En sus ojos, mi secreto

70. La fidelidad silenciosa

Había invitado a Valeria a almorzar a un restaurante al que quería ir desde hacía tiempo. No era un lugar elegante ni especialmente conocido, pero tenía algo que siempre me había llamado la atención: mesas de madera, comida casera, un ambiente tranquilo, de esos que no necesitan impresionar a nadie. Lo había visto mencionado más de una vez, siempre de pasada, siempre con esa sensación de «algún día».

Esa mañana, mientras hablábamos por chat, me di cuenta de que no había razón para seguir postergándolo. No necesitaba una ocasión especial. Bastaba con invitarla.

Aceptó sin darle muchas vueltas.

El almuerzo fue tranquilo y agradable. Pedimos algo sencillo y nos quedamos conversando de cosas pequeñas: una clase que a ella se le había hecho interminable, una anécdota absurda de mi semana, un comentario suelto sobre la decoración del lugar. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todo estaba bien.

Me gustó verla ahí. No porque fuera distinto a otros encuentros, sino precisamente porque no lo era. Natural, sin tensión, sin la necesidad de que nada especial ocurriera.

Al salir, la tarde estaba fresca. El cielo estaba cubierto por nubes claras y el aire tenía ese tono intermedio que invita a caminar sin rumbo.

—¿Te provoca que demos una vuelta? —pregunté.

—Sí —respondió—. Está perfecto para caminar un rato.

Empezamos a andar despacio, comentando lo que veíamos a nuestro alrededor, dejando que la conversación se armara sola. No teníamos prisa ni un destino claro. Solo avanzábamos juntos, compartiendo ese tramo de ciudad que, sin saberlo, nos iba llevando hacia otro lugar.

Fue entonces cuando me di cuenta de dónde estábamos.

El colegio.

Apareció frente a nosotros casi sin aviso, ocupando la esquina con su fachada conocida, con esas rejas que había cruzado durante años sin detenerme a pensar demasiado en lo que significaban. Me detuve sin darme cuenta. Valeria también.

Nos quedamos en silencio.

No era un silencio incómodo. Era más bien una pausa compartida, un reconocimiento mutuo. Como si ambos supiéramos que ese lugar cargaba demasiadas cosas como para pasar de largo.

—¿En qué piensas? —preguntó Valeria, mirándome de reojo.

Observé el edificio, las ventanas, la puerta principal. Todo estaba igual. Yo no.

—En que es increíble —dije al fin— cómo un lugar puede marcarte tanto sin que te des cuenta mientras estás ahí.

Valeria asintió sin decir nada, dejándome espacio para seguir.

—Pasé acá casi toda mi adolescencia —continué—. Aprendí cosas que no estaban en ningún programa académico. Me equivoqué, cambié… y sin saberlo conocí a personas que terminaron siendo fundamentales en mi vida.

Sentí su mano rozar la mía. Un gesto leve, pero lleno de intención.

—Tú, por ejemplo —añadí—. Te conocí mucho antes de entender lo importante que serías para mí.

Sonrió, un poco sorprendida.

—¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos? —pregunté.

Frunció el ceño, buscando en la memoria.

—Mmm… ¿En sexto? —aventuró—. ¿O fue después?

Asentí con una sonrisa.

—Exacto, en clase de biología—respondí—. Nos pusieron a hacer un trabajo en parejas.

Sus ojos se iluminaron apenas.

—¡Ah, sí! —exclamó—. El de las células. Teníamos que hacer una maqueta horrible.

—Esa misma —reí—. Nos tocó juntos porque nuestros apellidos estaban seguidos en la lista.

La escena volvió con una claridad inesperada. Éramos niños todavía, torpes, sin demasiadas defensas. Ella hablaba rápido, señalando el libro con entusiasmo; yo asentía, intentando no perderle el ritmo.

—No nos hicimos cercanos —admití—. Hicimos el trabajo, lo entregamos y ya. Pero… me caíste bien desde entonces.

Era cierto. No hubo una amistad inmediata ni una cercanía especial. Solo una impresión leve, casi insignificante en su momento, pero persistente. La sensación de que había algo en ella que, aun en medio del entusiasmo, me transmitía calma; algo que no necesitaba imponerse, incluso a esa edad en la que todo parecía exagerado.

—Supongo que no tenía idea de lo que vendría después —concluí—. Ni de cuánto significarían algunas personas que conocí acá.

Valeria asintió despacio. Miró una vez más el colegio y luego entrelazó sus dedos con los míos, como si ese gesto terminara de decir lo que ambos ya entendíamos. Antes de volver a hablar, bajó la mirada, como si necesitara ordenar algo antes de decirlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.