En otra vida

Prólogo

La larga melena de rizos negros, antes recogida en una coleta, ahora se agitaba libremente con la fuerte brisa salada, ondeando detrás de su espalda a cada paso apresurado que daba. Las enormes hojas de palma y cocos secos, desperdigados por la arena, dificultaban el camino. Unos metros adelante, con más agilidad, una chica de miles de trenzas bien ajustadas que le llegaban hasta las caderas se giró hacia ella. Elevando la voz por encima del rugido de las olas golpeando la orilla, le gritó:

—¡Apresúrate! Nos descubrirán al paso que vas.

—No estoy de acuerdo con esto. Es mejor regresar. Si mi padre se entera de que no estoy en casa un Jueves Santo, es capaz de agarrarme del cabello y arrastrarme por toda la isla —dijo, avanzando con dificultad tras ella y apartando una hoja de palmera para ver mejor el camino—. ¿Ya no recuerdas lo que me hizo la vez pasada?

Por supuesto que lo recordaba. Por un instante, su mirada se posó en su amiga, justo donde terminaba su short de mezclilla, apenas por encima de las rodillas. Allí aún quedaba la tenue sombra de un moretón desvaneciéndose. En el fondo, ella sabía que esos golpes no eran culpa de su amiga, sino de su padre, quien la había catalogado como "mala influencia" y le había prohibido acercarse a su hija. Sin embargo, su hipocresía era evidente: mientras señalaba a otros, él mismo la golpeaba, y no en raras ocasiones. Si había algo de cierto en los incontables rumores que corrían por la isla, era que ese hombre era un abusador. Y aunque esa palabra bastaba para describirlo, muchas otras encajarían aún mejor.

—Solo serán unos minutos. Además, si se entera, dejaré que la culpa caiga sobre mí. No le tengo miedo a tu padre —dijo con firmeza. Eso último era cierto. A veces, deseaba intercambiar su lugar con el de su amiga cuando su padre la golpeaba, porque, a diferencia de ella, estaba segura de que pondría un alto si alguien se atreviera a levantarle la mano. No solo aplicaba en ese caso, sino también con su madre y su hermano, con quienes dudaba compartir lazos familiares. Las atrocidades que escondían en lo más profundo de su ser eran el tipo de cosas que, si salían a la luz, se convertirían en un talón de Aquiles.

—Porque sé cómo eres... es mejor irnos —dijo su amiga, deteniéndose a su lado. Pero al ver la expresión en su rostro, la conocía demasiado bien como para discutir más. Suspiró resignada y la siguió hacia la parte trasera de una pequeña cabaña. Subieron los escalones de madera podrida, que crujieron bajo sus pies.

—Este lugar no me gusta. Me da miedo a lo que se dedica tu madre.

—Ella no se dará cuenta. Esta cabaña está apartada de la casa. Además, es temprano y debe estar con algún novio nuevo que conoció anoche —respondió, entrando sin dudar al pequeño espacio abarrotado de objetos de santería. Algunos colgaban del techo, mientras otros se apilaban en mesas recostadas contra las paredes de madera—. No toques nada. Es tan obsesiva que sabe exactamente dónde está cada cosa.

—¿Crees que todo esto es real? —preguntó su amiga con curiosidad, recorriendo el lugar con la mirada—. Digo, tu madre debe ganar mucho dinero con estos... ¿trabajos? Si es que se les puede llamar así.

Su mirada se fijó en un muñeco con una fotografía donde debería estar el rostro, atravesado por varias agujas en puntos estratégicos.

—Claro que no. Mi madre es una simple estafadora que se aprovecha de la debilidad de los demás para sacarles dinero... Así como tu padre te manipula con leyendas religiosas de los días santos.

—Entonces, ¿Qué hacemos aquí perdiendo el tiempo?

—Porque mi madre nunca me deja acercarme a este lugar. Anoche la escuché hablando en el patio a altas horas de la noche. Lo extraño es que hablaba en una lengua que no logré comprender, como si estuviera en trance, con la mirada fija en la oscuridad del mar y los brazos levantados en la misma dirección —dijo, dudando un momento antes de continuar—. Lo peor fue que, cuando me acerqué, sus ojos estaban completamente blancos. La zarandeé para despertarla, pero era imposible... como si su cuerpo estuviera aquí, pero su mente en otro lugar.

—Con mayor razón no deberíamos estar aquí.

—Al contrario. Sí deberíamos. Estoy segura de que alguna de estas cosas tiene relación con lo que sucedió anoche. No digo que crea en ellas, pero mi madre es una persona muy fácil de sugestionar —dijo, moviendo una silla contra la pared para sentarse frente a la mesa—. Creo que sería más apropiado si me pusiera la túnica.

Señaló con diversión una prenda negra que colgaba junto a la mesa.

—Nada de lo que diga te hará cambiar de opinión, ¿verdad? —suspiró su amiga.

—Correcto.

En efecto, se colocó la túnica y posó las manos alrededor de una bola de cristal incrustada en el centro de la mesa.

—¿Cuáles son las palabras que utiliza mi madre? — dijo, recordando todos esos momentos en los cuales se escondía y miraba a través de las tablas de la cabaña mientras su madre estaba con clientes —Oh, sí... — murmuró con aire teatral, cerrando los ojos mientras apoyaba sus manos sobre la bola de cristal —Espíritus de la noche, ancestros del mar, revelen lo que está oculto...

Su amiga soltó una risa nerviosa y cruzó los brazos.

—Déjate de tonterías. Vámonos antes de que tu madre...

Un golpe seco retumbó en la madera de la cabaña. Ambas se quedaron paralizadas. La bola de cristal se estremeció levemente sobre la mesa, como si algo invisible la hubiera tocado.

—¿Fuiste tú? —preguntó la chica de los rizos negros, sintiendo que el aire se había vuelto más pesado.

La otra negó con la cabeza y tragó saliva.

—Nos vamos —dijo la amiga con urgencia, retrocediendo hacia la puerta—. Esto ya dejó de ser un juego.

Pero antes de que pudiera dar otro paso, las velas colocadas sobre las mesas apoyadas contra las paredes se encendieron solas, una tras otra.

—An... —las palabras se quedaron atascadas en su garganta cuando notó a su amiga con la cabeza agachada, el cabello cayendo delante de su cara.




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