En mi lista ¡¡no Entras!!

Capitulo 51

POV Alexis

Nunca imaginé que un hospital pudiera ser tan silencioso.

Y al mismo tiempo tan ruidoso.

Máquinas pitando.

Personas corriendo.

Doctores dando órdenes.

Familias llorando.

Todo mezclado.

Pero nada de eso importaba.

Solo veía una puerta.

La de la UCI.

Detrás estaba mi hermano.

El mismo idiota que siempre sonreía.

El que decía que todo tenía solución.

El que hacía bromas incluso cuando estaba triste.

Ahora...

Estaba luchando por respirar.

Me dejé caer contra la pared.

Sentía las piernas de gelatina.

No podía dejar de pensar en una sola cosa.

Si yo hubiera llegado antes...

Tal vez...

La puerta se abrió.

Todos nos levantamos de golpe.

El doctor salió quitándose los guantes.

Su expresión no me gustó.

Nada.

—¿Familia del joven Oswald?

Los padres de Oswald dieron un paso al frente.

Yo también.

—¿Cómo está mi hijo? —preguntó su mamá con la voz rota.

El doctor tardó varios segundos en responder.

Demasiados.

—La operación salió bien.

Respiramos.

Solo un segundo.

Porque enseguida añadió:

—Pero su estado sigue siendo crítico.

Sentí que el piso desaparecía.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—La pérdida de sangre fue muy grande.

Además...

Hizo una pausa.

—Su organismo está muy debilitado.

—¿Debilitado?

—Tiene antecedentes que complican su recuperación.

Su padre bajó la cabeza.

Sabía exactamente a qué se refería.

Años de alcohol.

Drogas.

Descuido.

Todo eso estaba pasándole factura.

—Las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas.

Nadie habló.

El doctor simplemente terminó diciendo:

—Ahora...

Solo queda esperar.

POV Audrey

El silencio.

Eso fue lo primero que escuché.

No había máquinas.

No había doctores.

No había voces.

Solo un silencio tan profundo que me erizó la piel.

Abrí los ojos lentamente.

Frente a mí había una habitación enorme.

Las paredes eran completamente negras.

No existían puertas.

Ni ventanas.

Solo una luz amarilla caía desde el techo, iluminando una vieja silla de madera.

Y allí...

Estaba él.

Oswald.

Sentado de espaldas.

Con un cigarrillo entre los dedos.

El humo subía lentamente formando espirales sobre su cabeza.

Llevaba una casaca de cuero negra.

El cabello estaba más largo.

Más despeinado.

Parecía...

Diferente.

Mucho más frío.

Mucho más roto.

—¿Oswald...?

No respondió.

Ni siquiera movió un músculo.

Di un paso.

—¿Oswald?

Seguía inmóvil.

Hasta que levantó lentamente el cigarrillo hacia sus labios y dio otra calada.

—¡¡Oswald!!

Esta vez giró la cabeza.

Sus ojos...

Nunca había visto esa mirada.

Vacía.

Como si ya no quedara nada dentro de él.

Sonrió de lado.

Una sonrisa arrogante.

Desconocida.

—Hola, linda.

Su voz seguía siendo la misma.

Pero estaba cargada de sarcasmo.

—¿Qué haces aquí?

Sentí un escalofrío.

—Yo... no lo sé.

Miré alrededor.

Seguíamos completamente solos.

—¿Dónde estamos?

Él soltó una pequeña risa.

—Entre la vida y la muerte.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué...?

No terminó de responder.

Simplemente lanzó el cigarrillo al suelo.

Lo aplastó con la punta del zapato.

Y caminó hacia mí.

Cuanto más se acercaba...

Más extraño se veía.

Era Oswald.

Pero no era el Oswald que yo conocía.

No había calidez.

No había ternura.

Solo cansancio.

Muchísimo cansancio.

Se detuvo frente a mí.

—Déjame adivinar.

Quieres saber por qué soy así.

Asentí.

—Sí.

Él soltó una carcajada seca.

—Todos preguntan eso.

Nadie pregunta qué pasó para convertirme en esto.

Se dio media vuelta.

Chasqueó los dedos.

Y el suelo comenzó a desaparecer.

Todo empezó a transformarse.

Las paredes negras fueron sustituidas por una habitación desordenada.

Latas de cerveza.

Botellas vacías.

Ropa tirada.

Olor a cigarro.

Y un chico de quince años acostado sobre la cama.

Pálido.

Con profundas ojeras.

Una botella descansaba entre sus manos.

Lo reconocí enseguida.

Era Oswald.

Mucho más joven.

Mucho más delgado.

—¿Ese eres tú?

—Ajá.

Respondió sin darle importancia.

—Bienvenida a mis quince años.

Me acerqué lentamente.

El joven Oswald tenía la mirada perdida en el techo.

Como si no esperara nada de la vida.

La puerta del cuarto se abrió de golpe.

Alexis entró apresurado.

Era más pequeño.

Todavía tenía rostro de niño.

—Hermano...

No hagas esto otra vez.

Oswald ni siquiera lo miró.

Destapó otra botella.

—Lárgate.

—No pienso hacerlo.

Alexis respiró hondo.

—Sé que Melody te hizo daño.

Pero ella no es todas las chicas.

No puedes destruirte por alguien que ni siquiera vale la pena.

El joven Oswald sonrió con amargura.

—¿Quién dijo que lo hago por ella?

Bebió otro trago.

—Lo hago porque quiero.

Porque ya no me importa nada.

Porque si mañana me muero...

Me da igual.

Mi pecho se apretó.

Miré al Oswald que estaba junto a mí.

Él observaba la escena con absoluta tranquilidad.

Como si estuviera viendo la vida de otra persona.

—Mentía.

Susurró.

—Cada noche esperaba que alguien entrara por esa puerta...

...y me salvara.

Giró la cabeza hacia mí.

—Pero nadie vino.

Sentí un nudo en la garganta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.