Audrey
—América, ¿qué hacemos hoy? —pregunté mientras miraba aburrida el techo de nuestra habitación.
—Podemos ir a la playa con mis amigos... o al centro comercial —respondió pensativa.
Debía admitir que no tenía muchas ganas de salir.
Lo único que quería era descansar.
Pero no había viajado hasta México para encerrarme en una habitación.
...
...
...
—Chicas, tengo que irme a trabajar —dijo la mamá de América mientras tomaba su bolso—. Si quieren pueden ir con los chicos a la playa... o al parque de diversiones.
—¿Ya te vas, mami? —preguntó América cruzándose de brazos.
—Sí.
Le dio un beso en la frente y después me saludó con una sonrisa.
—Pórtense bien.
—Lo intentaremos —respondimos al mismo tiempo.
La señora Mónica soltó una risa y salió de la casa.
Apenas cerró la puerta, América volvió a mirar su celular.
—Los chicos ya vienen por nosotras.
—Perfecto.
Abrí el refrigerador y encontré un pedazo de pastel de la bienvenida.
No iba a desperdiciarlo.
—Oye... —dijo América con una sonrisa sospechosa—. Te vi hablando mucho con Rodrigo.
—¿Rodrigo?
Tardé unos segundos en recordar su nombre.
—Ah... sí. Parece un buen chico.
—Es el más tranquilo de mis amigos.
—¿También viene?
—Sí.
En ese momento sonó el timbre.
América abrió la puerta de golpe.
—¡¡Chicoooos!!
Los abrazó uno por uno mientras todos saludaban entre risas.
Yo observaba la escena desde atrás.
Entonces Rodrigo me vio.
—Hola, Audrey.
Sonrió con tanta naturalidad que terminé devolviéndole la sonrisa.
Desde que descubrió que hablaba mejor inglés que español, hacía un esfuerzo enorme por comunicarse conmigo en mi idioma.
Y eso me parecía un detalle muy bonito.
—Hola, Rodrigo. ¿Cómo estás?
—Muy bien. Feliz de volver a ver a una buena amiga... y de conocer una nueva.
Me guiñó un ojo.
Reí un poco.
—Yo también me alegro.
América apareció entre nosotros.
—Bueno, vámonos. Iremos en el carro de Esteban.
Detrás de ella venían otros tres chicos y una chica.
La muchacha se acercó enseguida.
—Creo que ayer no me presenté. Lo siento.
—No te preocupes.
—Soy Tara.
Me extendió la mano.
—Audrey.
Le estreché la mano sonriendo.
Entonces Rodrigo tomó una de mis maletas.
—Ven.
Lo seguí hasta el auto.
Cuando abrió la puerta trasera hizo una pequeña mueca.
—Creo que no vamos a entrar todos.
Miró el asiento.
Luego me miró a mí.
—Si no te molesta... puedes sentarte sobre mis piernas.
Abrí los ojos.
—¿Estás seguro?
—Sí. Será solo durante el camino.
Miré alrededor.
No había otra opción.
—Está bien...
Subí con cuidado.
América, por supuesto, ya estaba instalada en el asiento del copiloto.
La miré con reproche.
—¿Por qué tú sí puedes ir adelante?
Ella sacó la lengua.
—Porque soy la invitada especial.
Todos comenzaron a reír.
Rodrigo sonrió con algo de culpa.
—Perdón si esto te incomoda.
—No... solo es un poco extraño.
Cuando todos estuvieron dentro, el auto arrancó.
Rodrigo sacó un audífono y me ofreció uno.
—¿Música?
Asentí.
Segundos después comenzó a sonar Believer, de Imagine Dragons.
No pude evitar sonreír.
Me encantaba esa canción.
Mientras avanzábamos por las calles de México, apoyé la cabeza contra la ventana y disfruté la música.
Hasta que sentí que Rodrigo rozaba mi mano.
—Estás helada.
Bajó un poco el volumen.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
Me observó durante unos segundos.
Después, con mucho cuidado, pasó un brazo por detrás de mis hombros.
—Solo para que no tengas frío.
Mi cuerpo se tensó.
No estaba acostumbrada a ese tipo de contacto.
Y apenas lo conocía.
—No es necesario...
Sonreí con incomodidad.
—De verdad estoy bien.
Él entendió la indirecta enseguida.
—Perdón.
Retiró el brazo de inmediato.
Eso me tranquilizó un poco.
Minutos después, Esteban estacionó el auto.
—Llegamos.
Todos comenzaron a bajar.
Yo fui prácticamente la primera.
Respiré aliviada apenas sentí mis pies sobre el suelo.
América bostezó mientras estiraba los brazos.
—Qué rápido llegamos.
—¿Qué haremos ahora?
—Primero iremos a los videojuegos.
—Y luego vemos qué más.
Perfecto.
Mucho mejor que el cine.
Mientras todos discutían qué juego probar primero, comenzaron a caminar hacia el local.
Yo me quedé unos pasos atrás.
No tenía ganas.
Además, seguramente hablarían español todo el tiempo.
—¿No vienes? —gritó América.
—Estoy bien.
Vean ustedes.
Ella solo levantó el pulgar y siguió caminando.
Cuando me di vuelta encontré nuevamente esos ojos cafés.
Rodrigo.
—¿Qué haces aquí?
—No quería dejarte sola.
Sonrió.
Otra vez.
Sentí un pequeño silencio incómodo.
Hasta que habló.
—¿Quieres ir por un helado?
Dicen que la mejor heladería del centro comercial está aquí.
Miré hacia afuera.
Hacía bastante calor.
¿Por qué no?
—Claro.
Caminamos hasta una cafetería bastante acogedora.
Nos sentamos cerca de una ventana.
Una mesera dejó dos cartas sobre la mesa.
—Yo querer... un split... de fresa y coco.
Intenté hablar español.
Rodrigo soltó una pequeña risa.
—Lo dijiste muy bien.
Yo pediré uno de chocolate con tricolor.
Cuando la mesera se fue, él apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces...
¿Por qué viniste realmente a México?
Bajé la mirada.
—Para despejar mi mente.
Él sonrió apenas.
—Sabía que había algo más.