En Otras Vidas

DANIEL

DANIEL

El halo de luz que entraba por la ventana, iluminaba la espalda desnuda del joven que dormía a su lado. Daniel lo miró con desdén, sin entender, por qué seguía teniendo relaciones vacías. En su celular sonó una llamada de su amiga Lara.
—Es domingo y muy temprano para mí, pero dime bella —le contestó con un gimoteo fingido.
Lara lo invitaba a desayunar en una terraza y disfrutar de la espléndida mañana. Aceptó contento. Se levantó de su cama y, enérgico, le retiró la sábana al joven amante.
—Tienes que irte. Llévate eso de mi casa —le reclamó señalando la cocaína en la mesita de noche.
Sin mediar palabra, el joven limpió con su mano la droga esparcida, agarró su ropa y salió de la casa vistiéndose.

Daniel recogió a Lara en su coche. Llegaron a la cafetería y observaron la terraza a rebosar de gente, así que tuvieron que esperar hasta que les asignaran mesa.
—Media ciudad ha pensado lo mismo. Y yo convencida de haber tenido una fantástica idea.
—Y la tuviste. Me salvaste de un rollo aburridísimo —apuntó Daniel provocando la risa de ambos.
No tardaron en sentarse y pedir su desayuno. Daniel consideraba a Lara su mejor amiga. Desde siempre, su relación se basó en la confianza mutua y la complicidad. El encuentro les sirvió para ponerse al día ya que hacía varias semanas que no se veían.
—Entonces, ¿lo de Nuria es definitivo? —le preguntó Daniel.
—Sí. Sólo nos entendemos en la cama, en todo lo demás nuestra convivencia es desastrosa.
—No comprendo a las lesbianas. Os vais a vivir juntas en la segunda cita y mírate. Debisteis ser sólo amantes.
—A ver si te aclaras. Me llamaste zorra y mil barbaridades cuando rompí con Paula siendo sincera. Y ahora, tengo que escucharte algo tan ruin como tener de amante a Nuria y seguir con Paula.
Daniel admitió que había sido desafortunado su comentario. Se excusó y quiso ser honesto con Lara confesándole, que no lo estaba pasando bien. No encontraba sentido a nada de lo que hacía y, en muchos casos, tampoco lo que decía. Lara lo escuchó pacientemente, intentó animarlo y le insistió en acudir a terapia.
—Lucas, es un excelente terapeuta. Lo conozco hace muchos años, se ha especializado en terapia de regresión.
—Suena muy peliculero. ¿De qué va todo eso?
Daniel mostró curiosidad con cierta desconfianza.
—No debes hacer caso a tanto prejuicio. Conozco a bastante gente que le ha funcionado. Lucas me explicó, que emplea la hipnosis para acceder a recuerdos almacenados en el subconsciente, de esa manera se explora en experiencias pasadas que pueden haber influido en tu vida actual.
Tras el desayuno hicieron algunas compras juntos en el centro de la ciudad.
—¿Crees que Paula me ha perdonado? —le preguntó Lara mirando el escaparate de una joyería.
—Ni con un pedrusco así —le señala un anillo de diamantes —volverá contigo.
—¿Por qué estás tan seguro? No la conoces tanto.
—Porque tiene dignidad.
—Pero mi arrepentimiento es sincero.
—La engañaste una vez y volverás a hacerlo, ella lo sabe.
—¿Qué dices?
—Te conozco y te conoce, querida.
—Tienes un concepto bastante equivocado de mí. Crees que todas somos como tú.
—Te equivocas. Yo no me comprometo y así no engaño a nadie.
—Dejémoslo porque terminaremos discutiendo.
—Si yo fuera Paula no volvería contigo —sentenció Daniel.
—Pero es que tú eres una harpía rencorosa.
Ambos terminan riendo y siguiendo su camino entrelazados.

Esa noche Daniel volvió a salir. Acudió al local gay donde siempre tomaba una copa y conseguía compañía. Pidió su bebida en la barra y, entretanto le servían, se dedicó a mirar a todos los hombres que se encontraban bailando. Comprobó, que la media de edad escasamente superaba los 20 años.
—¿Qué hago aquí? —se reprochó indignado.
Sin acabar su copa, decidió marcharse. Cuando llegó a la puerta, un joven muy apuesto, le bloqueó la salida. En otra ocasión, le hubiera halagado y se lo hubiera llevado a la cama, sin embargo, tal y cómo se estaba sintiendo, se molestó.
—Retírate —le dijo aireado.
El joven se aproximó insinuante al cuerpo de Daniel, y éste lo rechazó bruscamente. Lo empujó a un lado dejando libre su camino.
Salió del local enfurecido consigo mismo. No se aguantaba, no se soportaba. Una vez dentro de su coche, comenzó a llorar desconsoladamente. Le asqueaba la vida que llevaba.
—No puedo más, no puedo más —se dijo sollozando.

A la mañana siguiente, se levantó habiendo dormido apenas un par de horas y aunque su cuerpo se había acostumbrado, comenzaba a notar cansancio y un profundo malestar físico. Tomó un café rápido y revisó su agenda confirmando las primeras visitas con clientes. Le gustaba su trabajo como agente inmobiliario, le otorgaba independencia, una libertad de horarios que difícilmente tendría en otros empleos. No estaba exento de desafíos, pero las cuantiosas ganancias le compensaban permitiéndole vivir cómodamente. Sin embargo, también su vida laboral se resentía. Había dejado de entusiasmarle si una pareja encontraba la casa o apartamento de sus sueños, ni siquiera le importaba.

Terminó sus visitas sin cerrar ninguna venta, algo bastante habitual para un profesional inmobiliario y, sin dilación, llamó para pedir una cita a la consulta del doctor Lucas Ríos, el terapeuta que le recomendó Lara. Le dieron fecha para dentro de tres días y pensó, que era la primera vez que le confesaría a un desconocido su insatisfacción, que nada de lo que sucedía en su vida le gustaba, que cada vez era más profundo el sentimiento de agobio, la sensación de vacío que hacía que todo careciera de sentido. Iba a desnudarse por dentro dejando al descubierto sus más oscuros recovecos. De repente, le invadió una tremenda tristeza reconocer que durante toda su vida había estado intercambiando máscaras para cada momento. En contadas ocasiones había sido sincero, siempre queriendo encajar para que todos lo quisieran, lo aceptaran.
—Estoy muy cansado. Ojalá me ayude a acabar con tanta incomodidad —se dijo a sí mismo.




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