En otra vida y en otra piel

"El Mártir y la Carroza Negra".

​¿Qué pasa cuando uno encuentra un amor tan grande, te gusta tanto esa persona y la idolatras a la vez, que te pierdes en ti mismo? Te olvidas de la religión y mueves cielo, mar y tierra para que todo se una a tu favor, aun sabiendo perfectamente que será imposible y que deberás batallar muchísimo.

​Mi padre tenía su empresa y ya había trazado un destino para mí; tenía una misión clara y yo debía guardar las apariencias. Tenía que ser de cierta forma, pero a la vez necesitaba estar con ella, aunque todavía no tuviera el valor para afrontarlo todo. ¿Qué es lo que debí haber hecho?

​No fue casualidad que nos encontráramos en esa comida familiar. El destino o la vida hicieron que amigos de amigos se conocieran y ella terminara invitada a la mesa de mi familia. En esa cena tuve que guardar las apariencias, aunque desgraciadamente ya teníamos una relación y mil cosas que decirnos. Era nuestro aniversario; cumplíamos exactamente un año de novios el primero de septiembre, el mismo día de su cumpleaños.

​Nos presentaron, como es común en las fiestas. Vi cómo le brillaban los ojos y cómo la esperanza se le iba cuando yo volteaba la cara para ignorarla. Cuando ella sonreía, yo torcía el gesto y miraba hacia otro lado. Vi su cara de tristeza y decepción, pero no podía hacer nada; tenía las manos atadas por las apariencias. Mi padre jamás permitiría una relación con alguien como ella, que tenía sus propias creencias (que para él ni siquiera eran una religión tal cual). Era algo imposible, pero mi vida también era imposible sin ella.

​Estaba cansado de ir y venir a escondidas. Recuerdo una vez que nos citamos. Ella llegó en moto mientras yo caminaba hacia la tienda y me dijo: «Súbete, te llevo. Qué bien te ves». Nos escapamos por horas, pero aún sentí en su mirada algo de vergüenza o pena al verme. Ese día fue especial. Le dije: «Tengo un regalo para ti», e Itzel aceptó emocionada.

​La situación se ponía difícil. Nos vigilaban en moto o se sentaban cerca de nosotros; sus guaruras siempre nos observaban. En ese momento le entregué un teléfono celular escondido. «Te doy esto para que nos comuniquemos. Tiene el GPS activado para saber siempre dónde estás y que estés bien», le dije. Estábamos recibiendo amenazas de muerte. Ella sospechaba de su padre, yo de sus escoltas. A su padre yo no le caía nada bien; decía que alguien de mi nivel económico solo usaba a las mujeres como "llaveros" para luego desecharlas. Además, nuestras religiones chocaban; él quería que ella continuara con su legado, algo imposible si seguía a mi lado.

​Al darle el teléfono, los dos sentíamos una ansiedad enorme, pero nuestro amor era indiscutible. Le dije: «Cualquier cosa que me pase, siempre voy a estar contigo». Ella, con una lágrima rodando por su mejilla, respondió: «Nada de eso va a pasar. Siempre hallaré la manera de volver a ti, Itzel, sea en esta vida o en la siguiente. Te voy a encontrar estés donde estés».

​Poco después, empecé a tener pesadillas. Soñé que caía por un abismo, ese hoyo negro y profundo donde sientes que brincas estando dormido. Era un túnel sin fin y oía el graznido de cuervos a mi alrededor. Al día siguiente desperté con una sensación extraña, un presentimiento que no sentía desde niño.

​Salimos de la mansión —una propiedad enorme de quince habitaciones, jardines inmensos y alberca; nunca ocultaré mi realidad, aunque para nosotros lo material no fuera importante—. Caminábamos por una calle con un jardín estatal en España, de esos que está prohibido pisar para cuidarlos. De la nada, por un impulso que nunca había tenido, decidí cruzar por el medio.

​Entonces, cinco perros negros del tamaño de un Husky siberiano saltaron a atacarme las piernas. Mi miedo era que me destrozaran la cara; pensé en mi padre y preferí que me arrancaran una pierna antes que quedar desfigurado. Los gritos de mi madre eran aterradores; ella aún no quiere recordar ese momento por lo traumático que fue verme así.

​De pronto, apareció un muchacho al lado mío. Era alto, con corte de "niño de iglesia" y camisa blanca. Al estar junto a él, el tiempo pareció detenerse. Me preguntó con una tranquilidad hermosa: «¿Qué les hiciste?». Respondí que nada, y él me dijo: «No te preocupes, ahorita se van a ir». En cuanto lo dijo, los perros desaparecieron. No sé a dónde se fueron, simplemente se esfumaron.

​Mi madre y yo subimos a un taxi para ir al hospital. Mi pierna estaba desangrándose; los perros habían intentado arrancarme trozos de carne. Ya en reposo absoluto en casa, la imagen del muchacho no salía de mi cabeza. Le dije a mi madre: «Yo lo conozco, tengo una imagen de él en mi habitación». Al verla, lo comprendí: era Joselito el Cristero, de Sahuayo, Michoacán. El niño mártir al que le arrancaron las plantas de los pies. Él estuvo ahí conmigo e impidió una tragedia peor.

​Sin embargo, al salir de nuevo para el trabajo, divisé otra vez la carroza negra. Esta vez había dos personas arriba con capuchas y gorros negros. Tenía que pasar por esa calle a la fuerza. Mientras me acercaba, sentía cómo el corazón se me salía del pecho. En segundos, mi único pensamiento fue: «Tengo que volver con ella. Tengo que estar con ella».

2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.

​Esta obra, incluyendo todos sus capítulos, personajes y universos narrativos, está protegida bajo las leyes internacionales de derechos de autor. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de este contenido, así como su distribución, transformación o almacenamiento en cualquier sistema de recuperación, sin el consentimiento previo y por escrito de la autora.

Título de la obra: en otra vida y en otra piel.

Autora: Gabriela González Calette

Nombre deautora: Gabby Rose Noir

Contacto: fridagabbycalette@gmail.com




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