Los destellos de desesperación recorrían su cuerpo desnudo, deseaba volver y no haberlo lastimado, el sabor de la sangre en sus labios fluía, su naturaleza se lo pedía, podía sentir el peso de la bestia recorriendo su cuerpo. Le quemaba la piel y le destrozaba el alma. Sollozó para sí misma, como una espesa neblina ante ella, recordó todo por lo que había salido de casa.
Se tiró en suelo húmedo, hundiendo sus manos en el lodo, el calor evaporizado la acercaba a su casa, todo era involuntario y familiar. Se levantó y corrió con tal desesperación que las piedras filosas cortaron la piel tibia, dejando un camino de sangre.
Los árboles confundieron sus sentidos, había más de lo que recordaba. El olor a lobo inundaba sus fosas nasales, era el aroma familiar, la vocecilla que hacía el llamado a casa. Como un golpe involuntario, le recordó como salió de su manada. La desconocerían en aquel estado, la sangre en su boca y pecho, los aullidos eran lejanos, notables y terribles para su estado.
Detuvo su marcha, no quería darles motivos a los lobos para que la sacaran de sus tierras. Aunque era hija del alfa dominador de aquellas tierras, había sido desterrada hacía veinte años. La reconocerían como una intrusa y no como la hija del alfa. Además, su forma humana, la sangre en sus manos y su boca la delataban. Y le aterraba cambiar de forma… quizá así tendría una ventaja sobre los suyos.
Observó con cautela su alrededor en búsqueda de algún indicio de ojos amarillo. Para su fortuna no había nadie. El cabello se pegaba a la cara, sentir su desnudes era tan natural como cuando inició en la manada familiar; de igual manera cubrió su pecho con un mano.
Se acostumbró a la oscuridad que la asechaba. Era una si alguien la observara desde algún lugar. Una neblina espumosa no la dejaba identificar el camino a la mansión de sus padres. Los ojos le quemaban. No podía mostrar debilidad. De pronto, los aullidos cesaron… se detuvo en seco. El ambiente había cambiado, su vulnerabilidad y su propia vida.
No, no eran lobos. Era otra presencia… semihumana… una que la miraba entre la penumbra, esperando que sus pasos fueran una escena para salir al ataque. Como un instinto primitivo comenzó a caminar a pasos largos, sin dejar de ver la pesada neblina. Su corazón golpeó como tambores en su pecho. Entonces, lo identificó: una figura masculina, con un aroma distinto…
—Vampiro —pronunció como si aquello la protegiera.
Cruzaron miradas en medio de la penumbra. Ojos cafés con ese brillo hambriento por la sangre. Penélope percibió el aroma en sus labios como si acaba de alimentarse. E incluso ante su desnudez él no la miró lascivamente, simplemente desvió la mirada.
—No pretendía asustarte más de lo que ellos lo hacen.
—¿Por qué te escondes? —gruñó.
—A los lobos no les gusta que los vigilemos, menos en el estado en que te encuentras. Podría proporcionarle un camino, a donde usted desee.
—Me hablas de usted, de seguro eres mayor que yo. —Hizo una pausa—¿Por qué debería de confiar en ti?
—Soy guardián del bosque. Ese es mi deber, sé que los lobos no respetan demasiado las leyes cuando se encuentra en su naturaleza animal. Incluso siendo razas diferentes, mi deber es cuidar de todo aquel que cruce las fronteras del Mundo Oculto.
Penélope se quedó muy quieta en su lugar.
El miedo recorrió cada partícula de su ser, una intensidad de bienestar la cubrió al escuchar sus palabras, pero la desconfianza estaba latente, permaneciendo como un nudo en su garganta.
—Será mejor que me sigas antes de que ellos lleguen.
Sin soltarse de sí misma, caminó detrás del vampiro, con la esperanza de encontrarse a salvo de las garras de la manada de su hermano.
—Eres… Valentine Meyer —dijo a su espalda.
—Sí. Creo que sabe que su familia está preocupada por ti.
—Ellos se preocupaban por el apellido más que por sus…
—No creo que eso sea verdad.
Penélope dejó salir una risita.
Valentine se detuvo y le tendió una mano.
—Si me permite.
Ella observó la mano pálida.
—Normalmente no me encuentro a nadie que sea de la familia Villareal —agregó para tranquilizar a Penélope—, pero puedo reconocerte por el juicio que hicieron en la plaza principal.
A Penélope se le contrajo el rostro. Había pasado tantos años de aquello que alguien la recordará le produjo un estremecimiento.
—¿Qué la trajo de vuelta?
—Mi familia. Pero no la que vive aquí.
Valentine asintió.
—Escuché los rumores. Su hijo, luego, su hija. Si me permite preguntar —Penélope le dedicó una mirada adusta y asintió—. ¿Por qué no se casó con alguien de su especie?
—Porque… quería algo mío. Que fuera mi elección.
La mano de Valentine seguía frente a ella; se sacó la chaqueta de cuero y se la pasó por los hombros.
Jamás entendería por qué los vampiros usaban ropa de invierno cuando su cuerpo no sufría por el clima. Con cuidado se acomodó la chamarra que a su buena suerte que llegaba un poco más debajo de las nalgas, a pesar de que no era baja de estatura.