El principio del placer es la obstrucción de la razón. Y esto fue lo único que le hizo recuperar el raciocinio al percatarse del sabor metálico que se deslizaba por su garganta. Abrió los ojos al escuchar la voz sollozante de su presa. Su delgado cuerpo no impuso ningún impedimento para manejar con tal facilidad a su víctima. La bestia interior siempre gobernó su vida; no podía huir de su instinto primitivo que resurgiría una y otra vez. Se alejó para tratar de recuperar la cordura, lo miró a los ojos. La profundidad de la herida se reflejó por la sangre que le brotaba. Luego, sintió su sabor cálido le escurría por su garganta. El cuerpo le temblaba y observó cómo sus garras se retraían poco a poco hasta dejar sus nudillos lisos. No recordaba cuando había dejado salir a su lado oscuro.
Le dirigió la mirada a su esposo, su víctima… Éste le recorrió el brazo con la mano, sosteniéndose con la poca fuerza que le quedaba.
—Penélope… llévala contigo —dijo en voz entrecortada.
Para Carlos no fue sorpresivo que su esposa tuviera un ataque de aquella magnitud. Ni le aterraba lo que le pudiera suceder.
Penélope negó con desesperación ante su petición. Sintió cómo el cuerpo se le desmoronó, cómo el rostro se le contrajo en una mueca, enseñando así ambos caninos afilados. Apretó las manos ante la sensación que las garras le provocaban para ayudarla a despedazar a su presa. Las lágrimas hicieron un camino por su piel, quemándole las mejillas, y la culpa era el único sentimiento que la ayudó a mantener el razonamiento.
La sangre corrió como río desbordado a través de las heridas abiertas de su esposo que susurraba su nombre, hipnotizándola, y obligándola a experimentar el deseo por terminar aquello que había empezado, pero con un esfuerzo gigantesco se contuvo. Se levantó entre espasmos y se alejó del cuerpo moribundo de su esposo. Yacía en el suelo, inerte; un grito desgarrador brotó de su interior y, sollozando. Un golpe en otra habitación la despertó del trance y de un salto se aventó por la ventana, corriendo a la libertad.
En la habitación contigua; Carolina dormía.
Un grito la despertó; su mente no comprendió lo que acababa de escuchar. Se levantó de la cama y a tropezones caminó lentamente hacia la recámara de sus padres. El contacto del suelo frío y húmedo contra sus pies descalzos le provocó un estremecimiento. Empujó la puerta lentamente. La poca visibilidad que tenía por la espesa oscuridad sólo le permitió reconocer un bulto en el suelo; se asustó y con una de sus manos tanteó en la pared hasta encontrar el interruptor de la luz.
Al encenderlo, un inmenso horror la invadió de pies a cabeza al vislumbrar el charco de sangre que manchaba el suelo de la habitación y que emanaba del cuerpo de su padre.
Percibió un golpe sordo del otro lado de la ventana, como si alguien cayera en cuatro patas; pero eso poco le importó. Se dirigió a su padre con rapidez y se tiró al suelo junto a él. En silencio sollozó cuando observó una gran mordida en el pecho y varios arañazos en el pecho desnudo. Y en sus brazos, cuello y piernas, moretones en la piel clara. Por un momento, Carolina no reaccionó. Después de unos segundos, como de un instinto nato buscó con la mirada a su derredor una tela que la ayudara frenar el sangrado. En el borde de la cama, vio una playera blanca, la estiró y presionó en la herida. De inmediato la playera se tornó de un rojo carmesí cuando la apretó contra la herida del pecho.
Llamó a gritos a su madre.
No hubo respuesta.
Su corazón palpitaba avasallante dentro de su caja torácica; la vista se le nubló por la culpa de las lágrimas que no paraban de salir. Alzó la mirada en busca de algo que le diera inicios de la lucha. La ventana se encontraba rota, como si alguien la hubiera atravesado.
Las alarmas dentro de su cabeza se encendieron y no pudo evitar empezar a imaginarse los peores escenarios posibles. Mientras intentaba manejar su estado de nerviosismo. Con cuidado se levantó y se asomó por la ventana, pero no vio nada. Hasta que se dio la vuelta y por el rabillo del ojo juró haber visto una silueta de una mujer desnuda. El corazón le martilló. Intentó buscar algo en la penumbra. Nada. No había nada. Escuchó un murmullo proveniente de su padre, que con mucho esfuerzo le trataba de balbucear alguna indicación. Carolina regresó con su padre, los brazos y las piernas le temblaron. Con su mano libre agarró la mano de su padre y éste se la apretó de vuelta en un intento por consolarla.
¿Cómo puedo ayudarlo?, se preguntó. Carolina temía por su padre.
—Mi niña… debes llamarlos.
—Llamaré a una ambulancia.
—No…
Carolina se extrañó por el arrebato de su padre. En un momento como aquel no podía hacer demasiado por él. Y tenía que hacer algo por su vida. Su madre no aparecía y aquella escena le puso los vellos de punta. No quería pensar que su madre era la culpable del estado de su padre.
—No puede… —La voz de su padre se volvió lenta.
Soltó la mano de su padre y salió de la habitación en búsqueda de su celular. El cuerpo temblaba de la conmoción marcó un numero equivocado. Y lo intentó de nuevo… emergencias. Una ambulancia era lo que necesitaba. Con el teléfono en su oído di su dirección, se inclinó junto a su padre. Y pidió con una voz entrecortada que llegaran pronto.
—No… —Carolina cortó la llamada—. No puedes confiar en nadie.