En sus ojos, mi secreto

65. Reconocimiento tranquilo

La verdad es que había pasado todo el día con la mente en otro lugar. O mejor dicho, con la mente en alguien. Por más que intentaba concentrarme en lo que tenía que hacer —adelantar trabajos, responder mensajes del grupo, revisar lo del parcial de la próxima semana—, cada tanto me sorprendía pensando en lo mismo: el encuentro con Valeria el miércoles.

No era una idea insistente ni ruidosa. No era una obsesión. Era más bien una presencia constante, tranquila, como un pensamiento que se quedaba ahí aunque intentara empujarlo a un lado. Recordaba detalles sueltos: la forma en que me miró al verme llegar, ese comentario que hizo casi al pasar, el silencio cómodo mientras caminábamos juntos. Nada extraordinario. Y, sin embargo, algo distinto.

Creo que lo que más me desconcertaba era que todo esto me estaba afectando más de lo que esperaba. O mejor dicho, más de lo que pensé que podía afectarme. Y por eso llevaba todo el día con esta sensación rara de estar al borde de algo importante, como si hubiese dado un paso sin darme cuenta.

Tal vez estaba exagerando. Tal vez solo había sido un encuentro bonito entre amigos. Tal vez lo que vi en su mirada no era nada. Pero entonces recuerdo cómo dijo «Sí» cuando le pregunté si podíamos vernos. El tono. La rapidez del mensaje. La forma en que añadió «Hace días quería verte». Ese tipo de entusiasmo no lo había visto en ella antes. No así.

Después de un rato, guardé mis apuntes y encendí el portátil. Abrí el navegador casi por inercia, no porque necesitara revisar algo en particular, sino por puro cansancio mental.

Empecé a abrir una página tras otra sin mucho interés, hasta que entré a Facebook. Y ahí estaba: Valeria había subido una foto hacía un par de horas. Estaba en un parque, sentada en una fuente, con árboles al fondo y luz de la tarde filtrándose entre las hojas. Sonreía con esa dulzura suya que no parecía posada, como si alguien le hubiera dicho algo justo antes de tomar la foto.

Sonreí casi de forma automática.

Me quedé mirándola más tiempo del que me gustaría admitir. Pensé en darle «me encanta» a la foto. De hecho, lo hice. El corazón apareció en la pantalla y sentí una pequeña satisfacción absurda, como si ese gesto dijera algo más de lo que realmente decía.

Pero casi de inmediato me arrepentí.

Volví atrás y lo cambié por un simple «me gusta». Más discreto. Más seguro. Más acorde a lo que se suponía que éramos… o lo que yo creía que éramos.

Miré su perfil un segundo más y comprobé que no estaba conectada. Cerré la página sin abrir el chat. No tenía sentido escribirle solo por eso. O quizá sí, pero preferí no hacerlo.

Cerré el navegador y me recosté un momento, mirando el techo.

Pensé en ella, en su sonrisa tierna y en ese corazón amplio que no hacía alarde de nada. En la forma tan natural que tenía de hacer que todo se sintiera más liviano. En lo fácil que era estar con ella sin forzar nada, sin actuar, sin calcular.

No era una emoción desbordada ni una certeza clara. Era algo más silencioso. Más delicado. Y no sabía qué significaba eso todavía… pero sabía que significaba algo.

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Eran casi las nueve de la noche cuando el celular vibró sobre la mesa. No esperaba ningún mensaje, pero cuando vi su nombre en la pantalla, sentí ese pequeño impulso en el pecho que ya empezaba a resultarme familiar.

«Hola, Sebas 😊 ¿Cómo vas?»

No sé por qué me demoré más de lo normal en contestar. Tal vez porque quería que el mensaje sonara casual, como si no me importara demasiado. Mentira.

«Hola, Vale 🙂 Bien, ¿y tú?»

A los pocos segundos apareció el aviso de «escribiendo…». Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa idiota.

«Bien también, jaja. Estaba viendo fotos viejas del cole y me acordé de ti 🫶»

Me acomodé mejor en la cama, apoyé la espalda contra la cabecera y abrí la conversación como si fuera un portal a otro lugar.

«¿De mí?🤨 ¿Para bien o para mal?»

«Para muy bien 😌»

Un momento después, llegó una imagen.

Era una foto del año antepasado. Patio del colegio, recreo, décimo grado. Valeria estaba sentada con el pie derecho enyesado. Yo aparecía a su lado, inclinado hacia ella, riéndome de algo que ya no recordaba. A nuestro alrededor había gente por todas partes, pero nosotros dos parecíamos ajenos a todo, como si estuviéramos en nuestro propio espacio.




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