En sus ojos, mi secreto

60. Puentes invisibles

El sol caía oblicuo sobre el parque, tiñendo el césped de un verde intenso, casi recién estrenado. Llegué unos minutos antes de lo acordado, con una ligera ansiedad que no quería reconocer. Al rato vi a Valeria acercarse, con un vestido sencillo y el cabello suelto, caminando con esa naturalidad que siempre me había desarmado. Me sonrió apenas cruzamos miradas.

—¡Sebas! —me saludó, con esa energía suya que parecía contagiar buen humor.

—¡Vale! ¿Cómo estás? —respondí, sorprendiéndome de lo fácil que me salía la sonrisa.

Nos dimos un abrazo breve y empezamos a caminar por el sendero principal. La idea original era ir directo a la hamburguesería, pero el parque estaba lleno de gente disfrutando del día soleado, así que sin pensarlo demasiado, decidimos quedarnos un rato más. Había niños corriendo detrás de una pelota, parejas tomándose fotos bajo los árboles florecidos y, en una esquina, un hombre mayor tocaba el saxofón, llenando el aire con notas suaves.

—Con este clima, yo no me encierro todavía —dijo Valeria, estirando los brazos hacia el cielo.

—Yo tampoco. Después vamos a comer, pero quedémonos aquí un rato.

Avanzamos sin rumbo fijo, esquivando ciclistas y dejándonos llevar por el murmullo de conversaciones alrededor. Todo invitaba a hablar sin prisa, como si el tiempo se hubiera aflojado un poco.

—¿Cómo te fue al final con los exámenes? —preguntó Valeria, girando hacia mí con una sonrisa curiosa.

Solté una carcajada resignada.

—Sobreviví. Creo que era lo máximo a lo que podía aspirar este semestre.

—No me sorprende —replicó ella, divertida—. Siempre dices lo mismo y terminas sacando buenas notas.

—Exageras. Hubo un par de materias en las que de verdad pensé que me rajaba.

Valeria se acomodó el cabello detrás de la oreja, con un gesto relajado.

—Pues yo terminé más tranquila de lo que esperaba. Me costó, pero al final siento que valió la pena.

—¿Qué materia te dio más guerra?

—Antropología social, sin duda. El profesor es buenísimo, pero exige como si ya fuéramos expertos.

Asentí, recordando la presión de algunos de mis cursos. Había algo en esa charla liviana que me devolvía una sensación de normalidad. Caminábamos como si el tiempo no nos hubiera separado, como si las ausencias no hubieran dejado marcas visibles.

—¿Y ahora qué planes tienes para las vacaciones? —pregunté.

—Nada muy emocionante —respondió, encogiéndose de hombros—. Leer, pasar más tiempo con mi familia… y seguro salir con mis amigas. Aunque también me tienta inscribirme a un curso corto de fotografía. Siempre lo dejo para después.

—Suena bien. Te imagino tomando fotos de cada rincón del parque —bromeé.

—¿Y tú?

Me tomé unos segundos antes de responder, observando el camino de adoquín frente a nosotros.

—Creo que voy a pasar unos días en la finca de mis tíos. Hace rato no voy y siento que necesito desconectarme. Allá todo va más lento.

—Me gusta ese plan —dijo Valeria con sinceridad—. A veces es justo lo que uno necesita: menos ruido, menos pantallas, más naturaleza.

Sonreí, agradecido por esa facilidad suya para poner en palabras lo que yo apenas intuía.

Seguimos caminando hasta encontrar una banca libre. Nos sentamos a observar a un grupo de niños que intentaban remontar una cometa que apenas lograba levantarse unos segundos. El aire traía un olor a algodón de azúcar y frituras que venía de algún puesto cercano. Valeria y yo permanecimos en silencio, dejando que el tiempo se estirara sin necesidad de llenarlo de palabras.

Fue ella quien lo rompió, con un tono inesperadamente melancólico.

—A veces todavía extraño a mis compañeros del colegio —dijo, casi en un susurro—. Sobre todo a Sofi, a Nati… y también a ti, Sebas.

Me giré hacia ella. Sus ojos estaban fijos en un punto indeterminado frente a nosotros, como si las imágenes de aquel pasado estuvieran suspendidas en el aire.

—¿A mí? —pregunté, sorprendido.

Sonrió con cierta timidez.

—Sí. Aunque no lo hayas notado, siempre me sentí cómoda contigo. A veces hablábamos mucho, otras no tanto, pero tú estabas ahí.

Sus palabras me apretaron el pecho. Llevaba tiempo arrastrando la sensación de una deuda pendiente, de una disculpa incompleta. En ese último día de clases, cuando nos despedimos, había intentado dar un paso hacia ella, pero había sido insuficiente. En el fondo, nunca logré sentirme del todo en paz.

Inspiré hondo y bajé la mirada. Sentí cómo mis dedos jugaban nerviosos con el borde de mi camiseta, buscando una salida que no existía. Ella me había abierto la puerta, y yo sabía que era el momento de atravesarla.

—Vale —dije al fin—, hay algo que nunca te dije. Y si no lo hago ahora, creo que voy a seguir cargándolo mucho tiempo.

Ella no respondió. Solo me miró con una mezcla de curiosidad y expectación.

—Cuando te fracturaste el pie en décimo… —dudé, las palabras se me atascaban en la garganta— sentí algo raro, algo que no entendía. No era solo preocupación o empatía. Era… otra cosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.