En mi lista ¡¡no Entras!!

Capitulo 54

POV AUDREY

Guardo mis maletas en el auto y observo a mi familia con nostalgia.

Mis padres.

Mis alocados primos.

Mi mejor amiga.

Y Oswald.

Todavía me cuesta creer que realmente me voy.

Uno por uno se acercan a despedirse y les doy un abrazo, prometiéndoles que los llamaré y que jamás los olvidaré.

Mi mamá me abraza tan fuerte que por un instante vuelvo a sentirme una niña pequeña.

Porque ella siempre tuvo ese extraño poder de hacerme sentir en casa.

Después llega Daniel.

—Voy a extrañarte mucho, monga —dice mientras intenta sonreír, aunque las lágrimas lo traicionan.

—Yo también, tonto rubio.

Lo abrazo con fuerza.

Ya no estaríamos juntos como cuando éramos niños.

Ya no habría peleas absurdas ni bromas tontas durante la cena.

Y por primera vez entendí que crecer también significaba aprender a despedirse.

Después aparece América.

Mi hermana elegida por la vida.

—Ya te extraño y todavía ni te has ido —solloza mientras me abraza—. Prométeme que no vamos a perder el contacto.

—Te lo prometo.

—¿En serio?

—Claro que sí, loca mexicana.

Ella sonríe entre lágrimas.

—Oye.

—¿Qué?

—Es raro que ya no uses tanto tus modismos mexicanos.

América rueda los ojos.

—La culpa es de ustedes y sus palabras raras.

Nos reímos las dos.

Finalmente ella se aleja junto a Daniel, Matías y mis padres.

Y entonces me doy cuenta de algo.

Ahora estamos solos.

Oswald y yo.

—¿Me extrañarás? —pregunto.

Él suelta una pequeña risa.

—Eso ni siquiera debería preguntarse.

Entonces lo observo mejor.

Tiene ojeras.

Los ojos rojos.

Como si no hubiera dormido en toda la noche.

—¿Qué te pasó?

Acaricio su mejilla con cuidado.

—¿No has estado durmiendo?

Él baja la mirada.

—No mucho.

—¿Por qué?

Vuelve a mirarme.

Directamente a los ojos.

—Porque toda la noche estuve imaginando cómo sería despedirme de ti.

Mi corazón se detiene un segundo.

—Tal vez no recuerde nuestra historia.

Hace una pausa.

—Pero sí sé algo.

—¿Qué cosa?

Sonríe apenas.

—Que amas cuando te escribo poesía.

Una lágrima se escapa de mis ojos.

Porque sí.

Lo amaba.

Amaba sus poemas.

Amaba cómo lograba decir con palabras cosas que yo ni siquiera sabía sentir.

Entonces saca un sobre rosado del bolsillo de su pantalón.

Mi color favorito.

—Léelo cuando llegues a Inglaterra.

Lo tomo con cuidado.

Como si fuera algo frágil.

Como si fuera un pedazo de él.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme nada, hermosa.

Me besa suavemente la mejilla.

—Es un placer escribir para mi ángel de cabellos dorados.

Cierro los ojos.

Porque sé que voy a recordar esa frase durante mucho tiempo.

—Supongo que este es el adiós.

Oswald suspira.

—No lo sé.

Levanto la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Él sonríe ligeramente.

—Que algunas personas simplemente encuentran la forma de volver.

Y antes de que pueda responder...

Me besa.

Es un beso distinto.

Más suave.

Más lento.

Más triste.

Como si intentara memorizarme.

Como si tuviera miedo de olvidarme otra vez.

Cuando nos separamos, nuestras frentes permanecen juntas unos segundos.

—Ve y conviértete en la mejor doctora del mundo, Audrey.

Sonríe.

Subo al auto antes de arrepentirme.

Antes de decidir quedarme.

Mientras avanzo, miro el retrovisor.

Todos levantan la mano para despedirse.

Todos menos Oswald.

Porque él simplemente se queda ahí de pie observando cómo me alejo.

Como si intentara grabar mi rostro en su memoria.

—Te amo, Oswald.

Las lágrimas finalmente caen.

—Y jamás voy a olvidarte.

El aeropuerto pasa como un borrón.

El vuelo también.

Y antes de darme cuenta...

Estoy en Inglaterra.

Oxford.

Mi nueva casa.

Mi nuevo comienzo.

Recibo las llaves de mi habitación y entro lentamente.

Una chica de cabello oscuro está sentada leyendo un libro.

Levanta la mirada y sonríe.

—Hola.

—Hola.

Cierra el libro.

—Soy Janne Mars. ¿Y tú?

—Audrey Kells.

—Mucho gusto, Audrey.

Se pone de pie.

—Instálate y después te enseñaré el campus.

Sonrío.

—Me parece bien.

Comienzo a guardar mis cosas en silencio.

Ropa.

Libros.

Fotografías.

Recuerdos.

Toda una vida dentro de unas cuantas cajas.

Miro por la ventana.

Esta era mi nueva vida.

Nuevas personas.

Nuevos sueños.

Nuevas historias.

Y quién sabe...

Tal vez incluso un nuevo amor.

Aunque en el fondo de mi corazón...

Una parte de mí seguía esperando que algún día alguien volviera a llamarme...

Ángel de cabellos dorados.




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