En otra vida y en otra piel

"El reflejo de una mentira".

Un pensamiento cruzó la mente del padre de Itzel: si ella se sentía tan segura de su amor y de su relación, ¿por qué le hacía "trabajos" al novio? ¿Por qué recurrir a la brujería? Él tenía en su poder la libreta que guardaba aquel mechón de Alexander. ¿Para qué conservarlo? ¿Acaso dudaba de él o presentía algo que la obligó a actuar así?

​El señor comenzó a investigar. Llamó a sus guardaespaldas y les ordenó:

—Averigüen por qué mi hija sintió la necesidad de hacer esos trabajos. Hay algo que ella sabe y nosotros no.

​En ese momento llegaba Itzel. Su padre la confrontó de inmediato:

—Hija, espera, quiero hablar contigo. No quiero que me obligues a averiguar por mi cuenta lo que ocultas. ¿Por qué le hacías esos trabajos a tu novio? ¿Qué sabes que yo no? ¿Qué sospechabas? Dímelo tú o lo sabré por mis hombres, porque ellos ya están en eso.

​Él no tenía pelos en la lengua; prefería decir las cosas de frente antes que actuar a escondidas. Itzel, que tampoco se andaba con medias tintas, le sostuvo la mirada:

—Mira, papá, Alex llevaba días recibiendo amenazas por carta. Le decían que, si no me dejaba, perdería la vida. El miedo aumentó cuando empezó a recibir paquetes con partes humanas ensangrentadas. En uno venía una lengua con una nota: "Si no haces caso, la próxima será la tuya". Yo tenía que protegerlo de alguna manera. Yo también sé jugar, y si tú estás detrás de todo esto, créeme que lo voy a averiguar.

​Su padre la miró fijamente mientras ella sentenciaba:

—No hace falta que mandes a tus "guaruras". Ya saben la verdad. Pero yo quiero saber quiénes son los responsables. Mi principal sospecha eres tú, y si descubro que tuviste algo que ver, me perderás por completo. Me vengaré. Yo, al igual que tú, te digo las cosas en la cara.

​—Muy bien —concluyó el padre—. Dejemos que el tiempo diga quién tiene la razón. Soy un hombre importante en esta ciudad y no permitiré que tú me quites eso.

​Itzel se levantó y se fue. Tenía que ir a trabajar a su local donde, a diferencia de los negocios turbios de su padre, ella se dedicaba a sanar. Utilizaba la herbolaria para ayudar a quienes sentían dolor, siempre buscando hacer el bien dentro de sus posibilidades.

​De pronto, un recuerdo de esa mañana volvió a ella como un flash al ver a un muchacho. Se quedó estática, sumida en una duda profunda. ¿Por qué ese microsegundo de memoria justo ahora?

​—¿Qué desea ordenar? —repetía el joven a lo lejos—. Señorita, ¿se siente bien?

​Itzel parpadeó. El chico era la viva imagen de Alex: el mismo cabello rubio, los ojos azules, la forma de la nariz y esa sonrisa exacta.

—¿Alex? —susurró ella sin pensar.

—No, señorita. Mi nombre es Abraham.

—¿Estás seguro de que no eres Alex? ¿No me reconoces? Siento que ya nos hemos visto... ¿Estás seguro?

—Lo lamento, es una confusión —respondió él, algo apenado.

—Perdón si te incomodo —se disculpó ella rápidamente—, es solo que eres idéntico a mi difunto novio.

​Itzel sacó una foto de su bolso y se la mostró. Abraham quedó impactado:

—¡Wow! Podríamos ser gemelos.

​En ese instante, una idea cruzó la mente de Itzel: ¿Será que es su hermano?. No era una idea tan descabellada. Años atrás, Alex le contó que su madre tuvo un aborto muy extraño. Los doctores exigieron un entierro inmediato, de forma exprés, sin que nadie pudiera despedirse ni ver el cuerpo. No hubo tumba, no hubo nada.

¿Y si Abraham es ese hermano perdido? No, debo estar loca, es solo una coincidencia, pensó Itzel.

​—Oye, disculpa... —intentó decir ella.

—De verdad estoy trabajando —contestó Abraham—, pero me interesa platicar contigo. Mi turno termina a las seis, faltan dos horas.

—¿Qué te parece si nos vemos mañana aquí a las diez?

—Hecho. Mañana es mi descanso. Nos vemos aquí en el café; yo también quiero saber por qué piensas eso de mí.

​Antes de esa cita, Itzel tenía un encuentro pendiente con José Luis, el padre de Alex. Subió hasta la oficina más alta del imponente edificio. José Luis era un hombre alto, de cabello negro ondulado y presencia arrolladora. Era guapo, con los mismos ojos cafés de su hijo, pero con una mirada dura y arrebatadora. No se tocaba el corazón para despedir a nadie; era implacable.

​Al entrar, él fue directo al grano:

—Tú quieres saber por qué murió mi hijo, pero esa pregunta debería hacértela yo a ti. No nos engañemos: ambos sabemos que el culpable de todo es tu padre. Mi hijo recibía amenazas y restos humanos porque no querían que estuvieran juntos. Tú por tus creencias y él por su nivel económico. Tu padre y yo no habríamos sido tan enemigos si nos hubiéramos sentado a hablar.

​Hizo una pausa antes de soltar la verdad más dolorosa:

—Te diré algo que te va a doler. ¿Sabías que mi hijo estaba comprometido con otra muchacha desde hace cinco años, a escondidas?

​Itzel se quedó sin aliento.

—¿Sabías que mientras salía contigo, también veía a alguien más? Una mujer llamada Anahí que está involucrada en la trata de personas. Alex se vio forzado a recibir esas amenazas por culpa de los negocios de tu padre. Aún no sé qué conexión hay entre ellos, pero cuando descubra qué tiene que ver tu padre con la ex de mi hijo, no me tentaré el corazón para matarlo.

2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.

​Esta obra, incluyendo todos sus capítulos, personajes y universos narrativos, está protegida bajo las leyes internacionales de derechos de autor. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de este contenido, así como su distribución, transformación o almacenamiento en cualquier sistema de recuperación, sin el consentimiento previo y por escrito de la autora.

Título de la obra: en otra vida y en otra piel.

Autora: Gabriela González Calette

Nombre deautora: Gabby Rose Noir




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