¿Alguna vez has sentido que te encuentras en un callejón sin salida? Que por más que buscas ayuda, nadie te la otorga; que esperas una luz o que alguien te diga: "Hey, yo te ayudo", y sin embargo, no hay nadie. Es una realidad que enfrentamos día a día. Las personas parecen cada vez menos capaces de ayudar al prójimo. Algo tan simple como ver a alguien caer en la calle y, en lugar de levantarlo, reírse. O algo más grave: ver cómo asaltan a una persona y simplemente dar la media vuelta para irse.
Hace muchos años, cuando era chico en mi pueblo, me tocó saber de una situación espantosa. Escuché cómo mataron a un barbero de una manera terrible. Él gritaba por auxilio en múltiples ocasiones y nunca recibió ayuda. Eso nos da a entender lo insensibles que podemos ser; no somos capaces de echarle la mano a quien lo necesita. Al contrario, a veces somos capaces de echar más leña al fuego para hundir a los demás. Pero, ¿qué pasa cuando nos lo hacen a nosotros? Ahí ya no nos parece y nos enojamos. ¿Por qué molestarse cuando uno mismo ha hecho lo mismo con otros?
El Encuentro en York
Mi historia continúa en aquel balcón. Nos había llamado un hombre con capucha al que no podíamos ver bien, pues estábamos en uno de esos callejones profundos y larguísimos que existen en York. De pronto, vimos una luz verde que decía "Farmacia" y, al lado, un consultorio.
El hombre se quitó la capucha y nuestra sorpresa fue total. No podía creer quién era; pensé que se trataba de una broma, al igual que Itzel. Al verlo, ella exclamó:
—¡Usted! No, no... esto debe ser una broma.
Tras el asombro, yo le dije:
—No puede ser posible que usted se interese en ayudarnos. Usted es el papá de Alexis. ¿Por qué lo hace?
El señor José Luis nos pidió que pasáramos y nos sentó.
—Este es el consultorio de un amigo —explicó—. Yo aquí ayudo a las personas necesitadas con medicamentos. Se puede decir que el consultorio es mío y yo contraté al médico. Mi interés siempre ha sido ayudar. Sé lo que piensan por el malentendido que tuvimos, Itzel. Sé que crees que soy el culpable de la muerte de Alexis, pero no es así. En momentos de enojo uno dice cosas que no siente, y si te ofendí, te ofrezco una sincera disculpa.
Hizo una pausa y agregó:
—Hay alguien aquí que está tratando de hundir a Abraham.
En ese momento, Abraham lo interrumpió:
—Entonces... ¿usted sabe que soy su hijo?
Itzel se quedó sorprendida. Abraham siempre se había mostrado como un chico tímido y temeroso debido a sus padres ausentes; su tía, la directora del orfanato, tampoco había llenado ese vacío.
—Así es —respondió José Luis—. Esa noche que te dejaron en el orfanato, todos pensaron que fue tu madre, Dalila, pero fui yo.
—¿Usted? ¿Por qué hizo algo así? —cuestionó Abraham.
—Tienes que dejarme hablar y no interrumpirme —pidió su padre. Itzel intervino apoyándolo: —Creo que tenemos que escucharlo, Abraham.
El Secreto de los Gemelos
—Esa noche te dejé ahí porque te estaba protegiendo de mi esposa —confesó José Luis—. Dalila siempre ha tenido una ambición monetaria por la herencia. Ustedes son gemelos, pero Alexis nació primero por apenas unos minutos, lo que lo convertía legalmente en el heredero de nuestras empresas distribuidoras de medicamento. Desgraciadamente, tuve que unirme a la pandilla en la que estaba Alexis porque él les debía dinero. Me amenazaron de muerte y no tuve otra opción que distribuir lo que ellos pedían, guardando silencio para proteger mi laboratorio y mis otros negocios.
José Luis suspiró con amargura antes de continuar:
—A Dalila todo eso le molestaba. Ella nunca quiso ser madre. Cuando se enteró del embarazo, incluso escapó con otro hombre y solo regresó porque él quedó en bancarrota. Me decía que no quería que su cuerpo se deformara, que odiaba los síntomas del embarazo. Se vendaba el vientre para que no se le notara la barriga. Cuando nacieron, me fue imposible quitarle a Alexis; ella se aferró a él, pero no por amor, sino por dinero. Se dedicó a instruirlo en las empresas para ser su consejera, con la doble intención de derrocarlo y hundirlo después. Es una mujer insensible.
Miró a Abraham a los ojos:
—Pude quitarte de sus manos porque le mentí. Le dije: "Tú quédate con tu hijo y déjame deshacerme del mío". Tuve que fingir que seguía su juego para salvarte. Fui yo quien te dejó esa noche de lluvia en el orfanato. Recuerdo que la calle estaba oscura y solo había un foco amarillo en la entrada. Me partió el corazón dejarte en esa caja de zapatos para disimular quién eras. Cuando te puse en el piso, extendiste tus brazos de una manera tan hermosa para que te levantara... Tuve que sacar valor de donde no tenía para no dar la vuelta y recogerte. Te dejé con todo el dolor de mi alma, pero nunca dejé de llevarte en mi corazón.
Una Nueva Alianza
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Abraham e Itzel. Abraham abrazó a su padre:
—No tengo nada que perdonarte. Sé que lo hiciste para protegerme. Te voy a apoyar en todo. ¿Verdad, Itzel?
—Así es —respondió ella, mientras Abraham le tomaba la mano con ternura.
José Luis sonrió al verlos:
—¿Son pareja?
—Sí, señor —dijo Itzel—. Me he enamorado de su hijo.
—No podría estar más feliz. Me alegra que estés con un ser tan bondadoso. Alexis también lo era, pero estaba contaminado por la podredumbre de su madre.
—Yo me dedicaré a hacerte feliz en esta vida o en la siguiente, en otra piel —prometió Abraham.
El Mal Augurio
Los tres salieron del consultorio con la misión de desenmascarar al amante de Dalila y recuperar lo que por derecho le correspondía a Abraham. Sin embargo, como ocurre cuando algo parece perfecto, una sensación extraña inundó el aire. Un mal presentimiento de que tal perfección no podría durar.
Mientras caminaban de la mano fuera del callejón, Abraham le hizo una propuesta a Itzel:
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Editado: 04.04.2026