En otra vida y en otra piel

"El secreto de la Explanada"

Creo que lo que todos debemos hacer en esta vida es estar bien con nosotros mismos. Mucha gente nos impone normas sociales; por así decirlo, nos ponen una "bocina" diciendo que tenemos que tener nuestra pareja. Me acuerdo que conocí a una amiga que se juntó muy joven; en realidad, era más una conocida, hija de médicos. Se juntó muy joven y una vez, al acompañar a su papá al trabajo, le dijeron: "¿Y tú cuándo vas a tener hijos? ¿Cuándo te vas a casar bien?". Ya que solamente estaba "juntada" por su juventud, la misma sociedad nos impone lo que cada quien debe hacer y lo que deberíamos tener en nuestra vida; y si no, pues somos unos fracasados o fracasadas que no hacemos bien las cosas.

​Yo sentía mucha impotencia, no podía hacer nada. Deseaba decirle a Itzel mi verdad, pedirle disculpas, explicarme... pero ¿cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo defender lo indefendible? Quisiera decirle qué conexión tiene su papá y el mío con Isadora; qué conexión tuve yo con ella. Creo que Isadora es la típica mujer que piensa que por tener buen cuerpo y una cara bonita —aparentemente perfecta físicamente—, cualquier hombre no se resiste a sus encantos y puede tener a quien sea. Es la típica mentalidad de la novela de Teresa: egocentrista y narcisista.

​Además, uno no deja de ser hombre y de cometer errores. Yo los cometí. Pensé que estar con ella era mi salvación; pensé que todo iba a estar bien y que iba a sobrellevar las cosas para, en algún punto, sacármela de encima. Pero no pude. Entre las malas compañías y el dinero fácil, perdí el piso, perdí mi lugar y mi sitio. Me confié en que todo saldría bien cuando, evidentemente, no era así. Todo fue tan fácil y tan difícil a la vez que no supe qué hacer.

​Es por eso que continuaremos esta historia cuando Itzel está hablando con la madre de Alexis:

​—Más bien, debería decirle a su padre qué conexión tenía él con ella —dijo Itzel—. ¿Qué conexión tenía mi hijo? Creo que ya lo sabe. Eran amantes desde el primer momento en que él anduvo contigo. La conoció a ella y también te conoció a ti. De ti puedo decir que eras el amor de su vida; ella era la carne, la tentación... la mujer perfecta que no podía soltar porque comprendía la vida que llevaba y que tú no le permitirías tener. Él sabía que si continuaba con esa vida de lujos y de aparentes mujeres, sería fácil perderse. Fue muy fácil perder el camino y en ese camino se cruzó Isadora. Desgraciadamente, también la conoció mi marido. Mujeres como ella piensan que pueden obtener a cualquiera y que nadie se les va a resistir. Pero aquí hay una verdad que nadie puede negar: Isadora tenía una relación con mi esposo, la relación real era con él. No tengo pruebas, desgraciadamente, pero su intención era despojar a mi hijo de la herencia, ya que él era el heredero de todas las empresas por ser hijo varón único y no había más hermanos aparentes.

​—A ver, señora, espéreme... ¿Cómo que "aparentes"? —interrumpió Itzel—. ¿Usted piensa que yo me trago todo lo que se me está diciendo? Antier fui al parque, ¿ha visto usted una cafetería que está ahí en la Explanada de España? Me atendió un mesero de nombre Abraham. ¿Me quiere usted explicar por qué ese muchacho es extrañamente idéntico físicamente a su hijo? No tiene nada que usted diga "en esto no se parece"; es idéntico a mi difunto novio. ¿Me quiere explicar por qué ese muchacho es igual a su hijo?

​—No sé de qué estás hablando, es imposible.

—Sí, usted lo sabe.

—Tuve un embarazo gemelar, pero mi primer hijo falleció —dijo la señora con voz temblorosa.

—¿Tiene pruebas usted? Yo, como ya lo sabe, caí en una depresión posparto. Terminé en un psiquiátrico por un año debido a esa pérdida. No me dejaron verlo por toda la situación que conllevó y el estado en el que me encontraba.

​—Entonces, por ende, señora, usted tampoco tiene pruebas de que ese hijo está muerto. Y sepa que yo me he entrevistado con él y tiene toda la intención de platicar conmigo. Sabe qué, señora, la invito a que investigue a este muchacho. Tengo la seguridad de que es su hijo, pero también tengo la sospecha de por qué lo desaparecieron así. Me duele lo que le voy a decir, son meras especulaciones, pero tengo la zozobra de que su esposo está metido en esto. Él vino a esconder a su hijo.

​—¿De verdad tú piensas, hija, que mi hijo era un "pan de Dios"? —respondió la suegra—. Estás tan equivocada. Te falta tanto por saber, tanto por averiguar. No te voy a negar que voy a investigar esto, pero tienes una ideología respecto a Alexis basada en castillos en el aire. Esa muchacha quería la herencia de mi hijo y se enredó con mi marido; por eso quisieron desaparecer a Alexis... y lo desaparecieron. Pero de eso a desaparecer a Abraham... ¡Es imposible! Aquí tuvo que haber otra mano, hija, porque en ese momento mi hijo era un bebé.

​—Obviamente su hijo queda descartado, señora, ¡pero fue su esposo quien lo desapareció!

—Mira, te voy a pedir que te retires. Estás muy mal. Comprendo que estás dolida por la pérdida de mi hijo y que lo extrañes, pero no quiero saber más. No sabes en el lío que te estás metiendo al especular y fundar esas acusaciones respecto a mi exmarido.

​—No me importa si tengo que irme exiliada de la ciudad hasta averiguar quién es Abraham realmente y por qué lo quisieron hacer a un lado de esta manera. ¿Sabe qué me dijo su hijo la última vez que nos vimos, poco antes de fallecer? "Ya me lo arrancaron de la vida". Me dijo que él siempre estaría conmigo y que buscaría la manera de volver en otra vida o en otra piel. O sea, su hijo ya sabía lo que estaba pasando. ¿Usted alguna vez ha sentido un amor que sobrepase la muerte misma? ¿Uno por el cual tenga la seguridad de que si en esta vida no estuvieron juntos, lo harán en la siguiente? Yo voy a volverme a encontrar con su hijo. No sé si sea Abraham o no, pero me confesó que cuando me vio sintió que nos conocíamos de toda la vida. Yo no me voy a quedar de brazos cruzados hasta averiguar la verdad. Usted no quiere hacerlo por conveniencia y por las apariencias sociales; yo lo haré por justicia. Y no me importa llevarme entre las patas hasta a mi propio padre. Hasta luego, señora.




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