta la puerta.
—Nos vemos mañana.
—Prepárate.
—¿Para qué?
—Para hacer el ridículo en México.
Reí.
—Eso ya viene incluido.
Cuando se fue...
La habitación volvió a quedar en silencio.
Tal vez ese viaje era justo lo que necesitaba.
Alejarme unos días.
Respirar.
Pensar.
Dejar de escuchar mi corazón...
Y empezar a escucharme a mí.
El celular comenzó a sonar.
Oswald ❤️
Sonreí antes de contestar.
—¿Hola?
—Hola, bonita.
—¿A qué debo el honor?
—¿Ya no puedo llamar a mi novia?
Reí.
—Depende.
—¿Depende de qué?
—¿Me vas a comprar algo?
Escuché su risa al otro lado.
—Qué interesada resultaste.
—¡Oye!
—Era broma.
Sonreí.
—Tengo que decirte algo.
—¿Qué pasó?
—Mañana me voy a México.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Qué?
—Solo serán tres días.
—Te voy a extrañar.
Mi sonrisa se hizo más pequeña.
—Yo también.
—Avísame a qué hora sales.
Quiero despedirme.
—Claro.
—Y cuídate.
—Tú también.
—Te amo.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—Yo también.
Colgué la llamada intentando convencerme de que todo seguía igual.
Pero ya nada se sentía igual.
Al día siguiente...
El aeropuerto estaba lleno de gente.
Mi mamá no dejaba de acomodarme el cabello.
Mi papá insistía en que llamara cada dos horas.