En todas mis primeras veces

CAPÍTULO 27

MARTIN

Su mirada me partió el corazón, soltó un jadeo tomándose el pecho, dolía, se que dolía. Porque en estos momentos me gustaría decirle que también la amo, desde el primer día que la conocí, desde que interrumpió en mi vida.

En verdad esa silla que guardaba a mi lado a mis ocho años, estaba destinada a alguien especial, porque nada fue igual desde que fue ocupada por ella.

—No puede ser — dijo sollozando.

—Lo es Amanda. Pero por favor — dije acercándome, y tal vez seria egoísta de mi parte pedirle esto, pero no me imaginaba una vida donde no estuviera Amanda —, tratemos de ser los mismos de siempre Amanda, yo te necesito.

Ella me abrazó fuerte, como tantas veces lo habíamos hecho.

—Claro, estaré contigo Martin — dijo con la voz rota.

—Trabajemos juntos este tiempo hasta que renuncie, riámonos como siempre lo hemos hecho.

Ella se separó y tomo mis manos, aún con lágrimas en los ojos.

—Está bien Martin, no hay nada que quisiera más que trabajar juntos y ver nuestro sueño cumplido.

Dos meses después…

Trabajar con Amanda se sentía muy bien, al principio nos costó, tratarnos como siempre no fue fácil, no después de que me confesara que siempre me había amado. Los primeros días, después de la noticia de que sería padre, otra vez el ambiente de incomodidad se había instalado entre nosotros, nos tratábamos bien y trabajábamos a la par, pero algo faltaba. No podía pedir más, lo sabía, sabía que las cosas cambiarían y me conformaba con tener a Amanda a mi lado.

—Buenos días mejores amigos — saludó Juanma, interrumpiendo en nuestra oficina, la cual compartía con Amanda.

—¿Y desde cuando Amanda también es tu mejor amiga? —pregunté molesto, no paraba de molestar a Amanda con cualquier excusa.

—Si es tu amiga, también es la mía —dijo con su sonrisa seductora ensayada, la cual conocía muy bien. Se acercó a Amanda y le entregó un café. Todos los días hacia lo mismo.

—Hola Juanma, cómo estas — Lo saluda Amanda —. Gracias por el café, pero no debes molestarte.

—No es molestia —dijo con una falsa sonrisa y no podía dejar de observar la escena, aunque no quisiera hacerlo.

—¡Todos los días es la misma estúpida conversación! — grité molesto.

—Oye… ¿Qué araña te picó? — Me reclama Juanma.

—No le hagas caso, a veces está de mal humor por las mañanas — dijo Amanda.

—¿Solo a veces? — Le contestó — Nos vemos luego mi nueva mejor amiga.

—Ok Juanma.

—¿Qué pasa contigo? — Me preguntó una vez que Juanma se fue.

—Nada.

—¿Nada? ¿Vas a seguir tratando mal a Juanma?

—Eres un pésimo mentiroso. ¿Estás celoso? —Me preguntó frunciendo el ceño.

¡Si! ¡Maldita sea, sí! Pero no podía decirlo en voz en alta, esto pasaría, claro que sí. Como la vez que nos acostamos y superamos ese bache, lo haremos otra vez.

—No. Y déjalo pasar.

—¡Pues no! ¡No tengo ganas de dejarlo pasar, estoy realmente muy molesta!

—¡Buenos días! —interrumpió Jeremías y ninguno de los dos contestó a su saludo, en vez de eso, Amanda me estaba fulminando con su mirada —, tienen quince minutos para presentar un microrrelato y una tapa sobre comedia romántica, ambos protagonistas rescatan animales de la calle. La mejor se presenta en la reunión de la tarde.

Conocía esa mirada, sabia exactamente lo que estaba pensando: “Desafío”

¿Enserio Amanda? ¿Es qué no has madurado nada?

—Quince minutos es más que suficiente —dije con una sonrisa para desafiarla —. Algunas obras maestras nacieron en menos tiempo.

Giró lentamente hacia Jeremías con una sonrisa ladeada y ceja en alto.

—Claro — respondió —. Algunas tapas también.

Nos miramos, yo sonreí aún más, ella también. Guerra declarada.

Jeremías se marchó murmurando algo sobre “no se maten” y apenas desapareció abrí un nuevo documento con un golpe dramático de teclado.

—Empiezo, no me distraigas —anuncié.

—¿Distraerte? —contestó mientras ajustaba la tableta gráfica —Por favor escritor, ya sabes que trabajo mejor bajo presión.

El reloj empezó a correr, al igual que yo que escribía demasiado rápido, mientras murmuraba frases en voz baja.

—La soledad era un animal…

—No, no empieces con la tristeza del animal, ya has perdido originalidad.

—Nadie te pidió opinión visual, Picasso del teclado ajeno — dije y ella rio sin dejar de mover el lápiz digital.

Diez minutos después el silencio era sospechoso. Solo se escuchaban las teclas furiosas y el clic nervioso del mouse. Lleno de curiosidad me incline para ver su pantalla.

—¿Qué estas haciendo? — pregunté.

—Arte y no se explica.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.