Al entrar a la habitación, Itzel no esperaba ver lo que encontró: Abraham estaba tirado en el piso, cubierto con una sábana. Como ocurre habitualmente, siempre hay alguien que nos observa, alguien que nos escucha, alguien que nos sigue los pasos. Nuestro querido vecino de al lado permanecía atento a lo que pasaba con esa familia, debido a su rango, pero con un interés demasiado... digamos, extraño.
Cuando Itzel vio a Abraham tendido en el suelo, muerto, se derrumbó y lanzó un grito desgarrador:
—¡No! Tú no puedes estar muerto, Abraham. No puedes dejarme también. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo me defenderé de Isadora y de sus planes? ¿Cómo saldré adelante? ¡Me dejaste sola! —exclamaba mientras se deshacía en llanto.
De pronto, tocaron a la puerta y deslizaron una nota que decía: "No estás sola". A ella no le quedaba más que afrontar esa cruel realidad: le habían arrebatado a la única persona que podía ayudarla a enfrentar a Isadora. Se levantó decidida:
—Tengo que hablar a la policía.
Mientras tanto, Isadora regresaba por la salida de emergencia de los departamentos. Estaba en el último piso y había una puerta al final del pasillo que abría hacia las escaleras de servicio. Entró de manera disimulada para llevarse el cuerpo de Abraham. Primero pensó en una bolsa, pero al final decidió:
—No, mejor te envolveré en esta alfombra.
Lo cargó hasta la cajuela del carro y decidió arrojarlo al famoso río Tajo, en España, muy común en esa época por ser el principal abastecimiento de agua y, sobre todo, por su profundidad; era perfecto para su plan. Lo lanzó, dio media vuelta y se marchó.
Itzel, al subir de nuevo, notó que el cuerpo de su querido Abraham ya no estaba. Salió corriendo, llorando y gritando desesperada:
—¡No puede ser posible! ¿Quién se lo llevó? ¿Dónde estás?
Bajó por la salida de emergencia, pero no había nadie. El vecino de al lado, al verla bajar por las escaleras, suspiró y susurró:
—Pronto te voy a ayudar.
Cuando ella llegó a la calle, apareció Isadora:
—Estoy aquí para decirte que ya no tienes razones por las cuales luchar. Yo que tú, desaparecería de la ciudad o simplemente aceptaría mi terrible destino.
Se acercó a ella y le asestó cinco navajazos en el estómago. La dejó ahí tirada y huyó.
—Casi termino mi plan —pensó—. Solo me faltas tú, Dalila, y todo estará completo.
Se dirigió a buscarla esa misma noche. Abrió la puerta y le dijo de forma melosa para no levantar sospechas:
—Amor, he llegado. ¿A que no sabes lo que traje? Nuestro amigo del restaurante me recomendó este delicioso vino añejado. Me gustaría brindar contigo, ya que me deshice de Itzel y ahora no será un estorbo para nuestros planes.
—Amor, te felicito. No hay persona tan eficaz como tú —respondió Dalila.
—Así es, yo puedo hacer lo que me proponga. Nada me detendrá.
Isadora sirvió las copas. En ese momento, Dalila se levantó:
—Mi amor, tengo que ir a retocar mi maquillaje.
Mientras ella iba al tocador, Isadora vertió un frasco de veneno en el vino. Era perfecto, pues su color rojizo se camuflaba con la bebida y su sabor era imperceptible. Dalila regresó y bebió primero; segundos después, cayó al suelo muerta.
—Al fin, nada me estorba. Ahora todo el dinero es mío. Tengo que escribirle a mi verdadero amor.
"Amor, te escribo para decirte que nuestro plan ha sido un rotundo éxito. Búscame mañana en la mansión para traspasar los bienes a mi nombre. Te espero a las diez."
Al día siguiente, Isadora fue con el juez. Tras una hora de trámites, él sentenció:
—Listo, señorita, usted es la dueña de todos estos bienes. Felicidades.
Ella salió con una sonrisa rimbombante, esperando la llegada de su único amor, el cual estaba a punto de revelarse. A las diez en punto, llamaron tres veces. Al abrir la puerta, apareció el amante: Abraham.
—Listo, amor, nuestros planes han concluido —dijo él.
Así es: Abraham era el amante de Isadora. Ella fingió matarlo y envolvió solo la alfombra, que al ser gruesa, simulaba el peso de un cuerpo. Todo el tiempo, Abraham fingió su amor por Itzel para distraerla mientras Isadora ajustaba el plan y esperaba que Dalila firmara los papeles.
Él fue el arquitecto de todo. Se deshicieron del médico, del padre y de la madre de Itzel. Abraham incluso mató a su propio padre y observó desde la esquina del callejón cómo destruían a Itzel, pues siempre se sintió una sombra, un "cero a la izquierda" opacado por ella. Esta era su más grande venganza.
—Al fin somos los dueños —dijo Abraham—. Nada podrá detenernos.
Pero hay algo, queridos lectores, que nadie sabe: siempre hay alguien observando a nuestras espaldas. En el jardín oculto de la mansión, entre los arbustos, una figura vigila y sentencia:
—Eso piensan ustedes... que las cosas se quedarán así. Muy pronto me van a conocer. Esto no se va a quedar así.
Fin.
2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.
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Título de la obra: en otra vida y en otra piel.
Autora: Gabriela González Calette
Nombre deautora: Gabby Rose Noir
Contacto: fridagabbycalette@gmail.com
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Editado: 04.04.2026