Audrey
—Cuando tenía quince años... estaba perdidamente enamorado de una chica —dijo Rodrigo con una sonrisa nostálgica—. La amaba... de verdad la amaba. Era feliz solo con verla.
Guardó silencio unos segundos.
—Tenía el cabello negro, unos ojos azules preciosos... y una sonrisa que podía alegrarme cualquier día.
Sonrió con tristeza.
—Pero supongo que las cosas bonitas no siempre duran.
Bajó la mirada.
—Un día llegó una chica nueva al colegio. Tenía el cabello color fuego y unos ojos verdes... muy bonitos. En ese momento pensé que me gustaba.
Respiró hondo.
—Sin darme cuenta me fui acercando a ella... hasta que un día la besé.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Y...?
—Lo peor no fue besarla.
Hizo una pausa.
—Lo peor fue que, por un instante, no me arrepentí.
Guardé silencio.
—Mi novia se enteró.
Su voz se quebró apenas.
—Me terminó ese mismo día... y fue justo ahí cuando entendí que nunca había dejado de amarla. La otra chica solo había sido una ilusión... algo pasajero.
Miró por la ventana.
—Poco después se mudó de ciudad.
Nunca volví a verla.
Me quedé sin palabras.
—Vaya...
—Sí.
Sonrió con amargura.
—La amabas muchísimo.
—Más de lo que imaginas.
—Lo siento.
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué te disculpas?
Me observó con una pequeña sonrisa.
—Te conté esto porque me transmites confianza... y porque no quiero que cometas el mismo error que yo.
Lo miré con atención.
—Entonces...
¿cuál es la diferencia entre el chico perfecto... y el chico ideal?
Rodrigo apoyó los codos sobre la mesa.
—El chico perfecto es el que tú construyes en tu cabeza. Cumple todos los requisitos de tu lista.
Sonrió levemente.
—El chico ideal, en cambio, puede no parecer perfecto.
Puede que no sea tu tipo.
Puede que al principio ni siquiera te llame la atención.
Pero es la persona que mejor encaja contigo.
La que logra sacar lo mejor de ti.
La que convierte sus defectos en algo que aprendes a querer.
Suspiró.
—El perfecto existe solo en la imaginación.
El ideal... existe en la vida real.
Me quedé pensando en sus palabras.
Tenían mucho sentido.
—Yo tuve que perder a alguien muy importante para entender esa diferencia.
No quiero que tú tengas que pasar por lo mismo.
Justo en ese momento sonó mi celular.
Dani 👺
Hola, primix.
Ya ni me hablas, ingrata.
Sonreí.
Rubia teñida 😂
Perdón, me olvidé.
¿Cómo estás?
La respuesta llegó enseguida.
Dani 👺
Yo bien.
Pero Oswald está raro...
¿Al menos has llamado a tu novio?
Sentí un pequeño golpe de culpa.
Había estado tan concentrada intentando aclarar mis sentimientos...
que ni siquiera había pensado en él.
Rubia teñida 😂
No...
Gracias por avisarme.
Lo llamaré.
Dani 👺
Te extraño.
Espero verte mañana.
Rubia teñida 😂
Yo también.
Cuídate. ❤️
Guardé el celular lentamente.
Rodrigo me observó.
—Supongo que era importante.
—Sí...
Sonreí con vergüenza.
—Era mi primo.
Él solo asintió.
En ese momento llegaron nuestros helados.
Mis ojos brillaron automáticamente.
Rodrigo soltó una pequeña risa.
—¿Es tu postre favorito?
Sonreí.
—Más o menos.
Solo...
me trae muy buenos recuerdos.
Sin querer pensé en Oswald.
Aquel día en que apareció con un helado solo para hacerme sonreír cuando estaba destrozada.
Desde entonces los helados tenían un significado especial para mí.
—Ya veo.
Probó una cucharada del suyo.
—¿Y qué cosas te gustan hacer?
—Mmm...Leer,Cantar,Escribir.Y, sobre todo...comer.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Eres de buen diente.
Reí con él.
—¿Y tú?
Pareció avergonzarse.
—Me gusta preparar postres.
Abrí los ojos.
—¿En serio?
¡Eso es genial!
Él bajó la mirada.
—No todos opinan lo mismo.
Mi papá dice que cocinar postres es cosa de mujeres... que un hombre no debería dedicarse a eso.
Fruncí el ceño.
—¿Tu papá está loco?
Rodrigo abrió los ojos sorprendido.
—¿Qué?
—Lo digo en serio.
Que te guste cocinar no te hace menos hombre.
Al contrario.
Me parece una habilidad muy bonita.
Sonreí.
—La chica que algún día esté contigo será muy afortunada.
Puse una mano sobre su hombro.
—No dejes que nadie te haga sentir menos por hacer lo que amas.
Rodrigo me sonrió con sinceridad.
—Gracias.
De verdad necesitaba escuchar eso.
—No hagas caso a comentarios tan anticuados.
Son solo prejuicios.
Él asintió.
—Y gracias a ti.
—¿Por qué?
—Porque hoy también aclaré muchas cosas.
Le devolví la sonrisa.
—Si algún día viajas a Estados Unidos...
puedes hospedarte en mi casa.
Me guiñó un ojo.
Rodrigo soltó una risa.
—Eres muy buena persona.
Negué con la cabeza.
—Solo intento devolver el favor.
Él miró su reloj.
—¿Mañana regresas?
—Sí.
Por la tarde.
—Entonces haremos una pequeña reunión para despedirte.
Reí.
—No hace falta.
Ya tuve una despedida antes de venir.
Rodrigo apoyó el mentón sobre la mano.
—¿Eres popular en tu escuela?
Parpadeé.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque eres muy bonita.
Sentí que mis mejillas ardían.
—No...
No soy invisible, pero tampoco popular.
Hice comillas con los dedos.
Él sonrió.
—¿Y Oswald?
—Él sí.
—Entonces...