El regreso a la universidad después de las vacaciones se sintió extrañamente ligero. Tal vez era la calma que me había dejado el viaje a la finca, o el simple hecho de haber pasado unas semanas sin pensar en trabajos ni horarios. Caminé por los pasillos del edificio de Ingeniería y el olor a café recién hecho y a papel de fotocopiadora me dio la bienvenida como una costumbre familiar. La rutina había vuelto, pero esta vez no pesaba: me sentía más centrado, con la cabeza despejada.
Una tarde, mientras buscaba un par de libros para una materia nueva, me crucé con Paula en la biblioteca. Ella estaba trabajando en su portátil, con algunos apuntes extendidos sobre la mesa. Al notar mi presencia, levantó la vista y sonrió.
—¡Sebas! —me saludó— ¿Cómo vas?
—Bien, retomando el ritmo —respondí—. ¿Y tú?
—Igual. Después de tantos días sin madrugar, volver a esto es una tortura —bromeó.
Nos reímos, y la charla fluyó con esa naturalidad que tienen las cosas cuando ya no hay tensión ni expectativas escondidas. Me contó que había ido a la costa con unas amigas, que logró olvidarse de la rutina y volver con las pilas cargadas. Yo le hablé de los días tranquilos en el campo, del silencio, del descanso que hacía tiempo no tenía.

La conversación fue breve, ligera, amable. Dos viejos compañeros poniéndose al día sin prisas ni nostalgia. Paula seguía siendo la misma: espontánea, alegre, directa. Pero mientras la escuchaba, reafirmé lo que ya había comprendido al final del semestre pasado: ya no sentía nada más que aprecio. No había nudo en el estómago, ni curiosidad disimulada, ni la necesidad de imaginar lo que no era.
—Nos vemos, Pau —me despedí.
—Chao, Sebas. Que te vaya bien —respondió con una sonrisa sincera.
Mientras me alejaba por el pasillo de estanterías, me quedó una sensación tranquila, como si las vacaciones hubieran ordenado las cosas por dentro. Paula y yo seguíamos siendo amigos, pero ya no había más que eso. Y estaba bien así.
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Esa misma noche, después de repasar un par de lecturas, abrí el chat con Adriana. Hacía días que no hablábamos con calma, así que decidí escribirle.
«Hola, Adri 🙂 ¿Cómo estuvo tu día?»
«Hola Sebas ☺️» —me respondió un par de minutos después.
«La verdad que fue un día largo —continuó—. Hoy tuve que ir a fisioterapia y me siento agotada. Y un poco frustrada, para qué negarlo».
«¿Qué pasó? ¿Algún ejercicio en especial?»
«Sí. Estuvimos trabajando el equilibrio sentado… tenía que inclinarme hacia un lado para agarrar un objeto del suelo y volver a erguirme sin caer. Parece una tontería, pero me cuesta horrores. Cada vez que me inclino, siento cómo mi tronco se desploma y no responde como quiero. Hoy lo intenté diez veces, y en todas terminé con la fisio sujetándome antes de que me fuera al suelo. Esa sensación de no poder controlar mi propio cuerpo me desespera 😔»
Leí su mensaje y sentí una punzada en el pecho. No era lástima, sino una mezcla de ternura por la forma como me compartía su vulnerabilidad y un respeto profundo por su tenacidad. Aun cansada y frustrada, no se rendía.
«Es normal frustrarse, Adri. Tienes derecho a sentir que te cuesta. Pero eres la persona más constante que conozco, y si no te salió hoy, te saldrá mañana. No te presiones tanto».
«Gracias, Sebas. A veces olvido que no siempre tengo que ser la heroína fuerte».
«Eres mi heroína, aunque te cueste un ejercicio».
Ella reaccionó con un corazón y enseguida cambió de tema para interesarse por mí.
«¿Y tú? ¿Cómo vas con el inicio del semestre? Seguro que ya estás con mil cosas encima».
«Se siente raro volver al ritmo, pero ahí voy, intentando organizarme».
«Sabes que si algún día necesitas un consejo o simplemente charlar, aquí estoy, ¿cierto?»
Sonreí frente a la pantalla. Ese ofrecimiento sencillo, casi cotidiano, tenía un peso especial para mí.
La conversación se alargó un rato. Hablamos de las vacaciones: ella me contó de las películas que había visto con su hermana y su sobrino pequeño, de las charlas largas con su familia, de cómo había sentido que el tiempo pasaba más lento. Yo le hablé de mis días tranquilos, de lo mucho que había agradecido no tener prisa para nada.