En un mundo oculto

Capítulo 1

El sol se encontraba en su punto más alto, llameando y calentando todo a su paso. El silencio entre los presentes era denso como el látigo de un verdugo a punto de ser disparado.

Alexander miraba con un semblante serio a su prisionero, triste por la inminente tragedia que acontecía a su alrededor. Percibió el color castaño de sus cabellos cayendo sobre su rostro sudado y la mirada de perdón que le lanzaba a su hija por el daño. Pero ya era demasiado tarde. Alzó la mirada para observar a sus hijos y a su sobrino, los tres miraban con intriga aquella sinuosa escena.

Su hija Sara, con el rostro hundido por el fracaso de su relación, su cabello negro y largo y sus luminosos ojos azules que le daban esperanza cada vez que la miraba. Después le dirigió una mirada corta a su hijo Fernando, que se parecía tanto a él, cuando era joven, quien comenzó a ejercitarse para compensar su delgadez.

El corazón le latía con fuerza, con impaciencia a que diera fin al sufrimiento del prisionero.

La ceremonia consistía en un castigo para aquél que transgrediera las normas de los lobos, el nivel de dolor infringido dependía de la gravedad del delito cometido por el acusado. Alexander entendió muy tarde que aquella marca en el joven lo recorrería por el resto de su vida. No se sentía bien porque él mismo había presentado a Juan como un prospecto para Sara. Entre sus leyes se encontraba una importante: el matrimonio, pero en el caso de su hija sería tratado bajo juramento. Se unían por un lazo diplomático, Alexander había encontrado a un joven noble que respetaría su casa y tradiciones, se uniría a su hija de la misma forma que él se unió a su esposa en el pasado y su padre a su madre. Sin embargo, la traición que hizo el novio de su hija en contra de ella y su familia lo hacía pensar en sí, que en realidad algunas personas no podían ser leales.

Alexander le ofreció respeto a su esposa desde que se casó con ella; incondicional, su amor por ella fue incrementando con el paso de los años e incluso le parecía irracional. Y su esposa: Marisa había recibido aquel afecto en el mismo grado. Se prometieron no traicionar la confianza, tenían un acuerdo más allá de la política, eran uno mismo en cuerpo y alma. Y Alexander deseaba conseguir a alguien para su amada hija.

Luego, Alexander pensó en sus hijos, en si uno de ellos hubiese hecho lo que Juan, y tendrían que pasar por aquel ritual medieval y brutal. Una manera sencilla decía su padre, para controlar a la manada, la única forma de mantener al margen su posición como alfa. Pero le conflictuaba tener que marcarlo, quemarle la piel no le complacía.

—Tienes que hacerlo —le susurró su esposa.

La belleza de su esposa era inconfundible al igual que la mirada de su hija.

—No debería, piénsalo, este castigo no tiene sentido.

La voz de Alexander fue como un susurro que su esposa tuvo que acercarse a él.

—Tú pasaste por algo similar en tu juventud, no pienses demasiado y actúa. Es sólo una forma de declarar tu poder y dominio.

Alexander intentaba no pensar demasiado en todo lo que vivió en su juventud. Marisa había presenciado los horrores que el padre de Alexander hacía con tal de controlar a su manada. Y él no se sentía con la capacidad de desobedecer las leyes de sus ancestros.

—Era una ceremonia de iniciación no un castigo. Es diferente porque él traicionó la confianza de la manada y no es por dominio. No es lo que quiero para mi familia.

Una mano le tocó el hombro con la finalidad de que dirigiera la mirada. Alexander suspiró y se giró, observó a Luis. Le dirigió una mirada esperanzadora y en su mano derecha tenía un metal que ardía en la punta al rojo vivo. Alexander se movió con agilidad y agarró el metal. Y con una agonía dentro de su corazón, se dio la vuelta y caminó hacia el joven arrodillado, dio pasos lentos entre el césped húmedo, sintió el fuego llameante que emanaba del metal. Dirigió una última mirada a su hija. Sintió que el pecho le quemaba.

Alexander actuó con frialdad como su padre le enseñó años atrás. Después buscó entre la multitud a los padres del joven, que sin ton ni son, miraban esperando a que diera comienzo a su castigo. Luis rompió la playera de Juan sin mucha importancia. Alexander apretó el metal y dejó ir el nudo que se arremolinaba en su corazón. Todos pasan por este ritual. Y recordó la marca que tuvo que hacerle a su hermosa hija, una marcada con las garras del lobo en la espalda, su primera marca ceremonial que la iniciaba para un día emprenderse como alfa. Sin meditarlo alzó el fierro ardiendo en sus manos y lo hundió en la piel fresca del joven, su espalda comenzó a enrojecerse.

Sus gritos agonizantes inundaron sus oídos, el sudor le corría por las mejillas, se colocó encima de él, sin dejarle espacio para huir del sufrimiento. Retiró el metal ardiendo, y le pasó el metal a Luis. Se puso de pie y les dio la espalda, resignado a seguir en aquel castigo, caminó por el patio central de sus terrenos, las miradas no lo detuvieron a dejar el espectáculo a la mitad.

Disfrazó una sonrisa de placer por darle su merecido a Juan que rompió el compromiso con su hija.

Caminó entre el césped y las escaleras de piedra que daban a su mansión, no se recriminó en no dar la cara y abrió la puerta con un dolor en el pecho. Caminó por la sala principal y el tintinear de los tacones de su esposa lo tomaron desprevenido, supo que lo venía siguiendo, pero era evidente para su oído de lobo, la observó por el rabillo del ojo, ante su pequeña silueta.



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En el texto hay: vampiros, hombres lobo

Editado: 01.04.2026

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