Su cuerpo se había transformado en un enorme lobo de pelaje negro azabache. La criatura respiraba con una cadencia inquietantemente humana, y Carolina vio cómo el iris de sus ojos cambiaba lentamente de un azul profundo a un amarillo llameante, como brasas que despertaban en la oscuridad.
Todo había pasado tan rápido. No sabía si aquello era real o si su mente, desbordada, había decidido traicionarla. Pero no… no creía poseer una imaginación capaz de crear algo así. El calor que emanaba del pelaje de la bestia ondulaba en el aire, denso, vivo.
El pecho de Carolina ardía con los golpes desordenados de su corazón.
Y entonces, como si alguien hubiera sacudido una caja llena de recuerdos, las piezas comenzaron a ordenarse una por una.
El olor a lobo.
En su casa.
En la ropa de su madre.
Y, por último… en su padre.
No sabía cómo podía recordarlo con tanta claridad, pero algo en su interior despertó en ese instante. Una comprensión silenciosa que llegó acompañada de dos emociones que chocaron dentro de su pecho: alivio... y un enojo profundo, antiguo.
Edson la miró.
En su rostro no había ferocidad, sino una tristeza que parecía demasiado grande para alguien de su edad. La clase de tristeza que sólo podía pertenecer a alguien roto… o a un hermano mayor que sabía que acababa de cruzar una línea imposible de borrar.
Su respiración se volvió pesada.
Había aceptada la provocación de Valentine.
Su respiración se volvió pesada. En aquel momento su orgullo había hablado más fuerte que su razón, y ahora la culpa le subía por el pecho como una marea amarga.
El rostro le tembló.
Quiso decir algo.
Quiso explicarse.
Quiso pedir perdón.
Pero las palabras murieron antes de llegar a su boca.
La mirada de Carolina —esa mezcla de horror y desconcierto— fue suficiente para apagar la furia de la bestia dentro de él.
Entonces se estiró frente a ella.
Las patas comenzaron a cambiar, retorciéndose hasta convertirse en manos humanas. La piel del lobo se desgarraba y se desprendía como una máscara que ya no podía sostenerse, revelando un cuerpo desnudo que temblaba por el dolor de la transformación.
Carolina no apartó la mirada.
Sara le pedía que se alejara, pero sus palabras se perdían en algún lugar lejano. Carolina apenas podía escucharlas. Demasiadas preguntas se atropellaban en su mente, unas detrás de otra.
El dolor le golpeó las sienes.
Se llevó una mano al pecho. La piel le hormigueaba, como su algo invisible se arrastrará bajo ella, y sus piernas comenzaron a flaquear. El tiempo pareció detenerse. El mundo desapareció. Sólo quedó el sonido de su propia sangre retumbando en sus oídos.
Y Edson.
Edson frente a ella.
La piel desprendiéndose de su cuerpo.
La sangre.
Sobre todo, la sangre.
Y aquellos ojos amarillos que, incluso mientras la transformación se deshacía, parecían seguir mirándola con algo cercano al arrepentimiento.
El impacto de su cuerpo contra el suelo la arrancó de ese trance por un breve fragmento de segundo.
Los brazos de su prima impidieron que Carolina cayera por completo.
—Carolina… —escuchó a lo lejos la voz de Valentine.
Alicia se acercó para ayudarla a incorporarse, pero Sara con una mirada firme, aunque cortés, le pidió que la soltara.
El vampiro observó a Carolina en silencio. Algo parecido a la comprensión cruzó por su mirada. Sin decir una sola palabra, la tomó en brazos y la llevó hacia el interior de la casa.
Antes de levantarse, Sara dirigió una mirada a Edson. Una mirada cargada de decepción.
Aquella no era la forma en que había querido revelar la verdad sobre los poderes de su familia.
Ni para Carolina… ni para él.
Sara suspiró y se apresuró a seguir a Valentine y Alicia. Necesitaba asegurarse de que su prima estuviera bien, amortiguar el golpe de la realidad que acaba de presenciar… y ayudarla a enfrentarlo antes de que el miedo echara raíces demasiado profundas.
—Déjala en el sillón —pidió Sara a Valentine.
—Pero… ¿qué ha pasado? —preguntó Marbella al escuchar el bullicio en la sala principal.
Valentine con delicadeza dejó a Carolina en el sillón más largo y, sin desviar la mirada, se alejó de ella. Carolina tenía una mirada perdida, los labios le temblaban.
—Un estúpido juego que terminó mal para Carolina —respondió Sara—. Ahora tendremos que explicárselo todo y olvidarnos del plan inicial.
—¿Qué clase de juego?
—No me hagas esas preguntas. Lo importante es Carolina.
—Que seas la siguiente en la línea de sucesión a alfa no significa que puedas hablarles a todos como quieres.