Una tarde, después de darle muchas vueltas, decidí escribirle a Adriana y preguntarle si tenía un rato libre. No quería que fuera una conversación por chat. Necesitaba verla, sentir esa paz serena que siempre me transmite cuando la tengo cerca.
Me respondió enseguida:
«Claro, Sebas. Mañana tengo un ratico libre después del colegio. Si quieres, podemos vernos».
No lo pensé demasiado.
Nos encontramos al día siguiente cerca del colegio, en una plazoleta frente a una iglesia. Era un sitio tranquilo, rodeado de árboles y con algunas bancas donde la gente solía sentarse a descansar. El ruido del tráfico quedaba lejos y el ambiente invitaba a hablar sin prisa, como si el tiempo se moviera un poco más lento en ese lugar.
Adriana llegó unos minutos después que yo, con su atuendo elegante y el cansancio amable de quien ha tenido un día largo, pero aún guarda energía para escuchar.
—Hola, Sebas —me saludó, y su voz fue un bálsamo—. Perdona la tardanza, salí apenas pude.
—No te preocupes —respondí—. Gracias por venir.
—¿Cómo estás?
—Bien… bueno, eso creo.
Ella ladeó un poco la cabeza, observándome como solo ella sabe hacerlo: leyendo más de lo que digo, más de lo que muestro.
—Te conozco esa cara… algo te está dando vueltas —comentó, con una sonrisa suave.
Me reí, algo nervioso.
—Sí… es más o menos eso.
—¿Quieres contarme?
Respiré hondo. Sentí un nudo en la garganta, pero no de miedo, sino de algo parecido a respeto por lo que estaba a punto de decir.
—Es… sobre Valeria —admití al fin.
No vi sorpresa en su rostro. Solo una atención más profunda.
—Ajá. ¿Qué pasa con ella?
Bajé la mirada un segundo, buscando las palabras.
—Creo que estoy empezando a sentir algo por ella —dije—. Algo distinto.
Entonces le conté todo: el encuentro del miércoles, la forma en que Valeria me miró, lo bien que nos hizo vernos. La foto del colegio. Esos emojis que me dejaban desarmado. Le hablé de una cercanía que apareció sin ruido, de una química tranquila, de esa sensación de ligereza que, al mismo tiempo, tenía algo de profundidad.

Cuando terminé, Adriana tenía una expresión que mezclaba ternura y comprensión, con una leve sonrisa que parecía decir «lo sabía».
—Sebas… —dijo, apoyando una mano sobre la banca, cerca de la mía, como ofreciéndome un espacio seguro—. Gracias por confiarme esto.
No dije nada. Me limité a observar cómo una hoja caía cerca de sus pies.
—Lo que sientes… —continuó—. Es algo muy bonito. Y muy genuino.
—¿Tú crees? —pregunté, casi en un susurro.
—Mucho —respondió sin dudar—. Hablas de Valeria con una ternura… —sonrió, suave, casi maternal—. Y describiste cosas que un chico solo nota cuando verdaderamente le importa alguien.
Sentí el rubor subir a mis mejillas.
—No quiero equivocarme —admití—. Ni confundir lo que siento ahora con… con otras cosas del pasado.
Adriana me miró con atención.
—Déjame preguntarte algo —dijo—. ¿Sientes que esto nace desde un lugar distinto a lo que sentías por Paula?
La pregunta me desarmó un poco.
—Sí —respondí tras pensarlo—. Con Paula, lo primero que me atrajo fue su discapacidad.
Lo dije sin culpa, sin vergüenza. Solo como un hecho.
—No era morbo ni lástima —seguí—. Era… curiosidad, atracción instintiva; algo que me movía y que no sabía explicar.
Adriana asintió, invitándome a seguir.
—Pero cuando nos conocimos de verdad, cuando empezamos a hablar de cosas importantes… nos dimos cuenta de que no encajábamos. Queríamos cosas muy distintas. Y entendí que la atracción, por sí sola, no alcanza.
Levanté la vista.
—Con Valeria fue distinto… aunque tampoco fue tan simple.
Adriana me escuchaba con atención plena.
—Al principio también me acerqué a ella por algo físico, cuando tenía el pie enyesado. No voy a fingir que eso no fue así.
Respiré hondo.
—Luego, cuando se recuperó, me alejé. Y pensé que ahí se terminaba todo.