El domingo amaneció tranquilo. Al despertarme, busqué instintivamente el celular para mirar la hora. En la pantalla había una notificación: era un mensaje de Adriana, con una imagen adjunta.
Sin saber muy bien por qué, el corazón me dio un vuelco. Abrí la conversación con un leve temblor en las manos.
Era una foto del baile.
La imagen capturaba el instante exacto en que la sostenía entre mis brazos. Al ver mi expresión en ese momento, casi me avergoncé de lo transparente que era. En el rostro de Adriana había una sonrisa plena, dulce, de esas que parecen borrar todo lo demás. Al fondo, las luces cálidas del salón quedaban difuminadas, como si el mundo entero se hubiera desvanecido y solo quedáramos nosotros dos.
Debajo de la foto, un mensaje breve:
«Gracias por compartir este momento conmigo. No lo olvidaré nunca».
Sentí un nudo en la garganta.
No eran lágrimas tristes las que asomaron a mis ojos, sino algo distinto, más sereno. Tal vez gratitud. O una alegría que dolía un poco, como esas emociones que uno no sabe si guardar para sí o dejar salir.
Me quedé un rato observando la pantalla. Deslicé el pulgar sobre la imagen, como si así pudiera tocar aquel instante otra vez, sentir la calidez de su cuerpo, el temblor leve de su respiración.
Finalmente escribí:
«Gracias a ti, Adri. Por confiar en mí y por dejarme compartir algo tan bonito. Siempre vas a poder contar conmigo».
Envié el mensaje y dejé el celular a un lado. Me quedé inmóvil, mirando el techo. La casa estaba en silencio, pero dentro de mí seguía sonando la música del baile, tenue y lejana, como si aún la tuviera entre mis brazos.
Por la tarde, después del almuerzo, subí a mi cuarto a revisar algunas cosas de la universidad. Saqué la libreta donde anoto los pendientes y, al pasar las hojas, me encontré con una nota sobre la visita a una empresa el miércoles: un recorrido para un proyecto de una de las materias de Ingeniería Industrial.
Leí la dirección: Usaquén.
Casi sin pensarlo, sonreí. Quedaba muy cerca de la Universidad El Bosque. Demasiado cerca como para pasarlo por alto.
No sé si fue coincidencia o impulso, pero antes de darme cuenta ya tenía el celular en la mano, con la conversación de Valeria abierta. Me quedé unos segundos mirando la pantalla. Parte de mí sabía que no había ninguna razón urgente para escribirle; la otra —más honesta, más valiente— simplemente quería hacerlo.
Finalmente, mis dedos se movieron solos.
«Hola, Vale 🙂 ¿cómo va tu domingo?»
Tardó poco en responder.
«Hola, Sebas 😊 Bastante tranquilo. Estaba terminando un trabajo para mañana 😅 ¿Y tú?»
«Todo bien. Ahorita estoy revisando también unas cosas de la U».
Hubo una breve pausa antes de que llegara su siguiente mensaje.
«¿Y cómo te fue en el cumpleaños de Adriana? Me quedé pensando en eso 🥰»
Sonreí. Era típico de ella: preguntaba no por costumbre, sino porque de verdad quería saber.
«Muy bien. Fue una noche especial».
Dudé un instante antes de enviar el siguiente mensaje:
«Hubo un momento… bailamos juntos. No sé cómo explicarlo, pero fue muy bonito».
Pasaron unos segundos. Pude imaginar su expresión al leer, esa mezcla suya de ternura y atención plena.
«Aww 🥺 qué lindo, Sebas. Me alegra mucho. Seguro fue muy importante para ella».
«Sí, lo fue. Y para mí también».
«Por cierto —añadí—, me dijo que tú le escribiste».
«Sí 😊 le mandé un mensajito por su cumple. Me respondió con tanto cariño que casi me saca una lágrima 🥹»
Reí solo, con el celular entre las manos. Había algo en la forma de Valeria de decir las cosas que me calmaba, como si cada palabra suya acomodara pensamientos que yo no sabía que tenía desordenados.
Entonces recordé la visita del miércoles. Y la idea volvió, más clara, más decidida.
«Oye, el miércoles tengo que ir a una empresa por un proyecto de la U».
«Queda por Usaquén —continué—, cerquita a tu universidad».
«¿En serio? 😮»
«Sí 😅 Y se me ocurrió que, si tienes tiempo, podríamos vernos un rato. Tomar un café o algo así».
Los segundos antes de su respuesta se alargaron más de lo normal. Sentí una ligera tensión en el pecho, como si algo pequeño pero importante estuviera en juego.
«¡Sí! 😄 me encantaría. Además, hace días quería verte 😊»
Me quedé mirando el mensaje con una sonrisa que no pude —ni quise— contener. Era una sensación cálida, serena, de esas que no hacen ruido pero lo llenan todo.
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La visita a la empresa había ido bien. Demasiado bien, incluso. Recorrimos las instalaciones, nos explicaron procesos, hablamos de posibles aplicaciones del proyecto. Tomé notas, hice preguntas, asentí con interés. Pero, mientras uno de los ingenieros hablaba sobre optimización y flujos de trabajo, yo miraba el reloj más de lo necesario, como si adelantarlo con la vista fuera posible. No porque tuviera prisa por irme, sino porque quería que llegara ese momento.