La razón de Carolina no hallaba lógica a la rápida recuperación de su padre. Apenas pasaron una noche en el hospital; ella lo tomó de la mano mientras el doctor le daba las últimas indicaciones para darlo de alta.
El silencio sumergía a su padre durante el trayecto a la salida y a Carolina le dio miedo hacer preguntas al respecto.
Carolina se quedó muy quieta durante un prolongado rato, no hablaron. Y con mucho cuidado le dirigió una mirada. Su padre había sido ejemplar con ella, la adoraba y protegía. Pero el incidente cambió los papeles por un momento.
Carlos no hizo nada para cortar el silencio, era como si él esperara que su hija iniciara la conversación. Sin embargo, el silencio fue mucho más desgarrador para él que con un aliento contenido dijo:
—Hablé con el hermano de tu madre.
—Creí que mamá no quería saber más nada de él.
—Sí —susurró como si le doliera algo en el vientre—. Su familia quiere verte. Es hora de que vayas con ellos, entenderás muchas cosas, y yo…
No respondió Carolina. Apretó las manos en el volante.
—¿Por qué no vienen ellos? —replicó—. Si mi madre se fue, no es para que ellos me den órdenes de lo que tengo qué hacer.
—Es más… —alzó la voz— porque ellos se rigen por leyes que no entenderás. Esta no era la forma en que queríamos decirte… pero ha pasado el tiempo. Ya estás en la edad para entender que sucede y no puedes quedarte conmigo durante los siguientes días.
El rostro de Carolina palideció.
Su padre intentó agarrarla de la mano, pero ella se negó al contacto.
—Yo quería que fueras más como yo, pero tu madre dice que no.
Algo dentro de Carolina se rompió… como la noche anterior. Un dolor intenso se propagó por su abdomen y una quemazón surgió por su garganta, seguido de una punzada en la cabeza.
—No entiendo lo que quieres decir, habla claro.
Se miraron por un momento, aquellas palabras le dolieron a su padre; Carolina no alzaba la voz, mucho menos a él. Lo respetaba. Se sintió mal por su arrebato. Profirió un: lo siento, en voz baja. Carlos se limitó a asentir.
—Es necesario —dijo— que vayas con ellos. Sé bien que tu madre te contó algo, pero esa no es la verdad.
En un intento de cariño, Carlos extendió su mano hacia la de su hija. En esa ocasión no se resistió y se dejó querer. Un pequeño contacto de la protección paternal le vino bien en aquel momento. Carlos la soltó con suavidad y dirigió su atención a la guantera y sacó unas cartas, se las pasó a su hija.
—Hemos hecho de todo por tu bien. Hice lo mejor que pude para cuidarlas…
Su hija observó las cartas, sin saber bien si tomarlas, todo aquello sonaba tan raro. Y que lo vio a punto de morir y de pronto que estuviera como si nada, con una recuperación casi intacta. Carolina pensó por un momento que no conocía a sus padres.
—Hay algo que debería de contarte —susurró Carolina.
Carlos pensó en lo peor que podría pasarle a su hija, en que ella ya sabía la verdad y se lo había reservado para su conveniencia. Con miedo y temor a escuchar sus palabras, se preparó mentalmente para recibir cualquier cosa.
—Creí que estaba loca, cuando te subieron a la ambulancia, vi algo, antes de que llamaran a los paramédicos, sólo que… lo dejé para mí, ni siquiera Alicia lo sabe. A decir verdad, me da miedo decirlo, porque lo que vi no tiene sentido para nada… de lo que sucedió en casa. Nada de lo que te está pasando. No entiendo cómo puedes curarte tan rápido, si estabas muriendo, podía verlo en tus ojos, la sangre en el suelo. Desató algo en mí —sollozó. Sintió la mano de su padre sobre la de ella, caliente dándole la protección que necesitaba en ese momento—. Vi a una mujer corriendo por la calle, no quiero decir que fue mamá… y si lo es o no, no sé si quiero saberlo.
—Lo lamento tanto —murmuró—, yo no quería nada de esto para ti.
Aquellas palabras no contenían la respuesta de consuelo que necesitaba. Pero una parte de ella se sintió en calma, por al menos unos segundos. El cuerpo le dolía y las lágrimas surgieron, temió por sí misma… que nada de lo que su padre pudiera decir la ayudaría. Ese dolor se propagaba como una enfermedad por todo su cuerpo, lo sentía, no lo entendía, sin embargo, se encontraba ahí.
Reprimió lo más que pudo el dolor interno y controló los pensamientos intrusivos que rumian su estado mental. Lo entendió como una bestia que devoraba todo a su paso.
Condujo hacia su casa, cuando llegaron ayudó a su padre a bajar y con calma entraron a su hogar, lo sostuvo con algo de fuerza que no era normal para ella, que le permitía tomarlo sin dificultad. Caminaron sin mirar demasiado la sala y las escaleras, cuando llegaron a la habitación de sus padres, lo recostó en la cama, y ella intentó alejarse, pero su padre la tomó por el codo.
—No olvides leerlas.
—Lo haré —respondió sin mirarlo a los ojos.
Caminó con lentitud y se miró al espejo, examinó su figura y después observó su mirada, su iris era más intenso de lo usual, como un verde oscuro, con destellos de fuego en su mirada evocó el recuerdo de la sangre en el suelo, el olor le llegó como sopor a su alrededor. Su garganta picó, comenzó a contraerse con brutalidad. Se alejó del espejo y se dio la vuelta, su reflejo provocó emociones que desconocía.