El movimiento lento y seguro del tren despertó un sentimiento de nostalgia en Penélope. El tiempo era un viejo amigo que la acompañaba en medio de una tormenta. Pasillos amplios, con ventanales y asiento forrados en color vino oscuro. Un aroma a lavanda y madera recién curada. Todo le recordaba que pudo haber sido mejor hija, mejor madre, mejor hermana. Ese sentimiento abarcó su corazón y lo apretujo.
Cuando aún tenía una buena relación con su padre y lo visitaba constantemente en la Cuidad de los Monstruos; sus deberes como un miembro de los Primera Sangre lo había hecho dejar su liderazgo de alfa y pasarlo a su hijo mayor cuando era apenas un niño de dieciocho años.
Aunque su hermano conservaba su vitalidad, en su rostro había un cansancio abarcando su frente. Lo que más admiraba de su hermano era aquella nobleza inquebrantable. Sabía que él era la mejor opción para el cuidado de hijo, un error con el que vivió por años y que jamás se perdonara. Su cuñada, Marisa, en cambio, de un temperamento bruto la intranquilizaba, pero se sentía cómoda por el amor incondicional que demostró desde su casamiento.
Y a pesar de todo, jamás… aunque volviera al pasado no dejaría de elegir a Carlos porque con él tuvo dos hijos maravillosos. Uno que apenas la conocía y otra que había abandonado por los secretos que mantuvo bajo llave durante toda su vida. Sabía que su esposo la estaba pasando verdaderamente mal en aquellos momentos. Y solo.
—No va a ser fácil —dijo Alexander.
Penélope contuvo lágrimas para mirar a su hermano. Sin embargo, él la olfateó y estiró una mano a su hermana.
—No la preparé para lo que viene.
Alexander se puso de pie y se sentó a un lado de su hermana.
—Creíamos que era como él.
—Me da miedo porque desde niña no desarrolló ninguna habilidad y Edson las desarrolló desde los cinco años. Él olía como lobo.
—Todos aceptamos la maldición de formas diferentes.
—Se supone que debo de creerlo, todo indicaba que ella tendría una vida normal y tranquila.
Penélope no pudo más y dejó salir las lágrimas. Su hermano la rodeó por los hombros.
—Me asustaba. —Penélope lo miró con receló— He pensado en que fue un error todo…
—No digas eso. —Alexander se separó de Penélope—. No has luchado por todos estos años fuera de casa para que ahora te arrepientas de amar a la persona correcta. A él nunca le importó tu pasado y mucho menos lo que significa vivir con una mujer lobo.
—No me arrepiento de haberme casado con Carlos. Él me lo dio todo y estoy agradecida por ello. Usé todos mis recursos para que mi lado de lobo no saliera a la luz y cuando lo necesitaba me alejaba para no lastimarlos.
—Es un grave error.
—Papá me matará.
—No. A pesar de todo él te quiere y esto al menos lo hará recapacitar un poco.
—Es fácil para ti cuando has hecho todo lo que papá desea.
Alexander soltó por completo a su hermana y se puso rígido.
—No fui tan fuerte como tú.
—Intenta hacer lo que tú quieres y no lo que los demás esperan de ti. He vivido bajo el domino de mi padre, él fue un excelente líder, yo… soy lo que nadie desea como un alfa.
—Has hecho mucho…
—No. He fingido que amo ser el alfa.
Penélope guardó silencio por el resto del trayecto.
A mitad de camino acercó su rostro al hombro de su hermano para recibir un poco del calor fraternal. Alexander aceptó aquel gesto y la abrazó.
Marisa se asomó por el respaldo y voz baja dijo:
—Hemos llegado.
El tren dio una sacudida y las luces parpadearon. Alexander le sonrió a su esposa y se separó de su hermana. Penélope se asomó por la ventana y con su suspiro contenido se quedó por un rato observando los árboles. La naturaleza que tanto añoraba. Lo único que la hacía sentirse viva en su juventud.
Encontraba un poco más oscura la estación central, los árboles se acumulaban a su alrededor obstruyendo la visibilidad a la Ciudad de los Monstruos y el castillo. Las enredaderas habían crecido tanto que no dejaban apreciar el portón que protegía el castillo.
Penélope sintió como si fuese la primera vez que estaba en la ciudad, pero poco recordaba de lo que ella pasó en ésta en su infancia, un frío recorrió su cuerpo y escuchó la brisa golpetear en las orillas de la arena. Se imaginó junto a Carolina y Carlos, pero aquello era sólo una visión de lo que una vez fue.
La estación estaba vacía, un sopor la inundó, se giró en busca de su hermano. Se acercó a él y entrelazó su brazo con el de su hermano.
Caminaron por el andén, bajaron escaleras y al pisar tierra firme Penélope recordó cuando se casó con Carlos, como no era bien visto que los humanos se casaran con algún hijo de los miembros de los Primera Sangre. Penélope y Carlos apresuraron el matrimonio por la pronta llegada de su primer hijo. Aquello no dejó más que una brecha entre las razas. Los Custodios que hablaban en el círculo del consejo de los Primera Sangre por los humanos decidieron que si Penélope quería tener a hijo sería aceptada.