En sus ojos, mi secreto

63. A la altura del corazón

La semana transcurrió con una calma poco habitual. Las clases avanzaban a un ritmo justo: ni tan pesadas como para abrumarme, ni tan livianas como para distraerme. Después del ajetreo del semestre pasado, agradecía esa sensación de rutina sin sobresaltos.

Por las tardes solía quedarme un rato más en la universidad, adelantando lecturas o simplemente descansando con un café. Desde aquella charla con Valeria, algo se había acomodado dentro de mí. Me sentía más enfocado, más sereno, como si hubiera entendido que escuchar a alguien —escuchar de verdad— podía ser tan reparador como hablar.

El sábado se acercaba, y con él, el cumpleaños de Adriana. No era una fecha cualquiera, y, como era lógico, yo esperaba ese día con una ilusión tranquila.

El martes, mientras repasaba algunos apuntes en la biblioteca, vibró el celular sobre la mesa. Era Valeria.

«Hola, Sebas 😊 ¿cómo va tu semana?»

«Bastante bien. Todo más tranquilo de lo normal».

«Por cierto —continué—, este sábado es el cumpleaños de Adriana 🎂»

«¿En serio? Qué bonito. Le voy a mandar un mensajito, ella es tan especial».

Leí ese mensaje un par de veces. Había en sus palabras una ternura sencilla, sin énfasis ni adornos, que me tocó más de lo que esperaba.

«Seguro se pondrá feliz 🙂»

«¿Ya sabes qué le vas a regalar? 👀» —preguntó ella.

«Creo que sí. Vi una blusa bonita que creo que le gustará. Voy a comprarla mañana».

«Qué detallazo 😊Seguro le va a encantar; tú la conoces muy bien».

Me quedé mirando la pantalla unos segundos más, con una sonrisa involuntaria. Había algo en el tono de Valeria —esa calidez natural, sin esfuerzo— que siempre lograba transmitirme calma.

Guardé el celular y me quedé en silencio, observando por la ventana. El sol de la tarde teñía de dorado el campus de la universidad y, por un instante, me sentí profundamente agradecido: por Adriana, por Valeria, y por esos vínculos que se construyen sin ruido, pero dejan huella.

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El sol comenzaba a ocultarse cuando llegué al salón de eventos del conjunto residencial de Adriana. Llevaba el regalo bien envuelto en un papel elegante, con esa mezcla de emoción y nerviosismo que siempre aparece cuando uno quiere que algo salga perfecto.

Al entrar, mis ojos la buscaron de inmediato. Cuando la vi, mi respiración se detuvo por un instante.

Se veía hermosa.

Llevaba un vestido morado que resaltaba su piel y contrastaba con su cabello oscuro, recogido en un moño elegante. Tenía puestas unas sandalias de tacón que, aunque no podía caminar con ellas, completaban el conjunto con un aire sofisticado. Su sonrisa, amplia y cálida, iluminaba todo el recinto.

No lo pensé dos veces. Caminé hasta ella y la abracé con fuerza.

—¡Feliz cumpleaños, Adri! —dije, reconociendo al instante su perfume dulce y familiar.

—¡Sebas! Qué alegría que hayas venido —respondió, devolviéndome el abrazo con la misma calidez de siempre.

Nos separamos apenas, lo suficiente para mirarnos. En sus ojos brillaba una emoción sincera.

—Claro que vine. No me perdería esto por nada.

—Te ves diferente —comentó, inclinando la cabeza con una sonrisa pícara—. Más tranquilo, tal vez. ¿Vacaciones milagrosas?

—Algo así —reí—. Supongo que necesitaba desconectarme un poco.

Ella asintió, divertida.

—A veces eso es justo lo que hace falta.

La fiesta transcurría en un ambiente ameno, casi hogareño. Guirnaldas de flores adornaban las paredes, una mesa larga ofrecía comida casera y, en el centro, una torta enorme parecía recién salida de una pastelería. Sandra, la hermana de Adriana, se aseguraba de que todos nos sintiéramos bienvenidos: iba de un lado a otro riendo, ofreciendo copas y haciendo chistes sobre la edad de Adriana, que respondía con teatralidad fingida.

Éramos pocos invitados, pero reconocí una cara familiar: la profesora Elizabeth. Al vernos, nos saludamos con entusiasmo, como si el tiempo entre aulas y pasillos se hubiera encogido de golpe.

—¡Sebastián! Qué gusto verte —exclamó, con su habitual tono maternal—. Estás igual de tranquilo que siempre.

—Gracias, profe —respondí, sonriendo—. Me alegra mucho verte.




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