La sonrisa de Alicia dejó mucho que desear y Carolina no se pudo escapar con facilidad.
Valentine, por otra parte, se mantuvo tranquilo y dejó que las chicas solucionaran sus pensamientos internos.
—¿Y bien, Valentine? —dijo Alicia, en un tono autoritario.
Se dibujó una sonrisa coqueta en el rostro de Valentine.
—Tú conoces la historia.
—¿Historia? —murmuraron al unísono Carolina y Alicia.
Carolina observó a su amiga, pero ella no le regresó la mirada.
—No tengo nada que decir.
—¿Qué sabes que yo no?
Alicia guardó silencio, bajando el rostro.
—No me enojaré contigo, pero debes decirme ahora.
Se produjo un silencio abrumador.
—No me corresponde. Soy tu amiga de la infancia y no podía dejarte ir, a pesar de tu coraje… Carolina, me quedaré contigo.
Alicia agarró las manos de Carolina con un cariño fraternal. Uno real. Carolina sonrió ante el gesto de su amiga.
Los secretos eran parte de su familia y una parte de Carolina quería enojarse con su amiga, pero no podía. La única familia que había elegido estaba ahí, frente a ella. No la abandonó cuando se lo pidió. Se quedó a su lado. Regresó por ella… porque eso hacen las hermanas, se quedan a pesar de los errores y los malentendidos. Y en ese momento entendió que la amaba como a una hermana.
Se lanzó a sus brazos, la apretó contra su cuerpo y por primera vez se sintió en su hogar. En uno que se había fragmentado, del que estaba segura que no volvería. Sin embargo, lo tenía a unos pasos y no lo apreciaba; sus manos subieron por su espalda y se quedaron ahí para sostenerla. No necesitaba de nadie más, sólo de ella. Se separaron después de un rato. Tiempo que Alicia esperaba que Valentine se fuera, pero no, seguía ahí, con un rostro contemplativo.
—¿Qué clase de amiga sería si no regresaba por ti?
Carolina apretó la mandíbula, cerrando los ojos.
—No quería que estuvieras en medio de mi desastre.
—Puedo ayudarte a superarlo.
Asintió. Carolina se giró a Valentine y con un rostro gélido dijo:
—Dijiste que puedes guiarme. Entonces, hazlo, por favor.
—¿Confías en mí?
—No. Pero ya sabías quién era… así que…
Valentine asintió y sin esperar más avanzó por la vereda rocosa.
Alicia agarró la mano de su amiga antes de avanzar. Carolina se quedó muy quieta con Lola frente a ella, agitando la cola.
—¿No lo seguirás?
Carolina abrió mucho los ojos.
—Valentine —dijo Carolina sin apartar la mirada de su amiga—. ¿Podrías contarnos un poco de ti?
Se giró y les dedicó una sonrisa pícara desde la distancia.
—Soy Valentine Mayer, mi trabajo es resguardar la entrada a… —Valentine cerró los labios y prosiguió— de la Ciudad del Quetzal.
—¿Por qué la ciudad no está registrada en el mapa del estado?
—Es una larga historia, quizá no es el momento. Te aconsejo que llegues con tu familia.
Un pequeño pellizco en el brazo sobresaltó a Carolina.
—Vamos —agregó Alicia.
Siguieron a Valentine, entre silencios incomodos y algunas preguntas como si se tratara de un interrogatorio por parte de Alicia. A Valentine le pareció tierno aquel comportamiento. Carolina se mantuvo al margen con una sonrisa ligera y sin evitar llevar la mirada a Valentine cada que podía.
Hasta que la vereda rocosa desapareció e inició un pastizal, de un verde jade. A unos metros divisó una barda blanca, recordó que, de pequeña sus padres la habían traído a un lugar similar. El aroma de un recuerdo olvidado.
Carolina se adelantó, sin dejar apartar la mirada del portón que medía al menos tres metros de alto. Con enredaderas en el metal. Los recuerdos la bombardearon. Uno tras otro. Los brazos de su madre alzándola y corriendo… por aquel portón.
En el centro de éste daba con mucha dificultad a la gran mansión blanca, en la parte delantera contenían un círculo que se entrelazan sobre seis círculos más pequeños, y en el centro del círculo, uno más con una luna menguante del cual colgaba pico: una cola lobuna. A un costado, en la pared, unas letras góticas de las que se podría leer unas letras con gotas que parecían similar a un derramamiento de sangre:
Familia Villarreal
—¿Podrás llamar a la puerta? —sugirió Valentine.
Su voz la sacó de su ensoñación. Asintió, dirigiendo su mirada adonde él apuntó con su dedo. Se acercó con calma. Las memorias de una vida que no recordaba como suya llegó a su mente… su madre huyendo y tomándola desde el suelo, la imagen de otro pequeño y después nada. Presionó el botón. Sonó el timbre y esperó con paciencia
—Mansión de los Villareal —dijo una voz femenina por el interfón—. Habla Marbella. ¿Con quién hablo?
—Soy Carolina, la hija de Penélope.