En la mente de Carolina el camino sería sencillo, pero no pensó en lo que implicaría quedarse en medio del bosque. Observó con cuidado su alrededor. No había nada fuera de lugar.
El sendero se encontraba al frente, quizá le tomaría una media hora… ese fue un cálculo improvisado. Agarró con fuerza la correa de su mascota. Y fue como si atravesara una tela cristalina. Una luz celeste. Los árboles se movían a su alrededor como si agacharan sus hojas hacia ella. Se lanzó hacia un pastizal, aflojó la correa y una vereda rocosa apareció. Caminó por ella, estirando la correa de su perrita. La llamó con amabilidad, pero se encontraba en posición de ataque.
Carolina lo sintió… una presencia. Era como un aroma a sangre, perfume y madera. No dejó que sus bajos instintos salieran y afianzó la correa una vez más. No podía haber alguien más. No precisamente cuando ella cruzaba para llegar a la casa de sus abuelos. Centró su atención a la vereda rocosa y caminó con tranquilidad, sólo para calmar sus propios nervios.
Mientras continuaba a pasos lentos, intentando enfocar su mente al presente y no la presencia que la asechaba. Sí, una presencia. Oscura. Lenta. Enemiga. La asechaba.
Por primera vez sintió cómo los árboles se acercaban a ella y la abrazaban. Se olvidó de la presencia. La naturaleza era parte de su subconsciente. Era lo que tanto buscaba, eso que sentía como un vacío. El olor de los árboles, de las flores, de lodo; el sonido: pájaros cantando, las ardillas saltando de un árbol a otro. Y de nuevo él.
Sin esperar a que alguien o algo saliera a la luz, sujetó la correa y volvió su paso seguro y firme, caminó por la vereda. Aquella sensación no se fue de inmediato, sino que aumentó. Descendió por el camino y estiró en repetidas ocasiones a su mascota, pero ésta no cedió, hasta la tercera ocasión. Carolina entendió que el comportamiento de Lola significaba que percibía algo. Y eso le ponía los vellos de punta.
Buscó con la mirada a su alrededor. Nada. No había nada. No había un indicio. El clima comenzó a descender. El corazón comenzó a tamborilear, las piernas temblaron y un escalofrío subió desde sus piernas hasta su espalda. Un sonido. El crujir de hojas secas.
La perra comenzó a ladrar desenfrenadamente, Carolina sintió el tirón que la perra le hizo y la desequilibró. Ella intentó hablarle, sus esfuerzos eran en vano. La ponía nerviosa la actitud de Lola y en su mente aparecieron imágenes de todo tipo: su muerte, que su padre no debió dejarla salir sola, que debió quedarse con Alicia. Ahí acabaría todo. El sonido de las ramas eran claras y los pasos más constantes. Le recorrió un escalofrío y luego una silueta se dejó vislumbrar en las sombras.
Lola ladró con euforia.
—¿Quién está ahí? —preguntó con un tono de seguridad.
—Quiero ayudar —dijo una voz masculina, grave y suave—. No deberías estar sola.
La voz la sobresaltó, se dejó ver lo suficiente como para que ella lo apreciara. Un rostro perfectamente cuidado, piel acendrada… jovial. Unos ojos cafés claro que la hipnotizaron, con una llamarada en ellos. Una piel morena, pero pálida como si estuviera enfermo. Ojos café claro. Espalda ancha, brazos marcados, alto, incluso para ella, Carolina ya era alta. Pero él lo era más.
Carolina no solía sorprenderse por la belleza de los hombres, en su perspectiva eran sucios y muy pocas ocasiones que le agradaba la compañía masculina.
Se miraron por un prolongado tiempo que Carolina bajó sus defensas. Su espalda ancha, brazos marcados, de un tono de piel moreno, pero pálida, un rostro jovial.
Observó con cuidado la tinta en sus brazos… tatuajes: en el brazo derecho dos aves caían en picada, extendiéndose hacia el bíceps; en el izquierdo la sombra de un puma cazado; y encima de ese último: atisbó una luna.
Incluso ella percibió como la miró, buscando una familiaridad en ella. Sin embargo, no pudo apartar la mirada de aquellos ojos… una mirada oscura, ya no eran ojos claros… Mandíbula partida, y labios delgados y rojos.
No podía creerse que con una sola mirada precisamente un hombre provocara tanto en ella. Él dio un paso al frente. Fue el momento exacto que la hizo regresar a la realidad, no importaba la apariencia de una persona, era un desconocido, no se confiaría.
—Creo que tú tampoco deberías de estar aquí.
—En eso te equivocas.
Carolina se quedó muy quieta, con la mandíbula apretada.
—Quizás.
—Carolina… ese es tu nombre —declaró.
La pronunciación de su nombre en sus labios la dejó perpleja. Algo se rompió dentro de ella. Frunció levemente el ceño y maquinó un pensamiento razonable antes de que su silencio otorgara una verdad que no quería admitir ante un desconocido.
—¿Ese nombre te ha funcionado?
—En ocasiones. Existen otros. Es uno de mis favoritos.
La tranquilidad en sus palabras la hizo enfurecer. Pero Carolina siguió el juego.
—Claro.
Silencio.
Un silencio abrumador.
—Sé tu nombre —dijo— porque a la mansión Villarreal. —Y sin esperar una respuesta, agregó—: Yo no espero que me sigas o que comprendas cómo sé esto. Pero puedo guiarte, ese es mi trabajo.