Caminar por el parque con Valeria siempre me ha parecido un bálsamo para el alma. Su mano entrelazada con la mía, la brisa fresca de la tarde y el crujir suave de las hojas bajo nuestros pasos hacen que todo parezca en calma.

Ha pasado más de un año desde que nos hicimos novios, y aun así seguimos disfrutando de las cosas pequeñas con el mismo entusiasmo de la primera vez. Hablamos de todo y de nada: de la universidad, de lo que haremos después de graduarnos, de un café que probamos hace poco y que todavía recordamos con una sonrisa. No hay nada extraordinario en este momento, y precisamente por eso es perfecto.
Entonces, a lo lejos, distingo una figura conocida. Hay algo en su postura, en la forma en que mira alrededor, que me resulta tremendamente familiar. Mi corazón da un vuelco.
—¡Adriana!— exclamo, soltando por un instante la mano de Valeria y corriendo hacia ella.
Adriana nos ve y su rostro se ilumina con una sonrisa amplia, casi infantil. Nos encontramos en un abrazo apretado, sintiendo la calidez de los recuerdos que nos unen. Valeria llega un segundo después y se suma al abrazo.

Nos ubicamos en una banca cercana y empezamos a ponernos al día. Adriana nos cuenta de su trabajo, de su vida, de los cambios pequeños que se van acumulando sin que uno se dé cuenta. Aunque hemos mantenido nuestra promesa de seguir en contacto, las ocupaciones de cada uno habían hecho que lleváramos un par de meses sin vernos en persona. Aun así, la conversación fluye como si no hubiera pasado un solo día. Hablar con Adriana es como volver a casa.
En un momento, Adriana guarda silencio y nos observa con una expresión suave, cargada de afecto.
—No saben lo feliz que me hace verlos así —dice, con una sonrisa apenas temblorosa—. Desde que los conocí en el colegio supe que eran personas maravillosas, pero verlos juntos, acompañándose de esta manera… me emociona mucho.
Miro a Valeria y aprieto su mano con cuidado. Ella me devuelve la mirada con ese brillo tranquilo que ya reconozco como hogar.
—Tú tuviste mucho que ver en esto, Adri —digo con sinceridad—. Nos enseñaste tantas cosas. Estuviste ahí cuando más lo necesitábamos. Si Vale y yo estamos acá hoy, es en parte gracias a ti.
Adriana niega despacio, visiblemente conmovida.
—Ustedes son quienes construyeron su camino —responde—. Yo solo tuve la suerte de acompañarlos un tramo. Solo quiero que sepan que, pase lo que pase, siempre voy a estar. Como amiga, como confidente… como lo que necesiten.
Valeria sonríe y toma su mano.
—Y nosotros también estaremos para ti.
Adriana intenta mantenerse firme, pero sus ojos se llenan de lágrimas. Se lleva una mano al rostro y deja escapar una risa entrecortada.
—Perdón… es que me emociona verlos así.
Sin pensarlo, Valeria y yo la abrazamos al mismo tiempo. El gesto nos devuelve, por un instante, a esos años en los que Adriana era nuestra maestra y guía. Pero ahora somos simplemente tres personas que han crecido juntas, que han compartido risas, dudas, aprendizajes y sueños.
Nos quedamos así un momento largo, en un silencio cargado de sentido. No era solo la alegría del reencuentro, sino algo más profundo, más difícil de nombrar. Miré a Adriana y luego a Valeria, tan similares en su forma de estar y, al mismo tiempo, tan fundamentales en mi vida, y comprendí con una certeza serena que nada de lo que habíamos vivido juntos había sido casual.
Mientras seguimos conversando de cosas triviales, con la tarde avanzando sin apuro, me doy cuenta de que muchas de las cosas que hoy entiendo tardaron años en acomodarse dentro de mí. Algunas verdades no llegan de golpe; se revelan cuando uno se atreve a mirarlas sin excusas.
A veces me detengo a pensar en cómo empezó todo. En cómo una inclinación que no comprendía del todo me llevó a conocer a dos de las personas más importantes de mi vida. Porque el devotismo fue lo que me acercó a Adriana. No voy a mentir ni a endulzarlo: al principio, lo que sentí por ella tuvo mucho que ver con su discapacidad. Me intrigaba, me conmovía, me atraía de una manera que no sabía explicar. Pero con el tiempo entendí que lo que realmente me sostuvo a su lado no fue la silla de ruedas, sino la persona que era: su inteligencia, su carácter firme pero cercano, su capacidad de ver en los demás algo que ni siquiera nosotros sabíamos que estaba ahí. Adriana me hizo querer ser mejor.