En un mundo oculto

Capítulo 13

Había un silencio abrumador en el gran salón del castillo.

La sala estaba casi vacía.

Penélope dirigió una mirada hacia los tronos donde sus padres se sentaban, necesitaba el consuelo de un momento previo. Sin embargo, el contacto visual de ambos fue neutral. Lo entendió. Ya lo había puesto en aprietos. Entonces, miró a Miranda por encima del hombro. Ella sólo alzó las cejas, indicándole que debía acercarse al centro del salón.

En toda su vida, Penélope nunca había pisado el gran salón por problemas de conduta. Ni cuando desafío a su padre ni cuando se casó con Carlos.

Caminó con lentitud hasta el centro. El piso había sido reemplazado por uno blanco con incrustaciones que parecían ser diamantes.

Los únicos tronos que se encontraban ahí eran los representantes de los cambiaformas, dos miembros de los vampiros: —Philip y Oscar de los más ancianos— y de los cazadores de Azrael, conocidos como los Custodios.

Los Custodios solían mandar a un hijo o hija de los reinos de Nivaria o Aridia con el propósito de representar su voluntad. Aunque los Elegidos eran jóvenes que seguían construyéndose como guerreros había en su mirada había un símbolo de pertenencia. Se adueñaban de todo lo que estaba a su alrededor. La joven representante tenía la mirada simbólica de los Hijos de Azrael, un brillo helado.

Y la princesa en cuestión portaba un aire de soberbia. En palabras de Penélope: Nacida para gobernar. Su cabello castaño brillaba en un tono rojo carmesí, bajo una piel morena clara. Aunque usaba la ropa representativa de los Custodios tenía descubierta de los hombros hasta las muñecas.

La princesa se encontraba sentada en el trono mientras que a su lado y de pie, se encontraba un hombre de piel pálida, casi del color de los vampiros, aunque con las mejillas rosadas. Tenía el cabello naranja y el rostro inexpresivo.

—La vida mortal ha endurecido tus facciones —dijo una voz grave.

Philip. El vampiro fundador del Mundo Oculto. Respetado hasta en los más altos mandos de los Custodios.

A Penélope le sorprendía que los Hijos del Cielo convivieran en armonía con él… mientras mataran a diestra y siniestra a sus progenies.

Penélope alzó la mirada y se cruzó con una oscura.

—Demos inicio —pidió la joven cazadora.

Desde un costado a los tronos de los cambiaformas salió un joven. Penélope lo reconoció de inmediato: el hijo mayor de Evan e Isabel Jauregui, segundos al mando después de sus padres.

La familia Jauregui era un poco controversial. Evan provenía de una familia de lobos e Isabel de una familia de jaguares. Para fortuna de ambos, el gen licántropo había dominado en sus dos primeros hijos. Aún no se sabía cómo sería en su tercer hijo.

Para Penélope, los Jauregui era la clave de su propia supervivencia. Ellos habían sido los únicos que abogaron por ella, a pesar de las represalias.

El hijo mayor de los Jauregui se colocó frente a un atril y le dedicó una mirada suave a Penélope.

—Penélope Villareal, se te acusa de convertirte en lobo en presencia de tu esposo durante años —dijo recitando el papel en su carpeta— y, además, el pasado domingo de haberlo atacado después de tres meses sin convertirte. Eso convierte a una mujer en un peligro para nuestra especie y pone en riesgo la existencia del mundo sobrenatural. Nuestro mundo.

—Dinos Penélope, ¿por qué dejaste que tu naturaleza fuera una amenaza para tu familia?

La voz de la princesa le produjo algo parecido al miedo. Aun así, Penélope le sostuvo la mirada. En sus ojos había un destello violeta que no comprendió. A menos que hubiera sangre de los brujos en sus venas, aquel tono era imposible en los Custodios.

—Nunca fui una amenaza.

—¿Y entonces por qué lo atacaste?

—No fue un ataque.

—¿Estás segura?

Penélope apretó los puños y mandíbula.

La princesa sonrió.

Su esposo trofeo se quedó quieto a su lado sin expresión. Aquella falta de expresión le produjo a Penélope un escalofrío.

—¿Qué te molesta más? —preguntó la princesa—. ¿Qué diga que fue un ataque o que lo transformaste después de veinticinco años de matrimonio?

A Penélope no le sorprendió que tuviera los datos de su vida.

—Hasta cierto punto comprendo lo que ocurre cuando te transformas —continuó—. Pero esta no es tu primera vez y no podemos ignorar algo así.

—Dudo que lo comprendas.

—Nos pusiste en peligro —intervino Evan. Su voz la sobresaltó—. Sé que tuviste un problema antes de todo esto. Pero la decisión de exiliarte del Mundo Oculto no significaba que podía jugar con tu don.

—Todo fue consensuado.

La princesa nivariana dejó salir una risita.

—Eso no importa. Se rompió una ley.

—¿Tú qué sabes de eso?

Otra sonrisa soberbia se dibujó en el rostro de la Custodia.

—Creo que ya sabes mi situación. Pero no estamos aquí para hablar de mí… sino de ti. De lo que escondes detrás de esa fachada.




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