Los días siguientes no pude sacarme de la cabeza lo que Valeria me había contado. Era como si sus palabras se hubieran quedado flotando en algún rincón de mi mente, apareciendo de repente en los momentos más insospechados: en medio de una clase aburrida, en el bus de regreso a casa, o cuando intentaba concentrarme en leer.
No era la primera vez que alguien me compartía un problema personal, pero con Valeria había algo distinto. Tal vez porque aún recordaba aquella vez en el colegio, cuando tenía el pie enyesado y andaba en muletas, y los matones del curso aprovecharon su debilidad para hacerle bullying. Todavía podía ver la escena: las burlas de Arango y su grupo, el silencio de quienes miraban sin intervenir, la pasividad de quienes podían haber hecho algo. Aquella injusticia me había marcado. No solo sentía rabia, sino también una necesidad visceral de ponerme de su lado, de hacer lo que fuera para que nadie volviera a lastimarla.
Desde entonces, cada vez que la recordaba en aquella aula, con la mirada baja y los ojos húmedos, algo en mí se encendía. No por lástima, sino por una especie de lealtad silenciosa que se me quedó grabada. Pensé que se había disuelto cuando me alejé tras su recuperación, pero a medida que volvimos a acercarnos desde el año pasado, entendí que nunca se había ido del todo.
Verla sufrir injustamente me reveló algo sobre mí mismo: detesto la crueldad disfrazada de broma y me cuesta quedarme quieto cuando alguien que me importa está siendo herido. Por eso, cuando me contó lo que pasó con el proyecto de investigación, sentí el mismo impulso de entonces, aunque ahora las heridas fueran invisibles.
Tal vez por eso sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza. En el fondo, lo único que quería era verla tranquila, sin cargar otra vez con el peso de que alguien la hiciera sentir menos.
Me descubrí escribiéndole más seguido de lo habitual. A veces solo para preguntarle cómo estaba, sin un motivo concreto. Su respuesta casi siempre llegaba rápido, y había una frase que se repetía mucho: «Gracias por preguntar». Al principio pensé que era una cortesía automática, pero con el tiempo entendí que no lo decía por decirlo.
Me contaba que iba mejor, que avanzaba de a poco, aunque todavía le costaba concentrarse en el proyecto. Yo trataba de animarla sin imponerle nada, recordándole que no tenía que demostrarle nada a nadie.
Hubo un mensaje en particular que me dejó quieto, mirando la pantalla más tiempo del necesario. No era largo ni dramático. Solo decía que le había hecho bien que yo estuviera pendiente.
No supe explicar por qué, pero esa frase me pesó. Me hizo sentir responsable… y, sin darme cuenta, un poco más cerca de ella.
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Eran casi las nueve de la noche cuando vi el nombre de Valeria aparecer en la pantalla del celular. No hablábamos desde hacía un par de días, y su primer mensaje me hizo enderezarme en la cama.
«Hola, Sebas 😊. Quería contarte algo sobre el proyecto, si no estás ocupado».
«Para nada. Cuéntame».
Tardó un poco en responder. Imaginé que estaba eligiendo las palabras, midiendo lo que iba a decir.
«Pues… al final decidí seguir en el proyecto».
«Ayer tuvimos una reunión con el profe —continuó— y nos contó que habló muy en serio con los de la fundación. Les dejó claro que no iba a permitir ni una falta más de respeto hacia ninguno de nosotros».
«Pensé en retirarme, de verdad. Pero luego me di cuenta de que, si lo hacía, ellos ganaban. Y no quiero eso».
Me quedé mirando el mensaje unos segundos, con una mezcla de alivio y orgullo. Podía casi escuchar su voz: tranquila, pero con esa firmeza que le aparecía cuando más la necesitaba.
«Me alegra mucho, Vale. En serio. Te admiro por haberlo afrontado así».
«No cualquiera se levanta tan rápido después de algo como eso» —añadí.
Pasó un rato sin respuesta, y por un momento pensé que tal vez había sonado demasiado intenso. Pero cuando su mensaje apareció, sentí que el pecho se me aflojaba un poco.
«Gracias, Sebas. De verdad. Por estar pendiente, por escribirme. Suena tonto, pero me ayudó más de lo que imaginas».
Sentí un nudo leve en el estómago. No de incomodidad, sino de algo más difícil de nombrar: la conciencia de que mi presencia, incluso a la distancia, había significado algo para ella.
«No tienes que agradecerme nada. Me alegra saber que te sirvió».
«Igual quiero hacerlo 😄»
«¿Qué tal si te invito un café esta semana? —propuso—. No para hablar del proyecto, lo prometo. Solo para despejarnos un poco».
«Me parece perfecto. Ya me hace falta desconectar un rato».
«Entonces queda. ¿El viernes te sirve?»
«Sí, a la hora que digas».
«Genial ☕😊»
Me quedé un momento mirando la conversación abierta, con una sensación cálida y tranquila instalada en el cuerpo. No había nada grandioso en esos mensajes, pero sí algo esencial: una confianza que se iba consolidando entre los dos, sin prisas, sin disfraces.