—¿Qué...? ¿Por qué...? —pregunté con la voz quebrada.
Oswald desvió la mirada.
—Porque ya no es lo mismo.
—¿Cómo que no es lo mismo?
Soltó una risa amarga.
—Porque nunca me tomaste en serio.
Fruncí el ceño.
—¿Que nunca te tomé en serio?
—¿De verdad vas a fingir que no sabes de qué hablo? —preguntó, levantándose de la banca.
Su mandíbula estaba tensa.
—¿Crees que no me enteré de que besaste a Alexis?
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Quién... quién te dijo eso?
—¿Eso es lo único que vas a responder? —rió sin humor—. Encima fue con mi propio hermano... con tu rubio favorito.
—No fue como piensas.
—Claro. Nunca es como pienso.
—¡Escúchame!
Lo sujeté del brazo antes de que se fuera.
—Fue un error. Yo estaba confundida.
Él bajó la vista hacia mi mano y luego volvió a mirarme.
Sus ojos estaban llenos de algo peor que enojo.
Dolor.
—¿Confundida?
Asentí desesperadamente.
—No sabía qué sentía...
—Exacto.
Se soltó de mi agarre.
—Y yo no quiero estar con alguien que duda entre dos personas.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero ya lo entendí.
Él permaneció en silencio.
Di un paso hacia él.
—Ahora sé lo que siento.
Esperé que preguntara.
Que me mirara.
Que me diera una oportunidad.
Pero no lo hizo.
—Ya es tarde, Audrey.
Negué una y otra vez.
—No...
—Espero que Alexis pueda hacerte feliz.
Cada palabra era como una cuchillada.
—Él siempre fue el chico que realmente te gustaba.
—¡No!
—Sí.
Su voz salió completamente fría.
—Al final conseguiste a tu chico perfecto.
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
—No digas eso...
—Al menos puedo irme sabiendo que lo que sentí por ti fue real.
Después de decirlo, se dio media vuelta.
Y se fue.
Me quedé inmóvil.
No...
No podía terminar así.
Ahora lo entendía.
Todo.
No estaba enamorada del chico perfecto.
Nunca lo estuve.
Yo amaba a Oswald.
Al chico que me regalaba libros.
Al que me hacía reír cuando lloraba.
Al que me abrazaba sin pedir nada a cambio.
Al romántico empedernido.
Al torpe.
Al lector.
Al cursi.
Al muchacho que hacía que cualquier día normal se sintiera especial.
Él era mi ideal.
No podía perderlo.
Salí corriendo detrás de él.
Lo encontré unos metros más adelante hablando con Marco.
Me escondí detrás de un árbol al escuchar mi nombre.
—Ya terminé con ella —dijo Oswald.
Marco sonrió satisfecho.
—¿Ves? No fue tan difícil.
Oswald soltó una risa seca.
—La verdad... fue más fácil de lo que imaginaba.
Sentí un vacío en el pecho.
—Hay muchas chicas detrás de ti —continuó Marco—. No tardarás en conseguir otra.
Oswald se encogió de hombros.
—Lo sé.
Miró hacia otro lado.
—Solo espero que Audrey no insista en volver.
Marco soltó una carcajada.
—¿Ya te aburriste de ella?
Oswald sonrió de lado.
—Sí.
Cada palabra me rompía un poco más.
—Era demasiado ilusa.
Sentí que me faltaba el aire.
Marco volvió a hablar.
—¿Y Melody?
Oswald guardó silencio unos segundos.
—Tal vez.
—Siempre fue preciosa.
—Sí...
Agarró el cigarrillo que Marco llevaba en la mano, lo dejó caer al suelo y lo aplastó con el zapato.
—¿Alguna vez amaste a Audrey?
Él tardó en responder.
—Supongo que sí...
Hizo una pausa.
—Pero ese amor terminó hace tiempo.
No escuché más.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Salí corriendo.
Las lágrimas caían sin control.
Sentía que el pecho me ardía.
¿Todo había sido mentira?
¿Solo fui un reemplazo?
¿Nunca dejó de amar a Melody?
¿Por qué me hizo creer que me quería?
—¡Audrey!
Alguien sujetó mi muñeca.
Era Alexis.
Me observó preocupado.
—¿Qué pasó?
Intenté responder.
No pude.
Él levantó con cuidado mi rostro y limpió una lágrima con el pulgar.
—¿Qué ocurrió?
—Yo...
Las palabras salían entrecortadas.
—Oswald... terminó conmigo.
Los ojos de Alexis se abrieron por completo.
—¿Qué?
—¡¡Terminamos!!
Mi propia voz me sorprendió.
—¿Acaso no entiendes?
—No descargues tu enojo conmigo —respondió serio.
Cerré los ojos.
—Lo siento...
Me llevé ambas manos al cabello.
—Solo... necesito estar sola.
Me alejé antes de que pudiera detenerme.
Escuché que gritaba mi nombre.
No volteé.
Ya no tenía fuerzas.
...
Cuando llegué al hospital, Daniel fue el primero en verme.
—¿Audrey?
Corrió hasta mí.
—¿Qué te pasó?
No respondí.
Solo apoyé la cabeza en su hombro.
Él me abrazó con fuerza.
—No tienes que decirme nada ahora.
Sus dedos acariciaron mi cabello.
—Pero recuerda que no estás sola.
Las lágrimas volvieron a salir.
—Gracias...
Esa noche dormí en la habitación de Josías.
O al menos lo intenté.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma escena.
Oswald alejándose de mí.
Su voz diciendo que ya no me amaba.
Su mirada completamente fría.
Cuando amaneció tenía los ojos hinchados, la garganta ardiendo y la cabeza dándome vueltas.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó un doctor al verme salir de la habitación.
Forcé una sonrisa.
—Sí... solo creo que me está dando gripe.
El hombre me observó unos segundos.
—Descanse más...
Y procure llorar menos.
Se marchó antes de que pudiera responder.
Ni siquiera era capaz de ocultarlo.
Entré al baño para lavarme la cara.
El maquillaje se fue con el agua.
Al levantar la cabeza vi mi reflejo.