En otra vida

Capítulo 2

La oscuridad avanzaba sobre la isla con una calma perturbadora. El eclipse cubría el sol casi por completo, devorando poco a poco la luz dorada del atardecer, dejando la playa envuelta en una luz fría y fantasmal que hacía que todo pareciera un sueño distorsionado. Las risas se fundían con la música mientras las copas seguían elevándose en brindis y los invitados bailaban descalzos sobre la arena.

Seguí moviéndome entre las mesas, tomando postales del evento, intentando concentrarme únicamente en las fotos y no en la incomodidad que seguía creciendo dentro de mí desde mi conversación con el alcalde.

Y mientras el cielo se oscurecía más y más... la música comenzó a bajar lentamente. Entonces, el alcalde subió a la tarima principal, acomodándose el saco blanco mientras recibía aplausos de algunos invitados. Diva descendió del escenario y caminó hacia mí abriéndose paso entre los invitados, sus mejillas estaban sonrojadas por el calor y la emoción.

—Lo hiciste increíble —dije, abrazándola con cuidado y sintiendo su respiración contra mi pecho. Sus largas trenzas africanas negras con destellos azules que brillaban bajo la luz, me rozaron la mejilla.

—Siento que me derretí allá arriba... —dijo, respirando hondo, pasándose la mano por la frente para quitarse las gotas de sudor—. Normalmente disfruto esto, pero hoy el calor, las luces y toda esa energía junta casi me dejan sin aire; fue como si todo desapareciera por un momento y solo quedara mi voz sobre el escenario.

—Espero que estén hablando maravillas de mí— bromeó Camilo, abriéndose paso entre la gente mientras se acercaba y se detenía junto a nosotros.

Nos movimos hacia la orilla sin prisa. Diva, sostenía sus sandalias en una mano mientras el agua le rozaba apenas los pies, y Camilo hablaba animadamente, haciendo gestos exagerados que la hacían reír. Por un momento, verlos así consiguió aliviar la presión que llevaba encima desde que llegué.

Levanté una mano haciéndoles señas.

—¡No se muevan! —grité por encima de la música—. Les voy a tomar una foto. Camilo giró inmediatamente, acomodándose el cabello con dramatismo.

—Procura capturar mi mejor perfil, por favor. La belleza también merece ser inmortalizada.

Diva soltó una carcajada y le dio un empujón suave antes de pasar un brazo por su cintura. Sonreí de lado levantando la cámara, enfocándolos mientras detrás de ellos el mar comenzaba a oscurecerse bajo la sombra del eclipse. Momentos como estos eran los que de verdad apreciaba, donde podíamos tener calma dentro de tanto murmullo, comentarios y especulaciones que caían sobre nosotros sin llegar a definirnos, como ruido de fondo que a veces estaba ahí, pero que no siempre lograba alcanzarnos.

—Por favor, acérquense a la tarima —se escuchó la voz del alcalde a través del micrófono, mientras la música descendía lentamente hasta quedar en un simple murmullo y las personas comenzaban a acercarse hacia la tarima principal.

Entonces, una sensación extraña empezó a invadirme, como una especie de déjà vu, como si todo aquello ya lo hubiera vivido. Me pegué más al costado de Diva, tratando de calmar mi ansiedad, cuando sentí que alguien pasaba detrás de mí y me golpeaba la espalda. Me volteé, pero solo alcancé a ver una guitarra colgada detrás de una figura que no lograba distinguir.

—¿Todo bien? —preguntó Diva.

—Sí, es solo que me pareció ver a alguien...

—Pónganse los lentes y admiremos todos el evento astronómico —terminó de decir el alcalde.

Todos miramos hacia el cielo mientras el último rastro de luz solar nos iluminaba. Sentí la necesidad de voltear, como si algo me llamara, una fuerza insistente que no dejaba de atraerme. La oscuridad nos envolvió, marcando el instante en que el sol y la luna alcanzaban su punto máximo y, después de tantos años, volvían a encontrarse.

Y entonces lo vi.

Un hombre.

A pesar de la penumbra y entre la multitud en la playa, estaba a unos pasos de mí: cabello castaño ondulado cayéndole sobre la frente, piel clara y una guitarra colgada a la espalda, igual que la figura que mi mente había registrado unos minutos antes. Sus ojos cafés, casi idénticos a los míos, me sostenían la mirada con una intensidad extraña, como si el tiempo se hubiera detenido solo en ese punto, como si todo el ruido alrededor dejará de existir por un instante.

Tragué saliva sin darme cuenta, sin entender por qué esa sensación de reconocimiento me atravesaba de una forma tan precisa, tan incómoda y a la vez tan familiar. Era absurdo, porque estaba segura de no conocerlo, y aun así había algo en él que encajaba con una parte de mí que no sabía nombrar.

—Es grandioso, Vero, lástima que dure solo minutos —la voz de Camilo me sacó de golpe de aquel momento, como si alguien hubiera roto una burbuja invisible. Giré hacia él, parpadeando, rompiendo el contacto visual con aquel desconocido, aunque la sensación haberlo visto antes se fue conmigo.

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El eclipse terminó y la noche avanzó. La orilla de la playa estaba llena de gente bailando, con luces de pequeñas guirnaldas y antorchas iluminando todo el lugar. Una enorme fogata ardía al costado de la fiesta, la gente gira a su alrededor al son de tambores y gaitas, dejándose llevar por nuestras tradiciones y el calor del ambiente. Aunque pase el rato bailando, riendo y tomando fotos, no puede sacarme de la cabeza la imagen de ese hombre; no lo volví a ver en lo que va de la fiesta, pero su mirada siguió apareciendo entre los rostros, como un recuerdo que no termina de encajar del todo y, aun así, se niega a desaparecer, haciendo que de vez en cuando me detenga un segundo sin darme cuenta, buscando entre la multitud algo que ni siquiera sé si quiero encontrar, para luego volver a la música, a las voces y a las risas, aunque esa sensación persista como una huella leve que no se borra.

—Señor alcalde, lo solicitamos en la tarima para que diga unas palabras a su público isleño —anunció un hombre al micrófono desde la tarima, arrastrando las palabras por el evidente estado de embriaguez en el que se encontraba.




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