Me desperté con la sensación extraña de haber cruzado un umbral sin haberlo visto venir. No fue una sacudida ni una euforia desbordada; fue una calma distinta, todavía frágil, como si algo se hubiera acomodado durante la noche y mi cuerpo aún no terminara de reconocerlo.
Tardé unos segundos en ubicarme. El techo, la luz filtrándose por la cortina, el sonido distante de la calle. Y entonces lo recordé: la tarde anterior, sus palabras, su sonrisa contenida. El «sí» dicho sin prisas, sin dramatismo, con esa serenidad que solo tienen las decisiones que se sienten correctas.
Había dicho en voz alta lo que llevaba semanas guardando, y Valeria no solo lo había recibido, sino que había dado un paso hacia mí. Aún me costaba asimilarlo. No porque dudara de ella, sino porque durante mucho tiempo ese escenario había sido apenas una posibilidad, algo que cuidé con cautela para no romperlo antes de tiempo. Y ahora estaba ahí. Real. Presente.
Me quedé unos minutos mirando el techo, dejando que la certeza se asentara. No estaba exaltado. Tampoco nervioso. Era una alegría suave, casi tímida, como si no quisiera hacer ruido. Pensé en todo lo que había deseado que llegara este momento y en cómo, una vez logrado, no se parecía del todo a lo que había imaginado. Era mejor: más simple, más honesto.
Tomé el celular de la mesa de noche sin pensarlo demasiado. Había un mensaje de Valeria, enviado hacía apenas unos minutos.
«Buenos días, mi cielo 🥰»
Sonreí. No pude evitarlo. Últimamente, sus mensajes me generaban expectativa; ahora me hablaban desde un lugar distinto, más íntimo. Contesté casi de inmediato.
«Buenos días, amor ❤️»
El pequeño vértigo que sentí al escribir esa palabra fue real. Amor. No por la palabra en sí, sino por todo lo que implicaba usarla así, por primera vez.
Valeria tardó unos segundos en responder.
«¿Dormiste bien?☺️»
El tono, el emoji, incluso la sencillez de la pregunta eran distintos. No exagerados, pero sí inequívocos. Había algo nuevo en ese intercambio, una complicidad que no necesitaba explicarse. Me incorporé un poco, apoyando la espalda en la cabecera de la cama, y seguí escribiendo.
«Sí. Mejor de lo normal, diría yo 😉»
«Me alegra 😊 Yo también. Todavía estoy sonriendo un poco».
Leí ese mensaje más de una vez. La imaginé despertando despacio, quizá con la misma sensación de irrealidad que yo, con la misma sonrisa contenida.
«Creo que aún no me acostumbro a que esto sea real» —escribí.
«Tampoco yo —respondió—. Pero me gusta».
Cerré los ojos un segundo. A mí también me gustaba. Esa era la palabra exacta. No había promesas grandilocuentes ni declaraciones exageradas. Solo dos personas reconociendo algo que había crecido con cuidado.
Hablamos un poco más. De planes vagos para el fin de semana, de un trabajo que ella tenía que terminar, de mi intención de salir si el día se mantenía despejado. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todo se sentía distinto. Más cercano. Más nuestro.
«Hablamos luego 💖» —se despidió.
Ese corazón me hizo sonreír de nuevo.
«Que pases bonito día😘» —respondí.
Dejé el celular a un lado y respiré hondo. Ahora no sentía la necesidad de analizarlo todo. Había dicho lo que tenía que decir. Había sido honesto. Y tenía la certeza de que ese era el camino a seguir a partir de ahora.
Había, sin embargo, alguien más con quien quería hablar. Alguien que había sido parte fundamental de todo este proceso, incluso cuando yo mismo no tenía del todo claro hacia dónde iba.
Tomé el celular de nuevo y busqué el chat de Adriana.
«Hola, Adri 🙂 —escribí—. ¿Estás por ahí?»
No tardó en responder.
«Hola, Sebas😊 Sí. ¿Todo bien?»
Dudé un segundo antes de escribir lo siguiente. No porque no supiera qué decir, sino porque quería decirlo en persona.
«Sí, todo bien. De hecho… muy bien».
«¿Crees que podría pasar por tu casa uno de estos días? —Añadí—. Quiero contarte algo».
La respuesta llegó casi de inmediato.
«Claro. ¿Te parece mañana en la tarde?»
«Perfecto ☺️»
«Me dejas intrigada 🫣»
Sonreí. Dejé el celular sobre la mesa y me levanté de la cama. Todavía había cosas que seguían acomodándose por dentro, pero ya no sentía esa inquietud constante de estar buscando algo más. Estaba donde quería estar. Y esa sensación, nueva y tranquila a la vez, empezaba a resultarme extrañamente familiar.
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Adriana abrió la puerta apenas toqué el timbre. Llevaba el cabello un poco revuelto y una sonrisa que se le dibujó completa en el rostro apenas me vio.
—Pasa —dijo, impulsando un poco su silla de ruedas hacia atrás—. Tienes cara de alguien que trae una historia larga.