En un mundo oculto

Capítulo 12

A la mañana siguiente, Penélope despertó con un nudo en la garganta. Un dolor agudo se expandía por todo su cuerpo, punzadas recorrían los huesos de sus piernas. Conocía aquel sentimiento; no era la primera vez que su cuerpo le advertía que algo grave estaba por venir. Pero en lo único que no podía sacarse de la mente era a Carolina.

Su mente iba y venía al error que cometió al dejar a su hija sola. Quería arrancarse el corazón y entregárselo… pero su hija, su apreciada hija pequeña, ya sufría las consecuencias de sus errores. Había sido una tonta al dejarse por la idea de una vida tranquila junto a Carlos. Penélope jamás podría tener una normal, y mucho menos con el legado de su familia.

Y lo peor era que no podía salir del castillo; de lo contrario, ya estaría de regreso en ese tren para sostener a su hija entre sus brazos.

La puerta de la habitación se abrió.

—Hija…

La voz de su padre retumbó en su pecho como un trueno.

Penelope lo observó, con una mirada cansada.

Entró a su madre por el umbral, dándole toques en el hombro a su esposo para tomar el control de la conversación. Pasó a un lado y fue directo hacia Penélope. El contacto cálido de las manos le produjo un espasmo en el pecho. En los ojos de su madre había una oscuridad que no comprendió en el momento.

Aquella mirada le dijo lo suficiente, apretó los labios y bajó la sien al pecho de su madre. Ana la envolvió con sus brazos.

—Ella ya lo sabe. Lo lamento tanto.

Apretó la blusa de su madre… ahogó un grito y la rodeó con los brazos.

—¿Por qué?

Silencio.

Un largo y abrumador.

Penélope alzó el rostro para enfrentar la situación.

—Esa…

—Se suponía que yo debía de hablarle de esto… yo.

—Quisiera decir que se castigará al que se transformó —intervino su padre—, pero no controlamos al lobo. Menos cuando la verdad de nuestros errores afecta a nuestros hijos.

Penélope le dirigió la mirada. Una cargada de ira.

—¿Eso qué quiere decir?

—Mi niña.

—No madre. Hice por muchos años lo que ustedes quisieron.

—No todo —intervino su padre.

Se soltó de los brazos de su madre y se postró frente a su padre, lo miró directamente a los ojos y dijo:

—Lo sé, pero era eso o casarme con alguien que apenas conocía. ¿Qué se supone que haré ahora que mi hija sabe lo que somos y no estoy ahí?

Su padre le sostuvo la mirada y dio un paso al frente. Penélope retrocedió uno. Permaneció tan quieta como su cuerpo le permitió. La presencia de su padre era para ella la mas poderosa. La única a que se sometía… aunque la única que desafiaba constantemente. Y a pesar de que pasó muchos años en exilió el poder de dominio en su madre era mayor al de ella.

Bajó la mirada lentamente, un estremecimiento la hizo retroceder y caminó hacia la cama, sentándose en el borde, con el corazón el pecho y un nudo en la garganta. La habitación se volvió fría conduciéndola a un sentimiento de nostalgia.

—Sé que no he sido el mejor padre. Lo reconozco. Y en muchas ocasiones sobre puse tu felicidad por el legado familiar.

—¿En muchas?

Penélope alzó el rostro, con lágrimas cayeron como desagüe.

Su padre se acercó a ella y le apretó el hombro. Y como un impulso recargó su sien en el antebrazo de su padre. La mano callosa de su padre la asió del mentón para que lo mirara a los ojos.

—Quiero decirte que todo saldrá bien, pero no. Tú y yo sabemos que no será así.

Lancelot dejó salir un suspiro, y se acuclillo para estar a la misma distancia de su hija.

—Tengo cierto poder, lo sabes bien. Las cosas en el consejo cambian cada año para bien o para mal… los cazadores han cambiado mucho; están tomando un rumbo muy diferente.

—No… no lo entiendo. ¿Por qué no lo mencionaste antes?

Su padre abrió los labios para responder, pero se detuvo ante el sonido de los pasos que anunciaban la entrada de un tercero a la habitación.

Alexander.

Se quedó muy quieto en el umbral. Pero sus padres y su hermana sabían que él entendía a la perfección su conversación. Se cruzó de brazos y le dirigió una mirada adusta a su hermanita.

—Nunca contestabas mis llamadas —dijo con desdén. Penélope se encogió de hombros—. Eres mi hermana, te amo. Pero tú misma te has metido en lío graves, y si te preguntas: si vamos a responder por ti; claro que lo haremos, somos tu familia. Pero las consecuencias serán graves. Los cazadores, los malditos hijos de Azrael controlan mucho aquí. Y te costará comprender los cambios que han ido introduciendo cada año.

—¿De qué clase?

—La princesa que mandaron —explicó su madre—. Tiene ideas radicales. Parece buena al principio, pero hace todo a su favor y a los suyos. Es joven, demasiado joven y entiende el juego del poder de una forma nata.




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