Habían pasado ya varias semanas desde que empecé a aceptar algo que, en el fondo, llevaba mucho más tiempo gestándose. No fue una revelación súbita ni una sacudida dramática. Fue, más bien, una certeza tranquila, de esas que no necesitan alzar la voz para hacerse escuchar.
Estaba enamorado de Valeria.
Lo supe sin euforia ni sobresaltos, como quien reconoce una verdad que siempre estuvo ahí, esperando a que uno dejara de mirar hacia otro lado.
Cada vez que nos encontrábamos, algo en mí se iba acomodando. No había ansiedad ni urgencia, pero sí una atención constante, una forma distinta de estar. Me sorprendía pensando en ella en momentos absurdos: mientras esperaba el bus, al escuchar una canción que no tenía nada que ver con nosotros, al pasar por lugares donde nunca habíamos estado juntos. Valeria se había instalado en mi cotidianidad sin pedir permiso, y yo no había hecho nada por impedirlo.
Fue en medio de esa calma —precisamente ahí— cuando entendí que no podía seguir como si nada. No porque me sintiera incompleto, ni porque necesitara una definición inmediata, sino porque había algo en mí que pedía coherencia. Recordé entonces las palabras de Adriana, dichas semanas atrás, con esa mezcla de suavidad y claridad que siempre la caracterizaba: no apresurarme, no forzar las cosas, pero tampoco quedarme inmóvil.
Desde entonces, supe que en algún momento tendría que ser honesto con Valeria. No tenía claro cuándo ni cómo. No había imaginado una escena perfecta ni ensayado frases frente al espejo. No quería convertirlo en un acto teatral ni en una confesión forzada por el miedo a perderla. Pero tampoco quería seguir acumulando silencios, como si el tiempo pudiera hablar por mí indefinidamente.
Sin embargo, esa certeza no venía acompañada de nervios constantes. Al contrario, había días en los que me sentía sorprendentemente en paz. Con Valeria todo era fácil, incluso cuando no lo era. Podíamos hablar durante horas o quedarnos en silencio sin que resultara incómodo. Había aprendido a leer sus gestos, sus pausas, la forma en que se detenía un segundo antes de decir algo importante. Y, sin darme cuenta, también me había vuelto más transparente con ella. No fingía, no calculaba. Simplemente estaba.
Aun así, cada despedida empezaba a pesarme un poco más. No como una herida, sino como una pregunta suspendida. Había momentos en los que, justo antes de separarnos, sentía el impulso de decir algo; algo sencillo, algo verdadero. Pero siempre aparecía la misma duda: ¿era el momento o solo un impulso pasajero?
No quería confundir intensidad con profundidad. Había aprendido eso a golpes. Tampoco quería proyectar sobre Valeria algo que solo existiera en mí. Lo que sentía era real, sí, pero también quería respetar su tiempo, su proceso, su manera de vincularse. Ella nunca fue alguien que se moviera por impulso. Todo en ella parecía surgir de un lugar reflexivo, cuidado, como si cada paso mereciera ser sentido antes de darse.
Y, sin embargo, también había señales. Gestos pequeños, casi invisibles para cualquiera que no estuviera atento: la forma en que buscaba mi mirada cuando se reía, cómo se quedaba un segundo más de lo necesario antes de irse, esa cercanía física que ya no parecía casual. Nada era explícito, pero todo era elocuente. No me sentía engañado por mis emociones; sentía que estaba leyendo algo que también estaba ocurriendo del otro lado.
Así que me limité a estar. A no huir. A no precipitarme. Sabía que el momento no podía forzarse, pero tampoco postergarse indefinidamente. No quería llegar al punto en que el silencio se volviera una omisión.
Había decidido, sin decirlo en voz alta, que cuando el espacio se abriera —cuando la conversación lo permitiera, cuando el contexto lo sostuviera—, no iba a retroceder. No sabía cuándo ocurriría ni qué palabras usaría, pero no me angustiaba no tener un plan: con Valeria había aprendido que lo importante no siempre era anticiparse, sino estar dispuesto.
Y yo lo estaba.
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Habíamos quedado sin demasiada ceremonia, como casi siempre últimamente. Un mensaje corto, enviado a media mañana, que decía algo así como «¿Te va un rato esta tarde?», y una respuesta igual de simple: «Sí, me encantaría». Nada más. Ningún motivo especial. Ninguna expectativa explícita. Solo la costumbre de buscarnos.
Nos encontramos en el parque, ese al que ya habíamos ido un par de veces, pero nunca lo suficiente como para sentirlo nuestro. Era una tarde clara, con ese sol tibio que no obliga a buscar sombra ni invita a huir. Valeria llegó con una blusa floreada y el cabello suelto, algo despeinado por el viento. Cuando me vio, sonrió de inmediato, como si el día se le hubiera acomodado un poco mejor de golpe.
—Hola —dijo, inclinándose apenas hacia mí para saludarme.
—Hola —respondí—. Llegué hace nada.
—Mentira —sonrió—. Te conozco.
Me reí. Tenía razón. Siempre llegaba antes, como si la puntualidad fuera una forma silenciosa de decir que me importaba.
Caminamos sin rumbo fijo, siguiendo senderos que se abrían y se cerraban entre los árboles. Hablábamos de cosas pequeñas, de esas que no se cuentan para llenar un vacío, sino porque nacen solas: una anécdota absurda del transporte público, un comentario sobre una pareja que discutía en voz baja cerca de una banca, una paloma especialmente insistente que parecía seguirnos.