Años después...
El día que el sol y la luna decidieron eclipsar el cielo, la isla se encontraba suspendida en una tregua hipócrita, dividida entre el estruendo de quienes celebraban la noche en pleno día y el silencio de los que todavía rezaban por sus muertos se arrastraba por las calles empedradas, donde el dolor de las familias que aún buscaban respuestas pesaba más que el propio calor caribeño.
Yo estaba allí, en medio de ese choque de mundos, frente al espejo de mi habitación, buscando en mi reflejo algo que no fuera la sombra del verano pasado.
—Verónica, piénsalo mejor. No es buena idea que salgas de casa, mucho menos un Jueves Santo —dijo mi padre, apoyándose en el marco de la puerta— ¿Ya se te olvidó lo del verano pasado?
—Prefiero no recordar..., si me concentro tanto en lo que pasó, me voy a quedar atrapada ahí—respondí, mirándolo a través del espejo mientras me daba los últimos retoques de labial, con el chirrido constante del ventilador de techo azotando el aire. La verdad es que no me gustaba recordar, porque a pesar de que hacía ya un año de todo, todavía las pesadillas y recuerdos nublados me atormentaban —. Pienso que deberíamos preocuparnos por el hoy, y con esto me refiero a que necesito esta oportunidad, necesitamos el dinero.
Pasé a su lado, saliendo de la habitación, y bajé las escaleras de madera con rapidez. Me dirigí a la cocina en busca de las llaves de mi Jeep.
—Ese es el punto, no logro entender por qué te preocupas tanto por el dinero. Sé que estos meses han sido difíciles, que el trabajo ha escaseado y que mantener el canal además del programa de televisión no ha sido fácil, por la falta de noticias en la isla, pero prefiero que estés bien antes de que tomes riesgos innecesarios.
Mi padre se detuvo, como si estuviera eligiendo sus palabras con cuidado. Desde la cocina, con las llaves en la mano, lo observé desde la distancia.
—Prefiero que estés a salvo antes que verte tomar decisiones apresuradas por necesidad —continuó al fin, su voz cargada de preocupación.
—Solo son ideas tuyas sobre creencias que han existido por miles de años, y nunca ha pasado nada —dije, acercándome a él y sujetándole los brazos. Esta discusión llevaba días, pero era inútil. Aunque insistiera en que no necesitaba mi ayuda, yo sabía con exactitud que la preocupación por la falta de noticias surcaba cada noche cuando lo veía sentado en la barra de la cocina con miles de recibos por las cuentas sin pagar, mantener el canal de televisión y los gastos de la casa, por lo cual, sí podía ganar dinero extra como fotógrafa en eventos, no lo dudaba. Mucho menos un día como hoy.
—Tú puedes verlo como simples creencias o leyendas porque eres joven y aún no comprendes muchas cosas de la vida —replicó mi padre, con ese tono que usaba cuando quería darme una lección—. Los jóvenes de tu edad creen que los padres les ponemos límites porque queremos arruinarles la diversión. Cuando tenía tu edad, pensaba lo mismo. Pero ahora que soy padre, con todo lo que he vivido, lo entiendo.
Suspiró y me miró con seriedad.
—Si te digo que no salgas, es por que tengo un mal presentimiento. Hoy es Jueves Santo, un día de respeto. Y encima hay un eclipse solar. ¿Sabes hace cuántos años no ocurría algo así? No es una coincidencia.
—Precisamente por eso debo ir —rebatí, cruzándome de brazos—. ¿Sabes lo que me pagarían por esas fotos? No solo recibiré el dinero del contrato con la alcaldía. Habrá personas de afuera, visitantes que podrían ver mi trabajo. Si me doy a conocer, se abrirán más puertas para mí futuro.
Mi padre me observó en silencio. Su mandíbula se tensó, como si quisiera seguir discutiendo, pero también supiera que ya había tomado mi decisión.
—Verónica...
—Voy a estar bien —lo interrumpí—. Es solo un evento. No te preocupes.
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La brisa salada me recibió apenas tomé la carretera que bordeaba la costa. Las palmeras se mecían bajo un viento que traía ecos de tempestad, y el sol, casi oculto por la luna, teñía el horizonte marino con tonos dorados y rojizos. Conducía en silencio, con cada kilómetro, el paisaje parecía transformarse lentamente. Las viejas casas humildes y desgastadas fueron desapareciendo detrás de mí, mientras comenzaban a aparecer mansiones modernas con enormes ventanales y luces tenues. A medida que me acercaba al evento en la orilla de la playa, una sensación de inquietud crecía en mi interior.
No podía darme el lujo de perder esta oportunidad. Todo había sido organizado durante meses y, para mí, significaba mucho más que dinero; era mi entrada al mundo de la fotografía profesional. Aunque no le había comentado todo a mi padre, entendía su preocupación. Sin embargo, había invertido mis últimos ahorros, convencida de que valía la pena, puesto que, la temática exigía vestimenta blanca, así que me aseguré de que todo en mi atuendo estuviera impecable.
Encendí la radio para aligerar mis nervios y calmar mis pensamientos. Moví el interruptor para sintonizar una emisora local y, tras unos segundos de estática, la voz familiar de la locutora llenó el auto.
—Buenas tardes, mis queridos oyentes que se encuentran sintonizados a esta hora en la única e inigualable emisora de la isla. Empezamos con noticias un poco desconcertantes: se ha registrado otro asesinato. Esta vez, una trabajadora sexual fue encontrada muerta con signos de violencia en su cuerpo esta mañana por un grupo de pescadores cerca del muelle, donde, presuntamente, prestaba sus servicios cada noche. Con esta víctima, ya son cinco los asesinatos extraños, todos dirigidos exclusivamente a trabajadoras sexuales.
Aquello sí que me desconcertaba. La isla siempre había sido segura, y me dolía escuchar ese tipo de noticias porque yo había crecido aquí; no solo yo, también mi madre, a quien la isla vio convertirse en la mujer que fue hasta sus últimos días.