Carolina tomó una decisión que la llevaría, quizá a reencontrarse con su madre. Lo que le atormentaba era dejar a su padre.
La recuperación de él le sorprendió de forma manera. Le parecía imposible sorprendente todo en su padre, su caminar rígido, su mirada brillante. Y que su habitación era como una cueva para él. Y que tenía dos días sin presentarse al trabajo. Cuando le preguntó dijo que había llamado para pedir unos días. Carolina no lo cuestionó más, algo en ella le decía que era momento de irse.
Hizo una pequeña maleta: ropa cómoda, un par de libros que no había empezado, productos de higiene personal y comida para el camino. Esperó paciente a la llegada de Alicia. Un día atrás le había pedido que la acompañara, aunque no estaba segura que fuera con ella hasta la casa de sus abuelos. Y de ninguna manera se encontraba preparada para enfrentarse a su familia paterna. Escuchó el sonido de un auto estacionarse y se asomó por la ventana. La observó bajarse y caminar hacia el umbral, pensó en lo que le diría a su amiga acerca de lo que haría. Fue hacia la puerta y la abrió antes de que tocara a la puerta, se miraron y se sonrieron.
Alicia abrazó a Carolina. Sintió la calidad del abrazo como una forma de afinar sus ideas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Alicia.
—Bien, supongo. —Se encogió de hombros—. Pasa, por favor —pidió Carolina.
Su amiga caminó por la entrada y se acercó a la gatita de Carolina, que pedía atención desde el sillón. Carolina cerró la puerta, y le pidió a su amiga esperar en lo que subía por sus cosas. Cuando bajó por las escaleras le dijo que era hora. Alicia asintió.
—Estoy bien —dijo Carolina antes que Alicia preguntara.
—Bien. Te creo. —Alicia le dedicó una mirada seria.
Carolina sabía que no le creía, pero tampoco quería dar demasiados detalles de lo que le estaba pasando internamente porque una parte de ella le decía que sólo era parte de su imaginario. No podía creer que los cambios bruscos en su cuerpo fueran más que parte de su crecimiento, aunque ya había pasado la pubertad. Se miraron por un momento, Carolina tenía el sentimiento a flor de piel.
—Mi madre me dejó unas notas… cartas.
Alicia no respondió, sino que esperó a que su amiga se explicara.
—Mi padre está escondiendo algo y quiere que vaya a ver la familia de mi madre. Bueno, eso ya te lo dije.
Su amiga asintió sin importarle escuchar la historia una vez más.
—¿Estás segura de emprender el viaje?
—Sí. —Carolina hizo una pausa—. No puedo esperar a que mi padre quiera contarme la verdad. Y no hay nadie más. Tengo muchas cosas en la cabeza. Pero nada es racional.
—¿Cómo qué?
—No lo diré en voz alta.
—No arriesgas nada en ir a verlos a la familia de madre. Al final deben de tener respuestas. Confío en que te ayudaran.
Salieron a toda prisa de su casa. Carolina tenía un nudo en la garganta después de despedirse de su padre. Aunque Alicia no le gustaban mucho los perros, en ocasiones dejaba que el enorme perro de Carolina la olfateara. Aquel perro había sido adquirido por Penélope, era de una raza especialidad en ataques de lobos. Según la madre de Carolina era sólo por precaución, además el animal era bastante dócil con Carolina.
Carolina subió a su mascota a los asientos traseros de la camioneta de su amiga. En cuanto entró se sentó y cerró los ojos. A Carolina aquello le pareció extraño, pero no hizo nada por despertarla.
Una vez que Alicia comenzó el viaje pusieron música a un volumen moderado y comenzaron a platicar sobre la vida, las relaciones pasadas, sus sueños, la universidad. Carolina no había elegido una universidad y no tenía idea de qué deseaba estudiar, a veces pensaba en letras o música, ya que era buena en el piano. Pero nada de eso la llenaba, sentía un vacío inmenso en su corazón. No comprendía con exactitud el por qué.
Si bien, tenía una vida estable, sus padres hasta el momento seguían juntos —si no fuera por el accidente— en general, su vida era muy pasiva. Aunque Carolina era atractiva para el género masculino como femenino, ella en particular no se interesaba mucho en las citas. En sí, prefería la soledad y salir de vez en cuando con su amiga. La compañía masculina en aquellos días le parecía complicada y no quería alguien que no la quisiera por su físico sino por su alma. Algo que seguía descubriendo. Así que las relaciones de pareja seguían fuera de su vista.
Su pasión más grande era tocar el piano, pero por alguna extraña razón había dejado de tocarlo un mes atrás, cuando su madre comenzó con un comportamiento fuera de lo normal. La veía deambulando por las noches, y murmuraba cosas. Su padre la calmaba y le decía a Carolina que no era nada. Luego, sucedió el accidente. Entonces de una forma u otra aquellos comportamientos podrían estar relacionados con el ataque. No cabía duda en Carolina que fue madre. Pero tampoco deseaba decirlo en voz alta. Su madre era todo para ella. Amable, la amaba con todo su corazón. No podía haber sido ella.
—¿Estás segura de querer seguir? —preguntó Alicia.
Carolina regresó al presente.
—Sí, estaré bien.
Alicia estiró su mano para palmear la de Carolina. Aquel acercamiento era nuevo entre ellas. Aunque conocía a Alicia desde la infancia no solían abrazarse tan seguido en un mismo día. Pero aquello la hizo sentir bien. Su amiga estaba para ella y eso lo agradecía.