Pasé gran parte de la tarde dándole vueltas a la conversación que había tenido con Adriana. Su voz seguía resonando en mi cabeza: suave, firme, como si quisiera quedarse allí para guiarme incluso cuando yo mismo no sabía muy bien hacia dónde caminar.
«No te apresures», me había dicho. «Deja que el vínculo diga lo que las palabras todavía no pueden».
Nunca lo había pensado así. En medio de tantas emociones revueltas, de esa sensación nueva que Valeria despertaba en mí, de esas miradas que parecían decir más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a pronunciar… frenar un poco era justo lo que necesitaba.
Y esa pausa la había encontrado en Adriana. En su manera de escucharme sin juzgarme, de reconocer lo que sentía sin empujarme a hacer nada para lo que quizá aún no estaba listo.
Tenía razón: si esto era real —si lo era para ambos—, no hacía falta correr.
Aun así, Valeria seguía apareciendo en mis pensamientos con una naturalidad nueva. No como una urgencia, sino como una presencia suave, intermitente. A ratos, sin darme cuenta, me preguntaba qué estaría haciendo. Si estaría pensando en mí también.
En uno de esos momentos, tomé el celular y miré la pantalla, más por costumbre que por necesidad.
No había nada nuevo.
Dejé el teléfono a un lado sin darle mayor importancia. Sonreí apenas, como quien se descubre esperando algo bonito, sin exigírselo al mundo.
Unos minutos después, el celular vibró sobre la mesa con un sonido breve, casi discreto. No sobresaltó nada. Solo estuvo ahí.
Lo tomé con calma, sin apuro, como quien ya intuía lo que iba a encontrar.
Era Valeria.
Abrí el mensaje.
«Sebas… hoy he pensado mucho en ti».
Me quedé quieto unos segundos, sosteniendo el teléfono con ambas manos, dejando que esas palabras se asentaran. No aceleraron mi pulso; lo ordenaron.
Sonreí. No por sorpresa, sino por reconocimiento. Como si algo que venía formándose en silencio empezara, por fin, a ponerse de manifiesto.
————— ⧗ ⧗ ⧗ —————
Durante las dos semanas siguientes, Valeria y yo empezamos a vernos con una frecuencia que no habíamos acordado, pero que tampoco cuestionamos. No hubo planes formales ni conversaciones solemnes; solo una cadena de mensajes breves —«¿estás por ahí?», «¿te queda bien ahora?», «paso un rato»— que casi siempre terminaban en encuentros que se extendían más de lo previsto. No buscábamos excusas; tampoco las necesitábamos.
Un jueves, sin pensarlo demasiado, terminamos viéndonos.
Nos encontramos en el centro, a media tarde. Caminábamos sin rumbo fijo, comentando cosas sueltas: una vitrina absurda, una pareja discutiendo en voz baja, una canción que salía de algún local. Valeria iba contando una anécdota del colegio —una de esas historias mínimas que solo cobran sentido cuando se las cuenta a la persona adecuada— cuando sentí la primera gota caerme en la frente.
—¿Eso fue…? —dije, levantando la vista.
Valeria también miró al cielo.
—No puede ser —respondió, riéndose.
No alcanzamos a reaccionar. En cuestión de segundos, la lluvia cayó con fuerza, como si alguien hubiera abierto una llave enorme sobre nosotros.
—¡Corre! —dijo Valeria, tomándome del brazo sin pensarlo.
Corrimos hasta un toldo estrecho frente a una panadería cerrada. Nos refugiamos allí, un poco apretados, jadeando entre risas. El agua golpeaba el asfalto con furia, levantando salpicaduras que alcanzaban nuestros zapatos.
—Míranos —dijo, todavía riéndose—. Todo iba perfecto.
—El cielo claramente no está de acuerdo —respondí.
Bajo el toldo, el espacio era reducido. Cada movimiento obligaba al otro a acomodarse. Sentía el calor de su brazo, el roce ocasional de su hombro contra el mío. No resultaba incómodo. Al contrario: había algo natural en esa cercanía forzada, como si no necesitáramos más distancia.

—Siempre me pasa —dijo ella—. Salgo sin paraguas y llueve. Como si fuera un talento inútil.
—Es un superpoder —sonreí—. Solo que todavía no sabes usarlo.
Se rió y negó con la cabeza. En algún momento se acomodó un poco más cerca de mí para evitar que el agua le mojara el cabello. Yo hice lo mismo, casi sin pensarlo. Quedamos frente a frente, a una distancia que en otro contexto habría resultado evidente, pero que allí parecía la única posible.